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Chapter 7

Comienzan los acuerdos

El silencio que siguió a esa última frase parecía un acto de violencia sutil, denso y casi tangible, como el humo que se desliza por un pasillo sin ventanas. Lucía sintió cómo el aire se enredaba en su pecho, implacable, mientras su mirada buscaba la respiración de Nicolás en la penumbra que los envolvía.

Él no apartó la vista. Su expresión era una máscara impenetrable, pero sus ojos brillaban con un fuego contenido, con la precisión de quien mide cada palabra para que deje cicatriz.

—¿Entonces… cómo quieres manejar esto? —preguntó ella finalmente, la voz apenas un susurro, la garganta áspera por la tensión.

Nicolás dio un paso hacia adelante, reduciendo la distancia sin invadirla del todo, manteniéndose en esa zona liminal donde la amenaza y la protección se mezclan como un veneno dulce.

—Tenemos que ser impecables —dijo, y alargó las palabras con un tono que mezclaba orden y advertencia—. Socialmente, evitar escándalos o miradas indiscretas. Profesionalmente, proyectar una alianza estratégica... sólida, convincente. Pero sin que nadie sepa realmente qué hay detrás.

Lucía asintió lentamente, sintiendo cómo un peso desconocido se asentaba en sus hombros.

—Podemos confeccionar una narrativa —propuso, dejando caer la idea como un delicado encaje—. Tú, reclutando socios para tus proyectos, mostrándote más accesible. Yo, ampliando mi cartera de clientes y presentándote como el socio principal de mi nueva línea. Unidos pero discretos.

Él sonrió, una mueca que no llegaba a sus ojos.

—¿Discretos? —repitió—. Conociéndonos, eso suena a misión imposible.

Ambos rieron, aunque el brillo irónico en sus ojos escondía la tensión que anidaba debajo. Era un acuerdo peligroso, forjado en llamas.

—Mantendremos las formas, entonces —dijo ella—, pero sin perder de vista que cada paso puede ser una trampa.

La ciudad brillaba detrás de las ventanas del penthouse, luces que no alcanzaban a disipar la penumbra interior.

Ella se preguntó cuánto más podrían soportar ese delicado equilibrio, esa cuerda floja que tiraba entre dos abismos.

—Y en lo personal —continuó Nicolás, su voz bajando una octava—, debemos ser cautelosos. No podemos dejar que esta alianza se vuelva más personal de lo necesario.

Lucía levantó la mirada, golpeada por una verdad que ya temía pero que no estaba segura de poder controlar.

—Lo personal nunca es tan sencillo, Nicolás.

Él se acercó un poco más, y una ráfaga de aire fresco, cómplice, entró por la ventana abierta.

—Lo sé —aceptó—. Pero este juego tiene reglas claras. No podemos permitirnos perder.

Se quedó con la palabra flotando entre ellos, como un desafío silencioso.

Un roce accidental, un instante de demasiada cercanía, y luego, la distancia retomada al instante.

Lucía sintió cómo su corazón latía sin control, una melodía irregular, ensordecedora y peligrosa.

—Entonces, ¿quién más sabe? —preguntó de repente, como si el verdadero enemigo no fuera la distancia entre ellos sino alguien fuera de esa habitación.

Nicolás cruzó los brazos, frunciendo el ceño.

—Por ahora, sólo nosotros dos.

—¿Seguro? —insistió, con una sombra nueva en los ojos.

Él se levantó y se dirigió a la barra donde reposaba una botella de whisky y dos vasos. Sirvió un trago, el líquido ámbar reflejando un destello que se confundía entre determinación y cansancio.

—No podemos confiar en nadie —añadió mientras le ofrecía un vaso—. Cada persona a la que le contemos será otro punto de vulnerabilidad.

Lucía aceptó, y el vaso rozó sus dedos con la frialdad del cristal, un contacto breve pero electrizante.

—Entonces este contrato no es sólo entre nosotros —musitó, la voz como un suspiro que se escapa de entre rejas invisibles—. Nos arriesgamos a que alguien más lo sepa, que alguien más juegue con las piezas sin que podamos verlo.

Nicolás bebió de un solo trago y dejó el vaso vacío sobre la mesa sin apartar la mirada.

—Habrá aliados y también traidores —replicó—. Pero hasta ahora, nadie más está al tanto.

Pero la sombra que se hundía en sus ojos no logró ocultar su preocupación. Lucía sintió que la grieta entre ellos se hacía más profunda, como si detrás de esas palabras ocultara secretos que aún no eran capaces de compartir.

Ella dio un paso atrás, buscando aire, buscando pulso.

—No podemos subestimar el pasado —dijo con voz tensa—. Nadie puede tolerar la verdad que ambos escondemos sin que esto explote en nuestras caras.

Nicolás se acercó para cerrar la ventana, y el silencio volvió a caer, denso, pesado.

De repente, el timbre de la puerta resonó seco, inesperado en medio de esa atmósfera apretada.

Los dos se quedaron quietos, mirándose con una mezcla de advertencia y sorpresa.

Él bajó la voz al mínimo y susurró:

—¿Quién puede ser a esta hora?

Lucía no pudo responder, el corazón en un puño y un frío que se instalaba en la nuca.

El sonido insistió, esta vez con una cadencia firme, inquisitiva. Como si supiera que detrás de esa puerta había algo más que un visitante común.

Nicolás se dirigió al umbral sin apartar la mirada de Lucía, la tensión estallando en cada músculo de sus manos.

Y justo cuando abrió la puerta, una sombra apareció en el marco, recortada contra la luz del pasillo.

Lucía no pudo evitar preguntarse, con un nudo que se apretaba sin compasión en su garganta:

¿Quién más sabe?

¿Y qué consecuencias traerá esa presencia inesperada en el frágil equilibrio que acababan de firmar?

El juego había comenzado de verdad. Y las piezas no tardarían en moverse solas, arrastrándolos hacia un abismo del que no podrían escapar.