Chapter 6
El silencio regresó después del estrépito en la ventana, pero no era el silencio habitual que cubre una habitación al anochecer. Era un silencio vibrante, tenso, como el borde afilado de un cuchillo que apenas espera el siguiente movimiento. Isabela y Clara se cruzaron una mirada que no necesitaba palabras; el miedo se había instalado sin margen de duda.
—¿Quién... quién está ahí? —susurró Isabela, la voz quebrada, mientras sus manos se apretaban contra el borde de la mesa para no traicionarse frente a Clara.
La figura tras el vidrio desapareció tan rápido como apareció, pero el frío que dejó era real, palpable. Como si la noche misma hubiera decidido no solo oscurecer el día, sino colocar una sombra sobre el destino de Isabela.
—No fue un accidente —dijo Clara con voz firme, un escalofrío recorriéndole la espalda—. Esto es solo el comienzo.
Isabela se obligó a tragar un nudo que se le formaba en la garganta. Las piezas empezaban a encajar en un rompecabezas que no quería armar.
*
Al amanecer, la ciudad respiraba bajo una luz clara que no alcanzaba a disipar la bruma pesada de intrigas. En un rascacielos de cristal que reflejaba un cielo plomizo, Martín Salazar se recreaba en su oficina, contemplando el tablero invisible donde movía sus piezas con la precisión de un ajedrecista experto.
La llamada había sido breve, pero definitiva. Ahora su plan estaba en marcha.
“Acabo de informar a Alejandro de la última caída en las acciones. Parece que su imperio tendrá que volver a mirar hacia dentro”, dijo con un tono frío al teléfono, mientras arqueaba una ceja como quien conoce un secreto que él mismo le ha susurrado a la noche.
—¿Y el mensaje para la señorita Duarte? —preguntó del otro lado, con una sombra de vacilación.
—La carta se la entregará un amigo. Un anuncio sutil, pero suficiente para hacerle entender que estoy vivo y no olvido nada.
Martín colgó, dejándose caer en el respaldo del sillón con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Entre cajas desordenadas de documentos, un pequeño retrato enmarcado mostraba dos manos entrelazadas, marca indeleble de un pasado que juró destruir.
*
En un elegante loft en el barrio financiero, Isabela revisaba documentos con expresión dura. El informe que le había entregado Claudio aquella misma mañana no dejaba lugar a dudas: la empresa de Alejandro había sufrido una inusual caída de valor, algo que nadie esperaba ni entendía.
—No es normal —murmuró para sí—. Lo que sea que está haciendo Martín, está golpeando donde más duele.
Su teléfono vibró, interrumpiendo el silencio tenso del lugar. En la pantalla, un mensaje sin remitente visible brillaba: “No permitas que ellos te destruyan. Pero cuidado, el pasado tiene memoria.”
Una oleada de frío la recorrió. Su secreto, aquel que había protegido con uñas y dientes, podía no ser tan seguro.
*
Alejandro la esperaba en el despacho principal. La expresión en su rostro era un mapa complejo de ira contenida y preocupación velada.
—Martín Salazar no solo ha reaparecido, Isabela —dijo sin mirarla, la voz tan dura como un martillo—. Sus movimientos están dañando la empresa y su intención es clara: destruirnos desde adentro.
Ella alzó la mirada, en sus pupilas un destello impuesto de calma pero el corazón golpeándole en el pecho.
—Sé que también quiere algo de mí —confesó, apenas un susurro—. Algo que puede ser mucho más peligroso que la caída en las acciones.
Alejandro la observó, un destello de entendimiento cruzando su rostro.
—¿Qué es exactamente lo que Martín sabe?
Antes de que pudiera responder, un golpe seco en la puerta hizo que ambos giraran al unísono. La secretaria entró con un sobre blanco lacrado.
—Esto acaba de llegar para usted, Alejandro. No tiene remitente.
Él rompió el sello con las manos firmes, sus dedos rápido leyendo cada palabra mientras la tensión aumentaba imperceptible en el aire.
—“El poder es una cadena, Alejandro. Rompe un eslabón y todo se desmorona. Pero cuidado con las sombras que llevan cadenas invisibles. Tu esposa guarda una de ellas.”
Isabela sintió cómo un peso indecible la aplastaba. Las palabras parecían arrancar su alma y mostrarla al mundo desnuda y vulnerable.
—¿Qué conexión oculta tiene Martín con Isabela? —replicó Alejandro con la voz cargada de incredulidad y miedo.
Ella bajó los ojos, la verdad ardiendo en su boca como un veneno del que no podía deshacerse.
Un ruido desgarrador proveniente del pasillo rompió el silencio, seguido por un susurro inconfundible: su nombre, pronunciado con una mezcla de odio y nostalgia que la congeló.
Isabela supo en ese instante que el juego acababa de cambiar, y que la verdad, por fin, estaba a punto de salir a la luz.
¿Qué secreto ocultaba Martín que los unía más allá del odio y la venganza?
La puerta se abrió lentamente. Y detrás, una sonrisa que prometía guerra.