NoveliqaEcos del Día Infinito / Sacrificio y Consecuencias :0%
Log in

Chapter 10

Sacrificio y Consecuencias

Capítulo 10 Sacrificio y Consecuencias

El eco del portazo retumbó en sus oídos mucho después de que la puerta metálica cerrara el callejón atrás de ella. Lucía sintió cómo el aire se hacía denso, casi sólido, y un frío ahogante se apoderó de cada músculo, como si el mismo tiempo se hubiese congelado en ese instante. La sombra de aquel sollozo todavía vibraba en el ambiente, pero ya no había nadie. Solo el hueco de silencio que olía a derrota.

La respiración le pesaba; era un ladrido sordo contra su garganta. La mandíbula le temblaba sin control, y sus dedos, temblorosos, apretaron el diario viejo que había encontrado escondido entre las páginas invisibles del libro de su hermano. Los bordes estaban gastados, las palabras casi ilegibles. Sin embargo, una frase resaltaba en tinta roja, casi como un grito:

“Para romper el ciclo, alguien debe ofrecerlo todo... incluso aquello que más ama.”

Un cuchillo atravesó su pecho con la precisión del desasosiego. Su corazón martillaba, mezclando rabia y temor con una punzante culpa.

Lucía cerró los ojos, dejando que el peso oscuro del callejón la envolviese. De repente, el aire vibró con un zumbido eléctrico, un eco distante que se iba acercando como la promesa de una tormenta. Abrió la libreta, temblando, y su mirada se posó en palabras que parecían escritas para atormentarla: sacrificio... ellos... alguien cercano. ¿Quién? Su propia mente no quería saltar hasta ese abismo.

Unos pasos detrás; una figura se recortó en la penumbra. Su voz emergió suave, con la calma súbita de quien ha aceptado lo inevitable, y lo hace bajo una carga demasiado pesada.

—Lucía —dijo, apenas un susurro en el viento—, he visto lo que está en tu diario. Sé lo que el ciclo nos exige.

El corazón de ella se detuvo. Era imposible. Las lágrimas afloraron inmediatas, calientes y sinceras, sin permiso.

—No puede ser... —murmuró, girándose con los ojos brillantes.

Él estaba ahí. No en la calidez que esperaba, sino en la cruda verdad de un sacrificio que él mismo se ofrecía.

—Lo haré yo —sentenció él sin vacilar—. Si alguien debe caer, prefiero que sea yo. Lo he pensado en mil bucles, Lucía. Ya no puedo verte desgarrada por esto.

Un silencio punzante creció entre los dos, como si el mundo contuviera la respiración.

Ella tembló y un nudo de contradicción se ató en su garganta. Lo miró, buscando ese atisbo de duda, pero no había nada. Solo la implacable determinación. ¿Cómo proteger a quien se sacrifica cuando el enemigo acecha detrás del tiempo?

—No puedo dejar que lo hagas —replicó con voz quebrada—. No sin pelear.

Él se acercó, dejando caer la mirada al suelo, la sombra de un adiós que no se pronunciaba.

—Es mi culpa —dijo, casi para sí mismo—. Si no hubiera entrado en este juego...

Un estruendo lejano hizo vibrar el asfalto bajo ellos. La ciudad parecía no esperar, en sus entrañas sumergidas entre luces y ruinas. Todo se estaba desmoronando.

Lucía sintió el tiempo resquebrajarse a su alrededor, como si la realidad se estirara más allá del límite. Solo una cosa era clara: el sacrificio estaba más cerca que nunca, y con él, las consecuencias que podrían devorar más que solo segundos.

Un destello cegador cruzó su mente; una visión, breve como un latido, intensa como un puñal: él al borde del abismo, ofreciéndose como moneda para quebrar el ciclo.

Su grito quedó atrapado en la garganta cuando el viento se llevó sus palabras.

El eco del sacrificio resonó hasta quemarle el alma.

Y entonces la puerta del destino comenzó a cerrarse.

—No volveré a perderte —susurró Lucía, apretando el diario contra su pecho.

La noche apenas había comenzado.