NoveliqaContrato de Pasiones: Un Amor con Fecha de Caducidad / La Sombra de Damian Salazar :0%
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Chapter 3

La Sombra de Damian Salazar

El reloj marcaba las tres de la madrugada cuando la tormenta finalmente cedió, dejando la ciudad envuelta en un silencio profundo, apenas roto por el lejano goteo de los canalones inundados. Isabela permanecía sentada en el sofá de mármol frío del ático de los Vargas, las manos entrelazadas temblorosas sobre su regazo. La adrenalina aún vibraba en sus venas; la crudeza del pacto, la mirada glacial de Leonardo y ese murmullo de advertencia en sus labios seguían resonando como un eco implacable en su mente.

Un sorbo de agua helada no logró calmar la sequedad que le quemaba en la garganta. Afuera, las luces de la ciudad se estiraban titilando, sombras y destellos que parecían observarla con juicio silencioso. Sabía que aquella noche era solo el prólogo de una historia mucho más oscura y compleja, una en la que tendría que ser tan frágil como implacable. Cerró los ojos un instante, y en la penumbra del cuarto, su memoria se enredó con el rostro que hacía apenas horas había visto cruzar la recepción del edificio: Damian Salazar.

Damian. Pensar en él era como rozar un filo invisible, algo peligroso que podía cortarla en mil fragmentos. Él, con esa sonrisa socarrona y ojos que escondían más de lo que mostraban, parecía moverse entre sombras, siempre un paso detrás de los movimientos que nadie esperaba. Desde que se había presentado como amigo cercano de Leonardo Vargas, había adoptado un papel que parecía inofensivo, incluso encantador. Pero Isabela había notado algo más profundo, casi instintivo: un interés oscuro, un acecho sutil bajo el disfraz de cortesía.

Mientras terminaba de vestirse para intentar dormir, un mensaje vibró en su teléfono: "Sería prudente que nos viéramos mañana. Hay cosas que debes saber." Firmado: Damian.

El corazón le dio un vuelco. ¿Cómo podía estar tan seguro? ¿Cómo había detectado Hernández su doblez cuando ella apenas comenzaba a organizar sus propias piezas? Sabía que ignorar esa invitación no sería sencillo. Su instinto gritaba peligro, pero también... curiosidad. ¿Quién era realmente Damian Salazar?

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El apartamento de Damian se encontraba en el piso 27 del edificio más moderno del distrito financiero, con la ciudad desplegada a sus pies en un mosaico de luces nerviosas. Él observaba el reflejo de la luna atravesar los ventanales junto al escritorio desordenado, donde un archivo digital con el nombre "Isabela Mendoza" parpadeaba tenue.

La sala olía a café amargo y tabaco olvidado, y en sus manos jugueteaba con un pequeño crucifijo, casi como un amuleto o un recordatorio. Pocos sabían que detrás de aquella fachada carismática y mirada penetrante, Damian era un hombre empeñado en desenterrar verdades enterradas, dispuesto a arrastrar a quienes se cruzaran en su camino hacia la destrucción si eso le garantizaba venganza o poder.

—Demasiado perfecta para ser solo una esposa contractual —murmuró, la voz filtrando una mezcla de ironía y algo parecido al respeto—. Pero hasta las máscaras más pulidas tienen grietas.

La noche avanzaba y su plan tomaba forma. Sabía que no podía simplemente atacar sin preparación; la red de los Vargas era intrincada, y un movimiento en falso podría ponerlo al descubierto.

Su teléfono vibró con fuerza sobre la mesa. Un mensaje corto, anónimo: "Leonardo sospecha que vas demasiado lejos."

Damian esbozó una sonrisa.

—Que lo sospeche es bueno. Que no pueda detenerme es mejor.

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Al día siguiente, durante el almuerzo en una terraza apartada del exclusivo Club Progreso, Isabela lo encontró con la sonrisa ensayada. Damian no perdió tiempo en comenzar.

—Isabela, justo lo que necesitaba. Sé que nuestras primeras impresiones no hayan sido las mejores, pero creo que tenemos intereses en común.

Isabela apretó los labios, resonaba en ella la voz de Leonardo advirtiendo sobre el peligro que representaba. Pero también pesaba la inquietud: podía escuchar bajo sus palabras una amenaza disfrazada de oferta.

—¿Qué intereses, exactamente? —respondió, con la mirada fija en su copa de vino rosado.

Damian giró ligeramente la silla para encarar el sol a través del paraguas, su sombra alargándose sobre la mesa.

—Digamos que ambos queremos proteger algo... o a alguien. Tú, tus secretos. Yo, el legado que no puedo perder.

Isabela sintió un escalofrío. ¿Cómo podía él saber tanto sin haber abierto aún la boca con más que insinuaciones?

—No me gustan los juegos —respondió con cautela—. Si tienes algo relevante, dímelo sin rodeos.

Una pausa cargada de tensión. Damian despegó la sonrisa y la cambió por una expresión grave.

—No vine a destruirte, Isabela. Al menos no directamente. Pero la verdad pesa, y en cuanto más tiempo se oculte, más daño puede causar. Es mejor que trabajemos juntos. Por ahora.

Alzó el vaso en un brindis silencioso. Ella lo imitaría, pero su mente ya estaba en guardia. Era un hombre con muchas capas, y cada una retenía un secreto que podría quebrar su delicado equilibrio.

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Esa noche, mientras la ciudad dormía bajo un cielo despejado, Isabela caminaba por el pasillo que conectaba su departamento con la oficina privada de Leonardo. Había dejado varios documentos sobre la mesa, tediosas revisiones que debían esperar al amanecer, pero no podía evitar el insomnio provocado por el encuentro con Damian.

Un ruido sutil detrás de la puerta la hizo detenerse.

—Isabela —la voz ronca llegó desde la penumbra—. Siempre es más seguro saber quién vigila tu espalda que ignorarlo.

El sonido de la cerradura girando provocó en ella un sobresalto. La puerta se abrió lentamente, y apareció Damian, vestido de manera impecable y con la mirada clavada en ella.

—Creo que no hemos terminado —dijo con una sonrisa fría—. De hecho, apenas estamos comenzando.

Isabela sostuvo su aliento, consciente de que la verdadera sombra que la acechaba no era la tormenta que había rugido horas antes, sino la presencia silenciosa, implacable y obsesiva de Damian Salazar.

Un parpadeo, un desfase momentáneo entre la luz y la oscuridad.

Y él ya estaba más cerca de lo que parecía, con unos ojos que no solo veían... sino que empezaban a desenterrar.

El susurro de la puerta cerrándose resonó como un final, pero para ella, solo era el inicio.

¿Quién vigilaba realmente a quién?

En ese instante, una línea invisible fue cruzada.

Y la guerra apenas daba sus primeros pasos.