Chapter 5
El aliento de Isabela pendía en sus pulmones como una niebla densa, mientras sus manos temblorosas posaban la última gema sobre aquel boceto intrincado. La luz tenue del taller, filtrándose apenas entre las persianas semiabiertas, dibujaba sombras alargadas que se estiraban como dedos invisibles sobre la madera vieja de la mesa. Afuera, la ciudad comenzaba a iluminarse; el crepúsculo convertía las ventanas lejanas en faroles palpitantes.
Un jadeo escapó de su garganta, demasiadas emociones batallando sin tregua. La pregunta de Alejandro flotaba en el aire, saturada de un peso que oprimía su pecho con furia silente: ¿Estaba lista para perder lo que era, por lo que podía llegar a ser? Aquella interrogante caló tan hondo que el taller, su santuario habitual, parecía un campo de batalla.
El sonido del mensajero en la puerta rompió el instante. Con movimientos aún torpes, Isabela se levantó, cada paso una lucha contra la ansiedad que le quemaba la piel. Abrió con cuidado, y allí estaba: Carla, su antigua amiga de la industria del lujo, envuelta en un abrigo ceñido que escondía secretos y sonrisas difíciles de descifrar.
—Isabela —dijo Carla con una voz que mezclaba nostalgia y algo más oscuro, un matiz de misterio. Sus ojos recorrían cada línea de su rostro, como si intentara leer un mapa incompleto.
El silencio creció entre ellas, denso y lleno de promesas no dichas. Isabela sintió que las viejas inseguridades amenazaban con asomar, pero había algo en la mirada de Carla que le devolvía una chispa perdida.
—¿Cómo encontraste mi dirección? —preguntó Isabela, no del todo segura si quería la verdad.
Carla sonrió, un gesto corto, calculador. —El mundo del lujo es pequeño, y los secretos más jugosos vuelan rápido. Además, alguien habló demasiado para su bien.
Isabela frunció el ceño, el peso del pasado golpeando su memoria. —¿Entonces qué quieres?
—Ofrecerte una mano. —Carla avanzó un paso dentro del taller, apoyando la cartera con elegancia junto a la mesa—. Sé por lo que estás pasando. También he estado… atrapada en esas cadenas invisibles que te venden como éxito.
El aire pareció enfriarse un instante, mientras Isabela estudiaba la expresión de Carla. La sinceridad parecía filtrarse, pero el brillo en sus ojos traicionaba un juego.
—¿Por qué? —la pregunta escapó sin querer, una mezcla de esperanza y precaución.
Carla ladeó la cabeza, esa sonrisa volviendo a asomar, oscura y seductora—. Porque necesito que ganes. Y porque, en este juego, las alianzas bien escogidas son el único camino.
Isabela sintió el roce invisible de una trampa. Había escuchado esas palabras antes, disfrazadas de promesas dulces y fachadas de confianza. Su corazón latió acelerado, la adrenalina aumentando su conciencia hasta cada fibra del cuerpo.
—¿Qué quieres a cambio? —la voz de Isabela se endureció, dejando atrás los restos de la mujer cansada.
—Solo la verdad. —Carla dio un paso más, y la luz capturó la fina línea del colgante que colgaba en su cuello, un símbolo que Isabela reconoció de inmediato: un logotipo discreto de un círculo partido, marca de una empresa rival.
El cansancio de Isabela se convirtió en un aguijón de alerta. La amistad que Carla ofrecía no podía ser gratuita; detrás de aquellas palabras había un trasfondo profundo, un propósito escondido. Pero también, bajo esa desconfianza, brillaba una oportunidad que Isabela no estaba segura de poder rechazar.
—Decide rápido —susurró Carla—. El tiempo no espera, y los secretos tienen patas cortas.
La mirada de Isabela se endureció, la incertidumbre se mezclaba con el fuego de la supervivencia. En un mundo donde el lujo y la traición se entrelazaban como hilos invisibles, escoger aliados era una jugada tan peligrosa como necesaria.
¿Sería Carla una aliada sincera o una pieza más en el tablero de manipulaciones que amenazaban con devorarla?
Un ruido seco en la ventana hizo que ambas miraran al mismo tiempo, un estremecimiento surcó el aire como un aviso silencioso. La certeza de que aquella conversación solo había desatado la primera chispa de una tormenta mucho más oscura.