Chapter 2
La lluvia golpeaba contra el ventanal como un tambor seco y persistente, dejando escapar gotas que se deslizaban en finas corrientes sobre el cristal. Isabela permaneció inmóvil, mirando el reflejo distorsionado de su rostro en el vidrio empañado. La frase resonaba en su mente, clavándose como un puñal invisible: “Te estamos mirando.”
Un escalofrío le recorrió la nuca, mezcla de amenaza y advertencia. Pero también una chispa, tenue y peligrosa. ¿Quién estaba observando? ¿Y qué deseaban de ella? Con el ceño fruncido, sus manos apretaron los bordes de la mesa, el contacto frío y áspero le trajo de vuelta a la realidad.
Entonces sonó el timbre de la puerta.
El corazón se le aceleró, impulsándose como un tambor de guerra en sus sienes. ¿Sería él? ¿Alejandro? La llamada a la cordura le ordenó respirar, lento, profundo. Deslizó un dedo por el marco de la puerta, buscando seguridad en el frío metal mientras la madera vibraba con cada pulsación de la cerradura.
Un golpe firme, decidido, y la puerta se abrió apenas un centímetro, dejando entrar una sombra alta que desplazó la penumbra de la habitación. Alejandro Ferrer, con su habitual porte impecable y una expresión impenetrable, cruzó el umbral. Sus ojos, profundos y sombríos, no permitían adivinar qué tormentas internas lo azotaban.
—Isabela —saludó, en voz baja, la claridad contenida en cada palabra denotaba distancia, un muro invisible levantado entre ellos—. Llegas tarde.
El reproche no llevaba enojo, más bien una frialdad casi clínica que hizo que la joven sintiera sus manos sudar.
—Lo siento —respondió ella, con una voz que trataba de conservar firmeza, aunque las mariposas en el estómago le conspiraban con nerviosismo—. La lluvia me detuvo.
Alejandro cruzó la sala sin prisa, y al hacerlo, el aroma a madera pulida y un dejo amaderado masculino la envolvió brevemente. Pero ni un gesto amigable, ni una sonrisa tímida, ni siquiera una mirada que delatara interés genuino. Sólo la impostura del hombre de negocios que ella debía respetar.
—Tenemos poco tiempo —dijo él, con la voz más áspera ahora, como si arrastrara un cansancio que no quería mostrar—. ¿Ya preparaste todo para la presentación?
Pese a la tensión, Isabela asintió y sacó un portafolio negro, con los diseños y contratos meticulosamente organizados en su interior.
—Sí —aseguró—. Pero antes, necesitaba aclarar algunos puntos sobre el acuerdo.
Alejandro la miró sorprendido. Nadie en ese entorno se atrevía a cuestionarlo.
—Perspicaz —musitó con una sonrisa discreta, apenas un rastro de ironía en los labios—. ¿Quieres negociar?
Ella sintió un vuelco en las tripas, consciente de que toda palabra podía ser usada en su contra, pero se mantuvo firme:
—No negociar. Solo asegurarme de que ambas partes saben a qué se comprometieron. No puedo permitir errores. No ahora.
El silencio se extendió, pesado, como si el aire mismo se espesara entre ellos. Alejandro la examinó con detenimiento, casi desnudándola con la mirada, buscando una fisura, una debilidad. Pero Isabela permaneció impasible, lejos de ser la esposa dócil y complaciente para la que, seguramente, su entorno la esperaba.
Después, sin advertencia, la mano de Alejandro se alzó y deslizó un papel hacia ella con un leve movimiento.
—Firma aquí —ordenó—. Será mejor que no haya retrasos.
Isabela tomó el documento con dedos que parecían zafiro congelado, sintiendo el frío saliva su piel.
—Una pregunta antes —insistió, cruzando los brazos—. ¿Por qué no hay ninguna cláusula sobre… convivencia? Es un matrimonio, después de todo.
La respuesta fue un sorbo seco de silencio. Alejandro parpadeó, difícil de descifrar, y luego sonrió con una crueldad sutil:
—Los contratos sirven para lo que están escritos. El resto, pertenece a las decisiones personales.
La indiferencia en su voz fue como hielo quebrándose bajo sus pies.
—¿No esperas siquiera que vivamos juntos? —su voz se quebró, sin poder ocultar el desaliento—. Esa distancia... ¿es parte del contrato?
Él se acercó un paso, acortando centímetros que pesaban como toneladas. Su mirada fue un abismo inhóspito.
—Isabela, no confundas la realidad con tus ilusiones. Este acuerdo tiene un propósito y nada más. ¿Esperas afecto? ¿Entendimiento? Eso llegará, si llega. Pero no ahora. Ahora soy un empresario y tú, la diseñadora que aceptó un trato.
El golpe resonó en el pecho de la joven. No había calor, no había promesas, solo el vacío gélido de lo que sería su nuevo mundo.
—Entonces dime —su voz bajó al susurro con un dejo de amenaza contenida—, ¿por qué te muestras tan distante? ¿Por qué evitas cualquier muestra de afecto?
Alejandro retrocedió apenas un milímetro, como si aquella pregunta hubiera sido una bala directa al corazón.
Un conflicto invisible se desplegaba en sus facciones. La tensión en el aire era tan tangible que Isabela creía poder sentir el pulso acelerado en su cuello.
—Porque hay heridas —respondió él finalmente, con dureza—. Y este matrimonio no es un lugar para abrirlas.
La puerta se cerró tras ellos, dejando solo el eco de su voz y la promesa oscura de secretos enterrados.
Isabela se quedó sola, mirando su reflejo en el ventanal otra vez.
Un frío más intenso que la lluvia había entrado en su vida.
Y ella apenas empezaba a entender que este encuentro con Alejandro no sería el último ni el más sencillo.
El juego apenas comenzaba.