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Chapter 2

Secretos al descubierto

El eco de aquella puerta cerrándose detrás de ellos retumbaba en el silencio del salón. Un aire denso, casi palpable, colgaba entre Isabela y Alejandro, como si en ese pequeño espacio se contuviera el peso de mil palabras no pronunciadas.

Isabela no pudo evitar que su mirada se hundiera en el suelo, sus dedos aún temblando por la tensión invisible que acababan de compartir. La sensación de que algo crucial se desvelaba –algo que cambiaría todo– la envolvía sin piedad.

—¿Por qué no dijiste nada? —susurró, apenas audible, como si temiera que alguna palabra pudiera romper esa frágil burbuja de incertidumbre.

Alejandro la miró, pero sus ojos guardaban una calma tenue, estratégicamente impenetrable. Esa mirada que ya en tantas ocasiones había observado a Isabela con una combinación de intensidad y distante reserva ahora parecía desmentir todo lo que ella había creído hasta entonces.

—No era el momento —respondió con una voz baja, segura, que parecía contener un entramado de motivos ocultos más profundos del simple «no».

Isabela levantó la vista, un destello de incredulidad teñía su rostro fino. «¿Por qué se permitió jugar con aquello? ¿Por qué mantenerla en la oscuridad?» Las preguntas revoloteaban en su mente como un enjambre incansable.

Sus manos buscaron en su bolso la carpeta con los documentos del contrato. El papel, blanco y ordenado, parecía llevar la firma de un pacto que ahora revelaba grietas invisibles.

—Tú sabías, ¿verdad? Desde el principio —dijo, su voz cargada de una mezcla de reproche y confusión.

Él asintió casi imperceptiblemente.

Un golpe sordo retumbó en el corazón de Isabela. Se sentía atrapada; la ilusión de control que creía tener sobre su vida se desvanecía, y con ella, las certezas que se había esforzado en construir. Porque si Alejandro sabía, y aún así había continuado con el acuerdo, signficaba que había otro juego en marcha. Uno con apuestas mucho más peligrosas.

—No sólo eso —continuó él, acercándose un poco más–. Pero necesitaba que confiaras en mí para que esto funcionara.

Sus palabras eran tan frías como un invierno sin sol, pero al mismo tiempo, había un brillo indescifrable que la hacía temblar.

Isabela retrocedió un paso, obligándose a mantener la compostura. «¿Confiar en él? ¿Después de esta traición?»

—¿Por qué? —volvió a preguntar, sus ojos buscando en los de Alejandro alguna verdad, cualquier fragmento que le ayudara a entender esa doblez—. ¿Por qué ocultarme algo tan importante?

Un silencio pesado se instaló entre ambos. Alejandro respiró hondo, y entonces, por primera vez, una sombra de vulnerabilidad cruzó su expresión habitual de control absoluto.

—Porque hay cosas que no estás lista para saber —susurró, como si cada palabra le quemara en la garganta—. Cosas que podrían destruir todo antes de que siquiera comience.

La voz de Alejandro no era la de un hombre que teme la verdad; era la de alguien que ha luchado contra ella y ha decidido, por ahora, dejarla en la penumbra.

Isabela se pasó la mano por el rostro, bloqueando el torbellino de sentimientos. No podía permitirse perder el norte; no cuando estaba a un paso de asegurar el futuro de su familia.

—Si realmente quieres que esto funcione, necesito que me hables con sinceridad —exigió—. No puedo proteger a mi padre y a mis hermanos si tú juegas un juego aparte.

Alejandro dio un paso atrás, el brillo en sus ojos tornándose más frío, más calculador.

—Y eso es precisamente lo que haré —dijo, midiendo cada palabra—. Para proteger este contrato, para protegerte a ti… y también para protegerme a mí.

El aire se volvió aún más denso. Un sentimiento de desasosiego creció dentro de Isabela. «¿Protegerlo? ¿O manipular?»

Quiso decir algo más, pero la puerta del salón se abrió de golpe y Leticia Montes apareció en el umbral, sus ojos cortantes y un gesto de desaprobación que no necesitaba traducción.

—¿Discutiendo secretos que no te competen? —la voz de Leticia era como un filo de cristal que se clavaba en la tensión entre ellos—. Será mejor que recuerden que están aquí por un acuerdo, no por afectos ni juegos de sinceridad.

Isabela tragó saliva mientras Alejandro, sin apartar la mirada de Leticia, pareció tensarse.

La mujer avanzó, cada paso suyo como un golpe de autoridad.

—El imperio no tolera debilidades ni secretos. Y menos de quienes se supone que deben fortalecerlo —dijo Leticia, enfática.

Isabela intercambió una mirada con Alejandro, buscando una conexión, una señal.

Pero él, con un gesto apenas perceptible, pareció decirle que aquello no terminaba aquí.

El sonido de un mensaje en el teléfono móvil de Alejandro interrumpió la quietud, y cuando él lo revisó, una sombra cruzó su rostro.

Isabela supo que había más capas, más verdades enterradas bajo el lujoso velo de aquel contrato.

Apenas podía imaginar cuál sería el siguiente movimiento.

¿Y por qué Alejandro mantenía esas piezas ocultas mientras jugaban en un tablero donde el amor, la familia y el poder amenazaban con explotar en cualquier momento?

Entonces, sin previo aviso, Alejandro guardó el móvil con una mirada firme y, con voz baja y grave, le dijo a Isabela:

—Hay cosas que no puedo contarte todavía. Pero tu lugar en este juego es más importante de lo que imaginas.

Ella quiso responder, quiso preguntar más, pero la puerta volvió a abrirse y un joven asistente entró con una carpeta en mano, interrumpiendo la conversación con una pregunta urgente.

Isabela se quedó mirando a Alejandro, buscando en aquellas profundidades la respuesta que se ocultaba tras su silencio.

Mientras el eco de sus palabras aún resonaba, supo que el verdadero peligro no era lo que ella había revelado, sino lo que él todavía estaba dispuesto a esconder.