Chapter 6
El silencio después de aquel instante parecía tan denso que Isabela sintió la presión de cada respiración de Leonardo como un peso sobre su pecho. Su mirada, profunda y casi impenetrable, no abandonaba la suya, como si buscara arrancar una confesión sin palabras.
Las velas parpadeaban, lanzando sombras temblorosas que danzaban sobre las paredes del salón, mientras el reloj de pared marcaba las 11:37 p.m. El tic tac resonaba, implacable, subrayando el momento que se suspendía entre ellos.
Isabela apartó la vista primero, sus dedos rozando la copa de vino con un temblor apenas perceptible. El líquido oscuro reflejaba las luces bajas, casi como si guardara secretos en su profundidad. Trató de recuperar la compostura, pero una oleada de inseguridad le apretaba la garganta.
—No sabía que podías mirarme así —murmuró con voz áspera, más para ella misma que para Leonardo.
Él ladeó la cabeza, con una sonrisa fugaz y aguda, llena de una complicidad incómoda.
—Todo cambia cuando empiezas a conocer de cerca a alguien —respondió, dejando entrever una tensión no resuelta.
Isabela sintió el nudo en el estómago apretarse al imaginar qué exactamente habría descubierto él. La verdad era que no era solo el pasado lo que temía, sino la vulnerabilidad brutal de que alguien tan astuto pudiera desvelar sus grietas.
La puerta se abrió con un chirrido seco, y el sonido cortó el momento como un cuchillo. Una figura apareció en el umbral, sombra tras sombra, con la voz ronca de quien lleva horas buscando respuestas.
—¿Siguen despiertos? —preguntó Marina, la asistente personal de Leonardo, con una mezcla de urgencia y agotamiento.
Leonardo se levantó al instante, estirando la camisa con un gesto nervioso. Isabela lo imitó, pasando un mechón de cabello tras la oreja, preparándose para la tormenta que sin duda llegaría.
—¿Qué sucede? —la voz de Leonardo ahora era firme, como un centinela en guardia.
Marina tragó saliva, y su tono se volvió más grave.
—Tenemos un problema. Un grupo acaba de atacar la sede de uno de los principales proyectos de Vargas. No saben si fue un sabotaje o algo más.
Isabela sintió que el aire se volvía más denso, caliente, y el corazón se desbocaba con una furia nueva. Sabía demasiado bien qué significaba eso: un ataque directo no solo a los activos, sino a lo que Leonardo protegía con todas sus fuerzas.
—¿Quién? —preguntó Leonardo con la mandíbula tensa, mientras se dirigía a la sala de control.
—No lo sabemos todavía. Pero vinieron preparados, armados. Fueron precisos, como si supieran qué buscar.
Isabela observó cómo Leonardo ataaba el paso, su perfil recortado contra la luz fría del monitor. Por un instante, la distancia entre ellos se hizo abismal, como si los muros que habían construido durante estos días se resquebrajaran bajo el peso del peligro.
—Tenemos que actuar rápido —ordenó Leonardo, tomando el teléfono para convocar a su equipo de seguridad.
—¿Quieres que te acompañe? —la voz de Isabela sonó más baja, agotada, pero decidida a no quedar al margen.
Leonardo la miró, sus ojos con una mezcla rara de aprecio y duda.
—Esto es territorio peligroso, Izzy. No quiero que te involucres más de lo estrictamente necesario.
—¿Desde cuándo me excluyes de todo? —Su réplica cayó con una pizca de reproche y un dejo de rabia contenida.
—Porque esto no son juegos, Isabela. Si algo te pasa...
La frase quedó incompleta, suspendida en el aire, como una amenaza velada. Ella lo sabía: no había lugar para debilidades, para emociones a medias en el fuego cruzado de sus vidas.
Un ruido seco resonó en la puerta principal, seguido de una serie de golpes firmes. El corazón de ambos se aceleró. Leonardo fue corriendo a la entrada, Isabela detrás, con la tensión en cada músculo, sintiendo que el tiempo se deshacía en mil fragmentos.
—¿Quién es? —lanzó Leonardo, su voz corta, mientras una sombra se recortaba en el cristal.
La perilla giró con lentitud ominosa.
Antes de que pudieran prepararse, la puerta se abrió de golpe. Varias figuras encapuchadas irrumpieron en la casa, y el olor a pólvora y a miedo se mezcló en el aire.
Isabela sintió el frío de la adrenalina inyectándose en sus venas, mientras un disparo resonaba, atravesando la madrugada como un grito desesperado.
Entre gritos, órdenes, y un caos repentino, los ojos de Leonardo se encontraron con los de Isabela, llenos de una determinación férrea.
—Esto apenas comienza. ¿Estás lista para luchar?
En ese momento, una figura emergió detrás de uno de los atacantes, deslizando una cuchilla reluciente bajo la fría luz del pasillo.
El filo cortó el aire y la oscuridad, mientras el destino volvía a torcerse, y la guerra entre los secretos y las mentiras se convertía en una batalla por sobrevivir.