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Chapter 7

El regreso inesperado

Isabela se quedó helada, con el teléfono aún contra el vientre, como si en cualquier momento aquel contacto invisible la fuera a absorber. Afuera, la ciudad seguía zumbando, imparable, ajena a la tormenta que se desataba en su interior.

La respiración le estaba jugando una mala pasada; sentía que le faltaba aire, que el mundo había dejado de girar en su eje para convertir su entorno en un cuadro borroso. Alejandro. Su nombre retumbaba en su cabeza y las palabras que había escuchado, duras y frías, le quemaban como una herida recién abierta. La traición no provenía solo de afuera, sino de aquel hombre con el que compartía no solo un contrato, sino la más frágil de las alianzas.

—¿Isabela? —La voz delicada de Mariana, su mejor amiga, la sacó del trance. —Perdí la señal —mintió sin mirarla, apretando el móvil contra la superficie helada de la mesa del sofá. Quería desesperadamente evitar preguntas que no sabía cómo contestar.

Pero la puerta del departamento se abrió sin aviso, y un rostro que creía sepultado en la memoria apareció en el umbral.

—¿Tanto tiempo sin un mensaje, Isabela? —Aquella voz profunda estaba cargada de una familiaridad que le hizo un nudo en el estómago. Rodrigo.

La sangre se le congeló en las venas. El antiguo amor, el que creía haber olvidado con cada paso que la había acercado a Alejandro, estaba ahí, en su sala, arrebatándole cualquier vestigio de tranquilidad.

—Rodrigo... ¿Qué haces aquí? —la pregunta salió entrecortada, con el pulso acelerado y los ojos clavados en ese hombre con sonrisa inquietante y mirada segura. Había sido la llama que la incendió cuando aún soñaba con un futuro diferente, pero también la tormenta que la hizo huir.

Él dejó caer la chaqueta sobre la silla, cruzó la habitación con ese paso que ella recordaba tan bien y se detuvo frente a ella, casi demasiado cerca. La luz de la lámpara del techo perfilaba sus facciones con dureza.

—Escuché que estabas en problemas. Pensé que deberías saber que no estás sola. —Sus palabras eran un susurro, pero contenían mil promesas y viejas heridas.

Isabela tragó saliva, el pulso latiéndole en cada vena. De repente, la seguridad de su alianza con Alejandro temblaba bajo el peso de un pasado al que juró no volver.

—No necesito que me rescates —replicó con voz seca, empujando mentalmente todos esos recuerdos que ahora gazapeaban en su pecho.

Rodrigo levantó una ceja, su sonrisa se volvió algo más sombría.

—¿Seguro? Porque vi cómo te afectaban las noticias. Supongo que la familia Montes nunca duerme en paz, ¿verdad?

Mariana se quedó atrás, observando la escena con una mezcla de sorpresa y cautela. Isabela no podía imaginar cómo había llegado el mundo a este punto en que su propio pasado se mezclaba con un presente más peligroso que nunca.

Rodrigo deslizó un sobre grueso sobre la mesa delante de Isabela y algunos papeles asomaron en el interior, documentos con logos que solo un abogado veterano reconocería.

—Esto te interesa. Pruebas. Éxitos para defenderte. Para pelear contra quienes intentan arruinarte. Alejandro no es el único que puede ayudarte.

El corazón de Isabela latió tan rápido que la cabeza le dio vueltas. Sabía lo que implicaba dejarse arrastrar por esos fantasmas. Y también sabía lo que perdería si sucumbía a esa vieja llamarada.

—Tengo que irme —dijo en voz baja, intentando mantener la voz firme mientras recogía el sobre. Pero Rodrigo no se movió.

—¿Qué fue todo esto? —preguntó con una voz cargada de una curiosidad que ocultaba amenaza y deseo—. Creí que habíamos quedado en que no volveríamos a involucrarnos.

Isabela lo miró fijamente, el pulso invadiéndola. Su propia decisión pendía de un hilo invisible.

—Esto no cambia nada —murmuró—. Alejandro y yo... Lo nuestro no puede romperse.

Rodrigo rió, un sonido corto y sin alegría.

—¿Seguro? No me vendría mal hacer una llamada y poner en jaque a esos Montes. Si quieres mi ayuda, tendrás que apostar algo más que tu orgullo.

Isabela sintió cómo el peso de esas palabras hundía sus cimientos morales. No solo estaba en juego un secreto, una espada sobre su cuello, sino un corazón cuya fragilidad empezaba a asustarla.

—No puedo confiar en nadie —susurró, más para sí misma que para Rodrigo—. Ni siquiera en mí.

Entonces, justo cuando parecía que la puerta se cerraba ante ellos, un ruido seco conmocionó el pasillo.

Los dos voltearon, alertas.

—¿Qué fue eso? —preguntó Mariana, con la voz trémula.

Isabela se aproximó a la puerta, presionó la oreja contra la madera y escuchó el eco de pasos apresurados que se alejaban.

—Alguien nos espió —dijo con la boca seca.

Rodrigo levantó una mano, casi desafiante.

—Parece que esta historia no va a acabar tan fácil.

Isabela sintió un frío repentino, como si la ciudad entera hubiera replegado su brillo para envolverla en sombras.

Dejó el sobre sobre la mesa, su mirada buscando en los ojos de Rodrigo la única verdad que necesitaba.

—¿Volveré a caer en un amor del pasado o permaneceré firme? —murmuró, en un suspiro que no era solo suyo.

Rodrigo, con una sonrisa torcida que parecía saber más de lo que decía, cerró los ojos por un instante y luego se acercó para susurrar:

—Solo tú tienes esa respuesta, Isabela.

La puerta se volvió a cerrar tras él. Pero el aire quedó vibrando con la pregunta que amenazaba con partirla en dos.

Y en ese instante, justo en el umbral entre el pasado y el presente, el destino había comenzado su juego más peligroso.