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Chapter 3

Primer Acercamiento

Capítulo 3 Primer Acercamiento

La lluvia caía en cortinas titilantes contra los ventanales del piso 42. Las luces de la ciudad se deshacían en manchas borrosas sobre el pavimento mojado, como si el mundo entero estuviera a un paso de disolverse en la penumbra.

Elena Salazar permanecía de pie, apoyada contra el cristal frío. El eco de sus propios latidos resonaba en su pecho, cada palpitar un recordatorio punzante del contrato que acababa de sellar con Alejandro Montenegro.

—¿Cómo pretendes que trabaje junto a él? —murmuró su asistente, Sofía, sin poder ocultar su incredulidad.

Elena giró la cabeza apenas, dejando que su mirada se posara sobre la joven que, con cierta inseguridad, sostenía una carpeta cargada de informes.

—No pretendo nada —respondió con voz firme, seca—. Solo voy a hacerlo.

Sofía suspiró, como si con ese simple acto Elena estuviera hundiéndose voluntariamente en una trampa.

—Él no es quien parece. Y tú tampoco —le advirtió, apretando los labios antes de dejar caer la carpeta sobre el escritorio con un golpe sordo.

El rostro de Elena se endureció. Sofía no sabía nada del pasado oscuro ni de los secretos que ambos compartían, ni del juego sutil que los mantenía atados como marionetas.

En la sala contigua, Alejandro estudió la escena desde el umbral. La distancia entre ellos era un muro invisible, pero sus ojos eran una promesa muda de que ese muro estaba llamado a caer.

Pasó una mano por el cabello, ocultando el tic nervioso que apenas lograba controlar. Tenía que mantener la fachada. Elena era un enigma que se resistía a desentrañar, y sin embargo, él sabía que era la pieza clave para salvar lo que quedaba de su imperio. O destruirlo.

El primer día de trabajo conjunto comenzó con un silencio tenso, cargado de miradas esquivas y gestos calculados. En la sala de juntas, el ambiente era un campo minado.

Alejandro tomó la palabra con su voz profunda y medida.

—Tenemos un desafío enorme por delante. Si logramos unir fuerzas, puede que el futuro de ambas compañías cambie para siempre.

Elena lo enfrentó con su propia coraza de frialdad.

—No vine a hacer amistades.

El silencio posterior fue apenas sacudido por el chisporroteo de lluvia que golpeaba las ventanas.

Cada palabra, cada gesto era un baile de poder, un avance y retroceso que mantenía la tensión al borde de la ruptura.

Durante la reunión, se revelaron cifras, estrategias y planes de ataque empresarial. Pero bajo la logística y los gráficos, se escondían juegos personales, alianzas que podían colapsar de un momento a otro.

Cuando la reunión concluyó, Alejandro se acercó a Elena en el pasillo.

—No podemos seguir compitiendo cuando estamos destinados a colaborar —susurró casi para sí mismo—. Más vale que aprendas rápido.

Ella lo miró fija, sin parpadear.

—No se trata de aprender rápido, sino de no caer primero.

Hubo un instante en que sus ojos se encontraron, y en ese instante efímero se desató una tempestad contenida. Palabras no dichas, heridas abiertas, promesas rotas.

Elena se giró con decisión, dejando atrás el eco de esa tensión.

Pero el precio de ese enfrentamiento iba más allá de la oficina.

Esa noche, cuando regresó a su apartamento, encontró un sobre sin remitente deslizado bajo la puerta.

La tinta negra sobre papel blanco formaba una frase que heló la sangre en sus venas:

"Alguien te sigue. No confíes en nadie."

Un escalofrío subió desde la nuca hasta la espalda. La habitación pareció oscurecerse, como si una sombra invisible hubiera cruzado las paredes.

Elena levantó la vista hacia el ventanal, donde la ciudad seguía respirando su ritmo frenético.

¿Quién estaba observándola?

Y más urgente aún: ¿cómo podría protegerse cuando incluso su pareja más cercana parecía una amenaza latente?

El teléfono vibró con un mensaje entrante, temblando en sus manos.

Con el pulso acelerado, Elena aceptó la llamada. Pero en la pantalla sólo apareció un nombre: "Desconocido".

El sonido fue una mezcla de amenaza y advertencia.

—¿Qué quieres? —susurró al aire oscuro.

No hubo respuesta. Sólo el silencio cortante que le hizo comprender que la venganza, la real, apenas había comenzado.

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Continúa…