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Chapter 3

Una alianza fría

El silencio que siguió a la confesión fue tan denso que Isabela sintió que sus propios huesos se encogían bajo su peso. El aire, antes cargado de promesas veladas, ahora vibraba con una tensión eléctrica que nadie se atrevía a romper. Alejandro permanecía frente a ella, la mandíbula firme, los ojos apagados, atrapando en ellos esa tormenta que apenas lograba controlar.

—No esperaba menos —musitó, su voz rasgada pero contenida, como quien sostiene un volcán a punto de estallar—. Pero esto... —se mordió el labio inferior— cambia todo.

Isabela no pudo evitar que un temblor le recorriera la espalda. No era miedo, ni arrepentimiento; era la incertidumbre incómoda de saber que, a partir de ese instante, su vida dejaba de ser solamente suya para convertirse en un tablero de ajedrez donde cada movimiento tendría consecuencias.

Él dio un paso hacia ella, y el mundo pareció reducirse al espacio que los separaba, al roce casi imperceptible de sus respiraciones. Su mirada se posó en su cuello, en esa delicada línea que tanto resentía al verse expuesta. Después, sin más, alejó la mano y se dirigió hacia la ventana sin una palabra más.

—Alejandro... —intentó alcanzarlo, pero la voz se le quebró.

Él redirigió la mirada hacia la ciudad que se extendía iluminada a sus pies, indiferente a las tormentas personales que se gestaban en aquella oficina. Finalmente, volvió los ojos hacia ella, decididamente fríos.

—Isabela, este matrimonio no es un idilio ni un refugio. Es una alianza.

Las palabras cayeron como un cubo de agua helada.

—Yo... entiendo —respondió ella con voz firme, aunque le temblaban las manos—. Pero no estoy aquí para hacerle daño a nadie. Solo busco proteger a mi familia.

Alejandro la miró ahora con una mezcla de ironía y cansancio.

—Tu familia... y mi imperio. No lo olvides. Esto no es un juego ni una novela romántica. Hay reglas y límites, y los respetarás.

El latido de su corazón se aceleró. Fue entonces cuando notó, por primera vez, la distancia abismal que separaba a aquella mujer que había aceptado este contrato y la mujer que deseaba amar en libertad.

—¿Cuáles son esas reglas? —preguntó Isabela, aunque sabía que cada respuesta era una arraigada cadena que la mantenía prisionera.

Alejandro volvió hacia ella, apoyándose en el escritorio con una postura que imponía respeto y distancia.

—Número uno: No habrá interferencias emocionales. Este matrimonio es para fortalecer nuestras posiciones, no para enamorarnos. Lo que sientas debe quedar fuera.

Isabela tragó saliva, pero su mirada no cedió.

—Número dos: Nuestra vida privada será sólo eso. Público y negocios estarán separados. No te faltaré al respeto ni expondré tu nombre sin motivo.

—Número tres: Confidencialidad absoluta. No compartiremos detalles con terceros, ni siquiera con nuestras familias, sobre los acuerdos o nuestras discusiones.

—Y por último —concluyó, clavando sus ojos en ella, buscando una reacción—, si alguno de los dos cruza alguna línea que afecte el equilibrio o revele demasiado, este contrato será terminado sin negociación.

El aire se volvió denso con la gravedad de esas palabras.

Isabela asintió, como si firmara en silencio no sólo un acuerdo legal, sino la propia sentencia de ese pacto.

—Acepto. Pero... —alzó una ceja desafiante—, ¿cómo esperamos mantener la barrera entre nosotros cuando la convivencia los días, las miradas, y las inevitables emociones tienden a romperla?

Alejandro la desafió con una sonrisa ladeada, apenas visible bajo la penumbra.

—¿Dos corazones fríos? Eso es lo que intentaremos evitar... hasta que veamos qué gana el control y qué pierde el orgullo.

De repente, el claro tintinear de un cristal roto interrumpió la escena. En la esquina de la sala, la copa que Isabela había dejado sobre la mesa se había caído, esparciendo sus fragmentos sobre la alfombra persa.

Ambos la miraron en silencio, reconociendo en ese instante la frágil realidad de esa alianza tan perfectamente fría. Porque aunque el matrimonio fuera un acuerdo, la sangre desapacible y cálida podía filtrarse por las grietas de hierro que habían decidido construir.

Una llamada entrante cortó la tensión. El teléfono de Alejandro vibró con insistencia sobre el escritorio.

—¿Quién ahora? —preguntó Isabela, con la voz tintineante, una mezcla de curiosidad y ansiedad.

Él deslizó el dedo suavemente sobre la pantalla, respondió y su expresión se endureció hasta volverse impenetrable.

—Leticia —murmuró, antes de volver a mirar hacia la ventana, dejando que la oscuridad de la ciudad se tragara su semblante.

Isabela sabía que la batalla apenas comenzaba. Behind every contract clause, every icy rule, pulsed an unexpected torment.

Y la pregunta flotaba en el aire: ¿podrían dos corazones fríos mantener esa barrera sin romperse?