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Chapter 14

El Enemigo Común

Capítulo 14 El Enemigo Común

La luz tenue del despacho era un pozo de sombras que se tragaba el rastro de las palabras no dichas. Elena permaneció inmóvil, el cuerpo aún entumecido por el golpe del silencio que acababa de caer, como una losa fría sobre su pecho. El destello intermitente de la pantalla del teléfono, ahora apagado, se apagó de golpe, sumergiéndola en la penumbra más absoluta.

Sus dedos temblaban, temían mover demasiado el vaso con agua que sostenía con ambas manos. La boca seca, como si hubiese corrido kilómetros sin oxígeno. La decisión que tenía que tomar pesaba en el aire, densa, apretándole las sienes con presión invisible. Correr… o enfrentar lo que la acechaba. Palabras que resonaban en su mente como un tambor lejano; pero, ¿qué significaba “enfrentar” cuando ni ella misma sabía contra qué?

Un ruido sutil, detrás de la puerta, quebró la quietud. Apenas un susurro, pero suficiente para hacer que el corazón de Elena saltara en su pecho.

Antes de que pudiera girar el picaporte, la puerta se abrió con un golpe seco.

—No era planeado que viniera tan pronto —una voz profunda, grave, llena de una tensión contenida irrumpió en la habitación como un disparo certero—. Pero aquí estoy.

Era él: Alejandro Montenegro.

Elena se quedó paralizada, sin saber si debía abrazar la sorpresa o prepararse para la batalla que sin duda su presencia implicaba.

Él cerró la puerta tras de sí con gesto firme, dejando que la sombra le envolviera como una armadura natural.

—Pensaste que podrías escapar de mí, ¿verdad? —su mirada rozó la de ella, cortante como un hilo de acero.

—No es eso —respondió ella, tratando de contener el temblor en la voz—. Es que necesito entender qué demonios está pasando. Todo se está desmoronando. Mi empresa… mi familia... —el nudo en la garganta era un pozo sin fondo.

Alejandro dio unos pasos lentos, midiendo el terreno, calibrando cada palabra que dejaría escapar.

—Los dos estamos al borde del abismo. Pero eso no es lo peor —musitó, su voz casi un secreto—. Hay un enemigo más allá de nosotros. Más peligroso de lo que jamás imaginaste.

Elena entrecerró los ojos, el cerebro trabajando a mil por hora. ¿Un enemigo común? La idea la desconcertaba, la sacudía hasta el alma.

—¿De qué hablas? —exigió, cruzando los brazos, buscando fuerza en esa posición defensiva.

—No puedo revelarte todo ahora —un destello de frustración asomó en su rostro—. Pero esta guerra no es solo entre tú y yo. Nos están manipulando… usándote, usándome.

El silencio volvió. De repente, la habitación parecía encogerse, asfixiante. El aire se espesaba con secretos no confesados, con la sombra de alianzas traicionadas.

—¿Por qué debería creerte? —preguntó Elena, su voz más fría, una barrera para evitar que las dudas la devoraran por dentro.

Él dio un paso hacia ella, pero mantuvo la distancia prudente, como respetando un límite imposible de traspasar.

—Porque si seguimos enfrentándonos uno al otro, ellos ganan. Y tú, Elena, lo sabes tan bien como yo, ellos no se detendrán hasta destruirnos.

Un hervor de rabia y miedo se mezcló en la mirada de Elena. La idea de un enemigo oculto, más maldito que el mismo Alejandro, dibujaba nuevos contornos en aquel tablero de ajedrez donde la sangre era la única apuesta. Pero también, esa verdad amenazaba con quebrar la coraza que, dolorosamente, había construido alrededor de su corazón.

—Estoy cansada de criar fantasmas —dijo, la voz quebrándose por un instante—. Si realmente hay alguien que quiere nuestra caída… necesito saber quién.

Alejandro ladeó la cabeza, el gesto más suave que había mostrado en toda la noche.

—Eso es lo que debemos descubrir juntos.

En ese instante, un ruido metálico resonó desde la pantalla de su teléfono, dejándolos a ambos temblando.

El mensaje que apareció en la pantalla dejaba claro que el juego apenas comenzaba:

“Nos están mirando. Y saben que nos alianzas. No habrá segundas oportunidades.”

Elena y Alejandro intercambiaron una mirada profunda, llena de desconfianza, de miedo, pero también de una tenue chispa de esperanza.

¿Podrían confiar lo suficiente para formar una alianza verdadera?

La respuesta, como siempre, pendía de un hilo.

Un hilo que amenazaba con romperse en cualquier instante.