Chapter 9
Capítulo 9 Juego de Poder
El golpe seco resonó aún en sus oídos, reverberando como un disparo que perforaba el silencio de la habitación. Elena y Alejandro, con las miradas clavadas en la puerta, sintieron el aire volverse denso, cargado de una electricidad que ni el brillo de los imponentes ventanales podía disipar.
—¿Quién es? —la voz de Alejandro se deslizó baja, tensa, casi una advertencia. Sus dedos se aferraron al borde de la mesa, dejando escapar una presión contenida.
El silencio se rompió con un golpeteo nervioso, casi urgente, que parecía reverberar desde el otro lado como un código secreto. Elena tragó saliva. Su piel se erizó, y por un instante, la fachada de control con la que había tratado de envolver su semblante se resquebrajó.
—Soy yo —una voz femenina, apenas audible pero inconfundible.
Elena exhaló una mezcla de alivio y ansiedad. Sabía quién era. Cada palabra, cada susurro encontrado, la había conducido a este instante.
La puerta se abrió lentamente, y apareció Sofía, la mano aún temblorosa en el marco, los ojos brillantes de una determinación que rozaba lo desesperado.
—No hay tiempo —dijo sin rodeos, sin saludar—. Acabo de obtener una información que cambiará todo lo que sabemos.
En el instante en que Sofía dijo esas palabras, la atmósfera en la sala se tensó hasta casi romperse. Cada uno de los presentes entendió la gravedad sin que hiciera falta añadir una sola sílaba.
Alejandro la miró con una mezcla de sorpresa y genuina curiosidad, mientras que Elena, a su lado, sintió cómo una advertencia interna se prendía en sus entrañas.
—Habla —ordeno Alejandro, la voz firme pero contenida. En él no había cabida para la debilidad ahora.
Sofía avanzó un paso, apoyando una carpeta negra sobre la mesa reluciente. Deslizó varias hojas con gráficos y fotografías subrayadas, archivos comprometidos y correos electrónicos cifrados.
—Estos documentos prueban que alguien dentro del Consejo está manipulando las decisiones para destruir el legado de Salazar —declaró, mirando a Elena directamente a los ojos, como si fuera el único faro a seguir en una tormenta de traiciones.
Elena cogió los papeles, sus manos temblorosas intentando disfrazar la emoción que hervía bajo la piel. Aquello confirmaba sus sospechas, pero también abría una herida que no podía evitar.
En el fondo, Alejandro la observaba, sopesando cada movimiento como si estuviera jugando una partida de ajedrez con su alma.
—¿Tienes nombres? —preguntó él con una calma que no escondía su ansia por la verdad.
—Uno. Y está aquí —Sofía señaló un nombre resaltado en rojo, reduciendo el silencio a un susurro.
Elena arqueó una ceja sin entender al instante, hasta que vio a quién señalaba.
—Ramón Duarte... —musitó, el nombre siendo un filo cortante que reabrió viejas heridas.
Antes de que pudieran procesar la revelación, las luces comenzaron a parpadear con furia, titilando como un presagio. Un zumbido sordo ascendió desde el piso técnico, un advenimiento a la oscuridad que se avecinaba.
—¿Qué ocurre? —interrogó Elena sin poder ocultar el pánico que se colaba en su voz.
Justo entonces, el edificio quedó envuelto en la más absoluta negrura.
La ciudad, la oficina, el mundo —todo se desvaneció en un golpe de apagón que dejó todo suspendido en una penumbra eléctrica.
Solo quedaron los suspiros cortados, el eco de la intriga y... la oscura oportunidad de un nuevo juego.
—Esto no es casualidad —susurró Alejandro, con los ojos ya acostumbrándose a la oscuridad. Ahora, el poder pendía de un hilo tan débil como la luz misma.
Y en ese instante sin luz, sin certezas, la partida apenas comenzaba.