Chapter 4
El eco del silencio después de aquella frase pesaba como plomo en el elegante despacho. Isabela se aferraba al borde del escritorio, los dedos blancos, mientras las palabras retumbaban en su cabeza, cada una como un disparo en plena calma. Su corazón acelerado luchaba por estabilizarse, mientras la distancia entre el frío acero del contrato y la humanidad que se escurría entre sus labios se volvían insoportables.
Un golpeteo seco en la puerta la hizo levantar la vista con un sobresalto.
—¿Se puede? —la voz de Leticia Montes, cortante como un bisturí, se deslizó sin permiso—. Necesito hablar contigo. Ahora.
Sin esperar invitación, Leticia entró con una seguridad que llenaba la habitación. Su mirada, afilada y calculadora, buscó cada rincón, evaluando sin tapujos. Isabela sintió la presión, como si estuviera siendo escrutada por un halcón que acecha a su presa.
—Creí que sería prudente dejar que te asentaras —continuó Leticia mientras apoyaba las manos sobre la mesa—, pero hay algo que no admite dilación.
Isabela la observó, clavando sus ojos en aquella mujer que parecía encarnar el mismo hielo que la ambición. El aire se había vuelto denso, cargado de un veneno invisible y palpable.
—No entiendo... ¿A qué te refieres? —preguntó con la voz casi susurrante, fingiendo calma.
Leticia sonrió con la perfidia de quien tiene todos los secretos guardados en la manga.
—No permitiré que ese matrimonio siga adelante.
La frase cayó como una daga invisible, clavándose directo en el corazón de Isabela. Su respiración se aceleró, el pulso martillando su sien. Era una amenaza velada, pero contundente.
—¿Estás loca? —la voz de Isabela se elevó, mezclando desafío con pánico—. Alejandro decidió esto. No tienes derecho a intervenir.
La respuesta de Leticia fue una carcajada sorda, llena de doble filo.
—¿Derecho? ¿Y qué hay del deber? Mi deber es proteger a esta familia y a este imperio. Tú eres solo una pieza en un tablero que yo no permitiré que se mueva como a ti te dé la gana.
Isabela sintió un frío recorrerle la columna vertebral, la impresión de que un abismo se abría bajo sus pies. Las palabras de Leticia no eran simples advertencias; eran el preludio de una guerra sin cuartel.
—Si crees que te lo permitiré... —continuó Leticia, y por primera vez en la mañana, la máscara de cortesía se quebró para dejar ver una mirada incendiaria—, te equivocas. Este matrimonio no solo es un error, es una amenaza. Y destruiré esa amenaza con cada recurso que tenga a mi alcance.
Un silencio tenso los envolvió. La lucha no era solo de contratos y firmas; era un choque de voluntades inquebrantables.
Isabela sintió como si todo el brillo de la ciudad se hubiera tornado gris, opaco, y la elegancia de aquel despacho se hubiera convertido en una prisión. La mirada de Leticia era un puñal que traspasaba toda fachada.
—¿Así que vas a obligarme a esto? —murmuró Isabela, sin apartar la mirada.
—Obligar —replicó Leticia, avanzando un paso—, no es la palabra. Es la certeza.
Pero en aquella certeza se escondía un abismo. Un pasado que ni siquiera Alejandro podía controlar.
Además, ¿hasta dónde estaría dispuesta a llegar Leticia para proteger su imperio?
Isabela sintió un nudo en la garganta. El eco de aquella amenaza envolvía ya todo su mundo, y el sacrificio exigido parecía más oscuro de lo que había imaginado.
—No me quites la oportunidad de luchar —susurró finalmente, un destello de determinación escalando en sus ojos—. Porque si quieres destruir algo, primero tendrás que destruirme a mí.
Leticia sonrió, satisfecha.
—Eso será mi placer.
Un golpe seco sacudió la puerta otra vez, como si el edificio mismo respondiera a aquella declaración. El sonido resonó más fuerte que cualquier palabra.
Isabela tragó saliva, consciente de que la batalla apenas comenzaba.
Pero aquella noche, cuando las luces de la ciudad brillaban con indiferencia al otro lado del cristal, en su corazón ardía una guerra invisible, donde cada derrota podía significar la caída del imperio... o del amor.
La pregunta permanecía suspendida: ¿qué haría Leticia para apagar aquella llama?
Y mientras la silueta de la mujer se perdía en la penumbra del pasillo, Isabela supo que ningún secreto estaría a salvo.
Porque en la sombra de la traición, nadie estaba a salvo.