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Chapter 4

Primer Choque

El silencio tras aquella revelación fue un golpe seco contra el pecho de Valeria, un eco que reverberaba en cada latido desbocado. La habitación, aunque lujosa y espaciosa, se había reducido a un microcosmos donde solo ellos dos existían: Santiago, con la mandíbula apretada y los ojos oscuros como cenizas, y ella, aferrándose al borde de una verdad que mordía el alma.

—¿72 horas? —su voz fue un susurro áspero, como si pronunciar esas palabras fuera admitir una sentencia de muerte—. ¿Eso crees? ¿Que el tiempo puede dictar lo que aún no sabemos manejar?

Santiago apoyó ambas manos en el escritorio, inclinándose hacia adelante. La intensidad en su mirada no era la de un hombre que buscara disculpas, sino la de alguien que intentaba arrastrarla a su realidad sin redención posible.

—Valeria, esto no es un capricho ni una apuesta absurda. Cada minuto que pasa nos arrastra más hacia el borde. No hay margen para el error. Ni para el sentimentalismo.

Ella sintió un frío agrio extenderse por la espalda, un escalofrío predatorio que la impulsó a cerrar la distancia que aún los separaba.

—¿Sentimentalismo? ¿De verdad lo dices como si eso fuera un lujo? ¡Tú no entiendes nada! —El temblor en sus manos había crecido, desafiante pero desarmado. Sus ojos se clavaron en los de él, buscando no solo comprensión, sino rendición—. No es solo una batalla por un contrato, Santiago. Es mi familia la que está en juego, mi pasado que amenaza con devorarme. Y tú… tú solo quieres jugar a ser juez y verdugo.

La mandíbula de Santiago se tensó, sus dedos se cerraron en puños sobre el escritorio. Esa fue la última advertencia antes de que la tormenta, contenida durante demasiado tiempo, se desatara.

—¿Mi juez y verdugo? Deja de engañarte, Valeria. Siempre he sido el único que ha intentado protegerte de ti misma. El único que ve más allá de ese muro de mentiras que construyes para esconderte.

—¿Proteger? —la risa que escapó de sus labios fue amarga, rota—. Proteges porque tienes miedo de que sea libre. Porque sabes que si no me manipulas, perderás el control.

El aire entre ellos parecía palpitar, cargado, casi venenoso. Afuera, los rascacielos brillaban indiferentes, testigos de sus cicatrices.

—No busco control y menos con alguien que ha demostrado ser más cuerda que todos nosotros juntos —respondió él, su voz baja pero firme, un cuchillo envuelto en terciopelo—. Pero no puedo permitir que te destruyas lanzándote al abismo con los ojos cerrados.

Valeria dio un paso hacia atrás, la ira mezclada con un atisbo de desesperación. Su mano tembló ligeramente al tocar el marco de la ventana, sintiendo el peso del mundo presionando contra su pecho.

—¿Destruirme? Tal vez ya estoy destruida, Santiago. ¿Alguna vez te has preguntado qué pasa cuando luchas contra fantasmas que nadie más ve? No puedes salvarme porque tú mismo estás atado a los tuyos.

El silencio volvió a envolverlos, esta vez más denso, más doloroso. La rabia de Valeria era un torbellino incontenible, pero bajo la tormenta, una grieta se fisuraba en su armadura.

Santiago la observó con una mezcla de derrota y algo nuevo: una pizca de compasión que sus palabras no lograban esconder.

—Quizás... —empezó con dificultad— quizás no todo lo que importaba se solucionaba con contratos ni promesas. Pero no voy a irme. No todavía.

El corazón de Valeria pareció detenerse. Sus ojos se humedecieron y en la penumbra de aquella habitación llena de secretos y decisiones, se hizo palpable la fragilidad de ambos.

La noche fuera se cerraba con una intensidad abrumadora, como si la ciudad misma contuviera el aliento.

Un golpe seco resonó en la puerta.

Ambos se giraron, instintivamente alertas.

La sombra bajo el marco los observaba.

¿Podría el orgullo de Santiago ceder ante la vulnerabilidad de Valeria?

El siguiente paso definiría mucho más que un simple contrato.