Chapter 3
El espejo del ventanal devolvía una imagen fragmentada. Isabela quedó allí, parada bajo la lluvia que tamborileaba inclemente sobre la ciudad, como si el mundo entero intentara borrarla de su propio reflejo. Sus dedos temblaban, y un temblor sordo le atravesaba el pecho, un duelo entre la esperanza y el miedo que apenas comenzaba a arrasar con su calma aparente.
Un olor a tierra mojada se coló por una rendija de la ventana abierta. El aire frío mordía su piel a través de la delgada tela de su blusa, y en ese instante recordó, con una nitidez dolorosa, el olor a humedad de la casa de su infancia. Una casa encogida entre paredes desconchadas, donde la pobreza se ocultaba bajo mantas gruesas y la risa eraun lujo reservado a los días de fiesta.
Sus ojos se nublaron, no por la lluvia, sino por una tormenta íntima que nadie más podía ver.
—Mamá, ¿quién va a ayudarnos ahora? —la voz de una pequeña Isabela retumbó en su mente, igual de afilada que hace años, clavándose como un puñal.
El crujir de las tablas viejas bajo sus pies, el aroma de pan quemado, la desesperación en las miradas de su familia... todo volvió a ella con una fuerza brutal.
De pronto, sintió que una presencia la observaba. Un sonido leve, como un suspiro, la sacó de ese abismo. Giró el rostro lentamente, sin mostrar que sus manos amenazaban con delatarla.
Detrás del vidrio grueso, al otro lado del pasillo, Alejandro permanecía inmóvil, sus ojos congelados en ella.
Sus rostros eran espejos opuestos: ella, frágil pero con una llama oculta; él, seguro, dueño de cada centímetro de aquel mundo de cristal y acero.
—No defraudes lo que hemos empezado —susurró él, para sí mismo o para ella, apenas audible.
Isabela sintió el peso de sus palabras como una cadena invisible que le hacía cosquillas en la nuca, el viejo temor a perderlo todo por un solo paso en falso.
Pero aquella mirada también desvelaba algo más: vigilancia, cálculo, tal vez una amenaza apenas susurrada bajo la elegancia de su porte.
Se apartó del ventanal y caminó hacia la mesa donde un pequeño paquete, envuelto con esmero, esperaba. Dentro, las joyas que ella había diseñado, cada pieza una promesa y un recordatorio de que su talento podría ser la única vía de escape.
El sonido de un mensaje entrante en su teléfono hizo eco en la habitación silenciosa.
Con las manos aún temblorosas, deslizó el dedo para abrirlo.
Una fotografía apareció en pantalla.
Era una imagen torcida, borrosa, pero inconfundible para ella: la vieja casa de su infancia, con sus paredes rajadas y las ventanas rotas que tantas veces había cerrado con tablas para proteger lo poco que quedaba.
Y, detrás, una figura que creía enterrada en el pasado.
La voz interior se rompió en mil pedazos.
¿Qué peligro amenazaba ahora ese frágil acuerdo? ¿Qué amenaza, oculta entre sombras y viejas heridas, podía derribar todo lo que había logrado sostener con tanto esfuerzo?
Un golpe seco resonó en la puerta.
Isabela contuvo la respiración.
El pasado había regresado.