NoveliqaContrato de Venganza: Secretos del Imperio / El Lado Oculto de Alejandro :0%
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Chapter 7

El Lado Oculto de Alejandro

Capítulo 7: El Lado Oculto de Alejandro

El eco de aquella voz —firme, urgente— aún vibraba en sus oídos cuando se encontró sola en el vestíbulo, el frío del mármol calando sus huesos. Las pisadas de los guardias se habían extinguido, pero la sombra de la amenaza seguía pegada al aire como un veneno invisible.

Elena apretó los puños, sintiendo el pulso dispararse. En su pecho, una maraña de emociones se enredaba con un hilo de esperanza recién sembrado. ¿Quién había hecho aquel llamado? ¿Y por qué, en ese instante exacto?

Con un suspiro que casi le cortó el aire, decidió que no podía esperar más. Volvió al ascensor con la urgencia de quien sigue una corazonada ciega. La poderosa estructura de cristal y metal le devolvía su reflejo: ojos claros, crispados, pero vivos. Cada paso resonaba como un tambor; estaba decidida a no dejarse arrastrar —no esta vez.

Al llegar al piso donde Alejandro Montenegro despachaba su imperio, la recepción parecía un decorado, pulida y fría. Los pocos empleados que paseaban no levantaban la mirada. Nadie se atrevía a interrumpir la tormenta que tenía forma de Elena Salazar.

Rodeó el despacho hasta encontrar la puerta entreabierta. Un gesto sutil, sigiloso. Lucía vacía, salvo por el brillo de la pantalla encendida de la computadora principal.

«Aquí está lo que necesito», pensó, aunque una sombra oscuro le mordía la conciencia.

Se acercó con pasos que parecían pisar cristales rotos. La pantalla mostraba gráficas y cifras, como esperaba. Pero cuando su mirada se deslizó hacia la carpeta marcada como “Privado”, su corazón se aceleró.

Presionó con la yema del dedo la carpeta. La pantalla cargó una serie de archivos con nombres en clave: “Proyecto Eros”, “Sombra Azul”, “Operación Lux”.

“No puede ser…”, murmuró para sí, con los dientes apretados.

Su curiosidad se impuso a la precaución. Abrió el archivo más reciente: un conjunto de fotografías tituladas “Reunión 3 - 14/04”. Las imágenes mostraban a Alejandro en compañía de figuras conocidas del mundo clandestino: hombres de traje hecho a medida con caras curtidas por horas en negociaciones en ambientes oscuros, y mujeres con sonrisas demasiado controladas bajo luces bajas.

Pero lo que atrapó su mirada fueron las fotos donde Alejandro no estaba solo. En una de ellas, un rostro femenino sobresalía: una mujer de cabello oscuro, con ojos que parecían conocer secretos que Elena apenas comenzaba a intuir.

Luego aparecieron detalles aún más inquietantes. Documentos con fechas, cifras millonarias moviéndose en sombras, contratos quebrantados y términos que implicaban algo más que negocios.

Un temblor la recorrió. No era solo un hombre protegiendo su imperio. Había algo enterrado bajo capas de mentiras, venganza y poder. Y ella, hasta ahora, había sido apenas un peón en un tablero que desconocía.

Un sonido seco la sobresaltó. Alguien se acercaba.

Elena cerró rápidamente la carpeta, dejando la pantalla en la página principal, pero ya era tarde. La puerta se abrió con una suavidad inesperada y Alejandro apareció en el marco, con una sonrisa tenue, pero ojos hechos de acero.

—¿Curiosa, Elena? —dijo, sin un ápice de reproche, sino con aquella calma peligrosa que hacía temblar las certezas.

Ella tragó saliva, sintiendo que la partida apenas comenzaba.

—No todo es lo que parece —advirtió él, dando un paso dentro del despacho—. Y tú tampoco sabes todo sobre mí.

En ese instante, el aire se espesó con secretos, y la línea que los separaba entre aliados y enemigos comenzó a desdibujarse.

Un silencio tenso se extendió, hasta que el timbre de su teléfono rompió la tensión como un disparo directo al corazón.

Elena miró la pantalla y vio un mensaje que no esperaba:

“Quien dispara, también puede caer. ¿Estás lista para la verdad?”

El eco de esas palabras vibró en la habitación sellada por la traición.

Y el lado oculto de Alejandro acababa de abrir una puerta que, una vez cruzada, no tendría retorno.

—¿Qué juego juegas? —preguntó ella, sin apartar la vista.

—El único que importa —respondió él, con la voz firme—. El nuestro.

El susurro de la conspiración se convirtió en tormenta.

¿Podrán sobrevivir a la verdad?

[Continúa...]