NoveliqaContrato de Venganza: Secretos del Imperio / Una Alianza Fragil :0%
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Chapter 5

Una Alianza Fragil

Capítulo 5 Una Alianza Frágil

El eco de esa sentencia no pronunciada seguía vibrando en la punta de la garganta de Elena. La respiración le venía entrecortada. La habitación, un despacho amplio con ventanales que dominaban la ciudad, parecía ahora una trampa invisible, un estanque oscuro donde las aguas turbias sólo reflejaban incertidumbre.

Alejandro estaba frente a ella, imperturbable, como si dentro de ese cuerpo impecable se ocultara un tablero completo de piezas de ajedrez listo para hacer movimientos devastadores. Sus ojos negros no titubeaban, mas brillaban con una mezcla extraña de complicidad y amenaza.

—No podemos seguir así —dijo con un tono que parecía suavizarse, pero tenía el filo de un cuchillo—. La empresa se cae a pedazos y tú estás aquí, atrapada en un laberinto de dudas y pasado.

Elena cerró los ojos un instante, un puño apretado contra la madera fría del escritorio. Todavía sentía el temblor bajo su piel, la vibración que había dejado aquella revelación a medias.

—¿Entonces qué propones, Alejandro? —su voz era seca, punzante—. ¿Cuál es tu plan para salvar lo que queda? ¿Y por qué debería escucharte?

Su mirada captó una ligera sonrisa, apenas un atisbo, y un destello calculador afiló su figura.

—Una alianza. —La palabra cayó en la habitación como una ofrenda envenenada.— Tu empresa, mis recursos, nuestros contactos. Juntos podemos detener el derrumbe. Pero necesito que confíes. Ahora más que nunca.

Elena frunció el ceño. La palabra ‘confianza’ frente a él era un concepto tan frágil como un cristal suspendido a punto de romperse.

—¿Y qué quieres a cambio? —preguntó, esquivando su mirada de hierro—. Esto no es un acto de caridad ni un golpe repentino de altruismo. Dime, ¿cuál es el precio oculto?

Alejandro se inclinó ligeramente, la luz reflejándose en su reloj de pulsera, un detalle insignificante si no fuera porque señalaba que había pensado en cada segundo destinado a este encuentro.

—Quiero proteger el imperio que también me pertenece, aunque eso signifique hacer lo que sea necesario. —Sus palabras dejaron caer un peso atroz en el aire—. Y eso incluye evitar que hables con Luis.

El nombre de Luis rebotó en la mente de Elena con una mezcla peligrosa de alivio y desconcierto. Luis, su mejor amigo, su confidente, alguien en quien había depositado parte de su última esperanza.

—¿Por qué no quieres que lo vea? —su voz se tornó baja, casi temblorosa—. Luis me ha apoyado cuando nadie más lo hizo. No permitiré que me alejes de él.

Los ojos de Alejandro oscurecieron, contrayéndose con un destello inquietante.

—Porque hay cosas que aún no entiendes. Y esa conversación puede ser más peligrosa de lo que imaginas.

Elena sintió un escalofrío subir por su espalda. El peso de cada palabra, y sobre todo, lo que quedaban por decir, formaban una red invisible que la mantenía atrapada.

Se produjo un silencio tenso, cargado con el ruido lejano de la ciudad despierta, las sirenas, el metálico zumbido de las luces.

—Entonces, si no es Luis, ¿a quién debo escuchar? —desafió, buscando en sus ojos una señal, una grieta.

Alejandro péndulo entre decisión y cálculo, finalmente sacó un pequeño dispositivo negro de su bolsillo y lo dejó sobre la mesa. En la pantalla, un nombre parpadeaba con un teléfono sin señal.

—Ella —murmuró—. Es la especialista que puede revertir la crisis financiera. Pero no es alguien que puedas llamar tú misma.

Elena se inclinó hacia adelante. Algo en sus entrañas le decía que aquel hombre jugaba a dos bandos, pero la información era demasiado valiosa para ignorarla.

—¿Y qué pasa con nuestro pacto? Dijiste que era una alianza, pero siento que me estás dejando fuera de las decisiones.

—Porque ahora tu supervivencia depende de dejar que yo maneje ciertas piezas —replicó Alejandro con un filo de autoridad que cortaba el aire—. No lo tomes como una negativa, sino como una protección.

Ella lo observó. El rostro que conocía, complejo y contradictorio, mostraba una determinación que rozaba el fanatismo.

—¿Y si te digo que no puedo confiar en ti? —su voz se quebró solo un instante—. ¿Qué me queda?

El silencio volvió a apoderarse de la sala. De pronto, el sonido de un golpe seco en la puerta resonó con fuerza.

Ambos se giraron al mismo tiempo.

Alejandro frunció las cejas, tenso, y Elena sintió cómo su pulso se aceleraba, como si la amenaza hubiese cambiado de forma, ahora tangible, justo en el umbral.

Una voz profunda, cargada de decisión, resonó del otro lado.

—Elena, necesito hablar contigo. Ya.

Un nombre no dicho colgaba en el aire.

Una pregunta incendiaria: ¿Por qué Alejandro no quiere que Elena hable con su mejor amigo?

Y justo entonces, la puerta se abrió de golpe.

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[Continuará...]