Chapter 2
Capítulo 2 Secretos en la Noche
La sombra en la puerta era un espectro que se resistía a disiparse. Elena sintió cómo el peso de una corriente gélida le atravesaba el cuerpo, clavándose en la médula como un mensaje sin palabras. Solo la rendija minúscula por donde la puerta se había abierto permitía que el rostro de Alejandro Montenegro quedara parcialmente iluminado por la tenue luz del pasillo.
No habló.
No era necesario.
Sus ojos. Esos ojos que la habían mirado tantas veces, ahora eran un abismo sin fondo que absorbía cada resquicio de confianza que Elena había tenido. Sin embargo, algo más se escondía en aquella mirada: una mezcla de conocimiento y cálculo que la paralizó.
—¿Sabes algo —musitó Elena, apenas un susurro—, algo que yo no deba ignorar? —preguntó con la voz cortada, sintiendo que su corazón desbocado intentaba encontrar tregua.
Alejandro no respondió. Se limitó a cerrar la puerta con suavidad, el clic seco resonando como un disparo apagado en la habitación silenciosa.
Elena se dejó caer contra la pared, el frío del mármol quemandole la espalda. Respiró hondo, intentando frenar el temblor que arrasaba sus dedos.
Los secretos tenían múltiples rostros.
Y aquel hombre, el hombre al que ahora se unía en un contrato ambiguo y peligroso, tenía un mapa completo de su laberinto.
Fue entonces cuando, bajo el reflejo dorado de la lámpara, notó un pequeño papel abandonado en el suelo cerca de sus pies. La tinta estaba húmeda, como si hubiera sido escrita poco antes de su llegada.
Con manos temblorosas, recogió el papel y leyó en voz baja:
"No todo lo que conoces es verdad. El legado de los Salazar esconde raíces más profundas... y oscuras."
El mensaje le arañaba la piel. ¿Quién le había dejado eso? ¿Y cómo sabía tanto sobre ella? Cada palabra era una puñalada disfrazada de advertencia.
El telefonillo vibró con un zumbido seco, arrancándola de sus pensamientos mientras la pantalla mostraba un nombre que no esperaba: Martín Ibáñez.
Una ola de conflicto la atravesó. Martín era el único contacto que le quedaba en el mundo corporativo que podía brindarle apoyo sin reservas ni secretos.
Contestó con un temblor apenas perceptible, guardando el papel arrugado en su cartera.
—Elena —su voz sonaba urgente, agitada—. Hay algo que tienes que saber sobre Montenegro y... sobre tu familia. Pero no podemos hablar por teléfono. Ven a la azotea del Edificio Velasco dentro de diez minutos.
Antes de que pudiera decir algo más, la llamada se cortó.
Elena dejó caer el móvil en la cama mientras una mezcla de adrenalina y miedo le inflaba el pecho. Su mirada se posó en el ventanal. La ciudad se extendía bajo un manto negro, las luces formaban constelaciones paganas que ocultaban cientos de secretos.
Se vistió rápidamente con un abrigo ajustado y salió sin hacer ruido, dejando atrás la habitación que pocas horas antes le había parecido un refugio y ahora solo era una trampa.
Al salir, la brisa nocturna la golpeó como una bofetada. El olor a tierra mojada y a gasolina perforaba la calma aparente de la ciudad.
Los tacones de sus botas resonaban en las calles vacías mientras aceleraba el paso hacia el edificio de Martín.
Cuando llegó a la puerta de vidrio del Edificio Velasco, un hombre estaba apoyado contra la pared, envuelto en sombras. Al verla, su rostro se iluminó con una sonrisa tensa.
—Llegaste justo a tiempo —dijo Martín, bajando la voz—. Alejandro no es solo el enemigo que crees. Hay algo mucho más peligroso bajo esa fachada. Y tú estás en medio.
Elena frunció el ceño, respirando con dificultad.
—¿De qué hablas? —exigió saber—. ¿Qué tiene que ver mi familia con él?
Martín sacó de su chaqueta un USB que parecía ordinario, pero en sus ojos había un brillo de urgencia que no podía ignorar.
—Esto es solo una parte —murmuró—. Contiene archivos que revelan conexiones entre Montenegro, tu padre y antiguos secretos enterrados hace décadas. Algunos nombres que es mejor que conozcas antes de seguir adelante con ese contrato.
Elena sintió que el mundo se le derrumbaba bajo los pies. Si lo que decían era cierto, la venganza que había planeado se tambaleaba sobre cimientos de engaños mucho más profundos.
Antes de que pudiera replicar, un móvil vibró con insistencia.
Martín la miró, con la expresión oscureciéndose.
—Es él —susurró—. Montenegro sabe que estamos aquí.
El eco de pasos apresurados comenzó a acercarse desde el pasillo.
Con un movimiento decidido, Martín le lanzó el USB en la mano y dijo:
—Corre. No puedes dejar que te vean aquí. No ahora.
Elena apretó los dientes mientras los pasos áridos quedaban tan cerca que podían oírse como latidos de un corazón furioso.
Instintivamente, giró en la esquina que daba al ascensor, metiéndose en la penumbra mientras una voz profunda cortaba la noche.
—¿Crees que puedes escaparte, Elena?
Era él.
Sus palabras eran cuchillos envueltos en terciopelo. La sonrisa cruel que vio cuando la figura apareció en el umbral de la escalera fue la única respuesta necesaria para entender que su plan estaba en peligro.
Pero esta vez, no solo sus secretos estaban en juego.
También el destino de todos los que amaba.
Elena apretó el USB con fuerza, mientras decidió enfrentarse a la verdad que Alejandro Montenegro estaba dispuesto a esconder con uñas y dientes.
El contrato de venganza no era lo único en juego.
Había algo más, algo que podría destruirlos a ambos.
Y el juego seguía, oscuro y voraz, en la noche eterna.
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¿Acaso Alejandro guarda algo que amenaza su plan de venganza?