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Chapter 6

Encuentro Peligroso

Capítulo 6 Encuentro Peligroso

La puerta se estrelló contra la pared con un estruendo seco. El eco retumbó en el despacho de Elena, en aquel rincón donde las sombras parecían crecer con cada paso del intruso. Su corazón se clavó en un ritmo frenético, bombeando una mezcla amarga de sorpresa y desconfianza. La luz del atardecer se colaba por las persianas, trazando líneas naranjas que cortaban el aire entre ellos.

Allí, en el umbral, estaba él. Nicolás Rivas. Su antiguo enemigo. La sombra que había estado acechando cada uno de sus pasos durante meses. Su rostro endurecido por años de rencores, sus ojos afilados, como cuchillas que podían despedazar secretos sin pronunciar palabra. Su presencia iba más allá del pasado: era una amenaza viva, un alfil dispuesto a derribar el castillo de Elena.

—No esperaba verte aquí —dijo Elena, buscando controlar la vibración que su voz traicionaba.

Nicolás entró, con movimientos pausados, ceremoniosos. No había ninguna sorpresa en su mirada, solo una calma terrible que helaba el ambiente.

—Me han dicho que andas preocupada por ciertas “pruebas” —su sonrisa fue cruel, ese tipo de sonrisa que revela un juego letal que ya se tiene ganado—. Tengo lo que buscas. Y más.

Elena sintió cómo una gota de sudor se le deslizaba por la nuca. El aire en la habitación pareció espesarse, cada palabra cerraba un cerco invisible alrededor de su defensa.

—¿Qué pruebas? ¿De qué diablos estás hablando, Nicolás? —su voz era baja, cortante. Intentaba no mostrar el miedo, pero la verdad tambaleaba con cada palabra suya.

Nicolás sacó un pequeño maletín de cuero negro de debajo de su gabardina. El tacto de ese objeto parecía cargar con la gravedad de un juicio inminente. Lo dejó sobre el escritorio de Elena con la sutileza de quien deposita una bomba a punto de explotar.

—Documentos, fotos, grabaciones. Todo. Y no solo te implican a ti. También a tu padre, a tu empresa… y a ese esposo de conveniencia que tú eliges odiar —sus ojos eran una advertencia clara. Su voz, un veneno administrado con precisión—. Si creíste que ibas a proteger un legado sin pagar precio, te equivocaste.

Una brisa traicionera se coló por la ventana entreabierta. Los papeles comenzaron a bailar con ella, como una coreografía macabra que anunciaba la tormenta. Elena se aferró al borde del escritorio, su mente girando como un torbellino frenético. ¿Qué juego oscuro había hecho Nicolás? ¿Qué piezas movía en esa intrincada partida que parecía destinada a destruirla?

—¿Quieres hacer un trato? —Nicolás se inclinó ligeramente hacia adelante, su tono una mezcla de oferta y amenaza—. Podría guardar silencio. O podría dejar que todo salga a la luz.

Elena sintió que la presión en el pecho se convertía en una opresión insoportable. Bajó la mirada, pensando en cada ruta que podría tomar. Rendirse significaba la muerte de Sergio Salazar, su padre, y el fin del imperio familiar. Resistir significaba un golpe directo y peligroso contra un enemigo que parecía tenerla burlada.

—No temo a la verdad —respondió, temblando en su exterior pero sólida en su interior—. ¿Qué quieres a cambio?

Nicolás sonrió con una mezcla de satisfacción y desdén.

—Alianzas. Información privilegiada. Todo lo que puedas ofrecer de Alejandro Montenegro, porque sus secretos son la mejor moneda en esta guerra. Y algo más… quiero saber que estás realmente dispuesta a luchar.

Elena sintió la ira burbujear en su sangre, encendiendo un fuego que reprimía desde hacía demasiado tiempo. No permitiría que nadie destruyera su legado ni manchara el nombre de su padre con mentiras dolorosas.

—No tengo nada que ofrecerte —sentenció con voz firme—. Y no voy a caer en tus trampas.

En ese instante, un destello en la pantalla del celular sobre el escritorio rompió la tensión. Elena captó la luz roja que anunciaba una llamada entrante. Miró el identificador y su rostro se congeló.

—¿Quién es?

—Contéstala —ordenó Nicolás con un brillo avieso en los ojos—. Puede ser alguien más interesado en este juego.

Elena dudó. El nombre en la pantalla no le era familiar, pero la sensación de peligro escaló como un frío glaciar por su espalda. Con dedos temblorosos deslizó la palma y atendió.

—¿Hola? —su voz apenas fue un susurro ahogado por la tensión.

Del otro lado, solo un sonido grave e inquietante la envolvió. Un mensaje cifrado, casi inaudible, que le helaba la sangre.

—Ten cuidado, Elena. No confíes en nadie. Alejandro no es quien dice ser. Estás en peligro. Alguien te observa.

La llamada se cortó de golpe. El silencio se hizo ensordecedor, y en ese vacío, Elena sintió que todas las piezas del rompecabezas amenazaban con estallar.

Nicolás se levantó, su figura recortada contra la pantalla que aún titilaba.

—¿Ahora crees que esto es un juego? —susurró, con una amenaza que hacía retumbar cada palabra—. Esta ciudad no perdona a quienes creen que pueden decidir su destino sin mancharse las manos.

Elena apretó los puños. Sobre el escritorio, el maletín negro permanecía abierto, sus secretos aguardando ser desvelados.

Y en el susurro quebrado de su teléfono, la advertencia quedaba flotando como un presagio oscuro.

La venganza apenas comenzaba.

Un golpe seco sacudió la puerta del despacho. El rostro de Elena se tornó rígido. Sabía que aquella noche no terminaría con un simple intercambio de palabras.

—¿Quién diablos es? —preguntó Nicolás, mientras ambas miradas se clavaban en la entrada.

La sombra de lo desconocido se cernía ahora más cerca que nunca.

Elena inhaló hondo.

—No lo sé. Pero si no responde pronto, esta noche se volverá aún más peligrosa.

El silencio se prolongó.

Y entonces, un roce metálico contra el marco de la puerta.

Un cuchillo.

Eléctrica, Elena giró para enfrentar la amenaza.

El filo brilló bajo la luz opaca del despacho.

El encuentro peligroso no sería solo de palabras.

—¡Cuidado! —gritó—. ¡Atrás!

Y justo cuando el cuerpo de Elena se preparaba para la defensa, una ráfaga helada vino con voz ronca y urgente a través del cristal.

—¡Elena! ¡No dejes que te arrastren! ¡Confía en mí!

La identidad de quien gritaba era un misterio.

Pero su voz tenía un peso que fracturaba cualquier duda.

La batalla estaba lejos de terminar.

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[Continuará...]