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Chapter 7

El juego empieza

Valentina cerró los ojos un instante, los dedos aferrados al volante del auto temblaban apenas. El latido de su corazón retumbaba en sus oídos como un tambor de guerra, arrastrándola a un abismo donde miedo y determinación se fusionaban en un mismo grito silencioso. El cielo nocturno de Buenos Aires parecía más opresivo que nunca, asfixiante y negro como tinta, cubriendo calles y edificios en una sombra que olía a peligro.

—Esto acaba de comenzar —susurró para sí, voz apenas audible, mientras la ciudad seguía su pulso vivo y frenético afuera.

El sonido lejano de sirenas, luces rojas y azules que danzaban contra las fachadas de los rascacielos, se mezclaba con el eco de sus pensamientos. Leonardo y ella no solo estaban intentando salvar un negocio; era su familia, su legado, su alma entera puesta a prueba en cada jugada. Sabía que una guerra se había desatado y que él usaría todas sus cartas para protegerlos, pero ¿serían suficientes?

Al llegar a la oficina principal, un santuario de cristal y acero, el aire era denso y casi eléctrico. Leonardo la esperaba en el recibidor, la expresión implacable, la mandíbula apretada. Sus ojos, reflejo de un hombre acostumbrado al control absoluto, brillaban con una mezcla de furia contenida y una feroz voluntad.

—¿Estás bien? —Su voz, grave y urgente, atravesó la distancia entre ellos en dos pasos cortos.

Valentina bajó lentamente del auto, cada movimiento medido, casi ritual. Asintió con un hilo de voz.

—Lo intenté, pero Marco mueve piezas que ni siquiera veía venir. Hay alguien más cerca de mí, Leonardo. Alguien que pensaba que podía confiar.

El ceño del hombre se frunció con rapidez y profundidad. Su mirada se oscureció, como un lobo atrapando el olor de una presa aún invisible.

—¿Quién?

Ella se mordió el labio inferior para no soltar el nombre, para proteger esa frágil esperanza que le quedaba. Pero necesitaba confiar en él, ahora más que nunca.

—Bruno.

Las palabras flotaron entre ellos, cargadas con la pequeña explosión silenciosa de una traición.

Leonardo dio un paso adelante, acercándose hasta rozarla con la mano, esa mezcla extraña de dominancia y protección.

—Le tengo un ojo encima desde hace días —confesó con voz tensa—. Marco no sólo es un depredador; es astuto. Ha convencido a tu círculo más íntimo de que estamos jugando su juego.

Valentina sintió que el aire faltaba en sus pulmones. Bruno, su amigo de infancia, el único que había creído en ella cuando el mundo giraba en su contra. La revelación era como una daga envuelta en terciopelo.

Y mientras la puerta del despacho se cerraba tras ellos con un golpe seco, un frío silbido heló los pasillos.

En un ático no tan lejano, bajo la luz tenue que colaba la luna a través de cortinas opacas, alguien movía fichas en un tablero invisible.

Marco Valdivia, el hombre de sonrisa enigmática y mirada penetrante, descansaba su copa de whisky con un gesto calculado.

—Todo está saliendo según lo planeado —murmuró, sus ojos fijos en el teléfono móvil en sus manos—. Pronto, la dama de hielo caerá en mi red... y ni siquiera lo verá venir.

Al otro lado de la línea, una voz suave respondió, cargada de complicidad y oscuridad.

—Nadie sospecha que conducimos la misma orquesta, Marco. Ella confía ciegamente en mí.

Una sombra casi imperceptible se dibujó en el rostro del hombre cuando dejó escapar una sonrisa que habría cortado el acero.

—Perfecto. Que el juego continúe.

El silencio se extendió, tenso y vibrante, mientras la ciudad seguía girando, ajena a la tormenta que se gestaba en su corazón.

Y en el instante preciso en que Valentina creía haber encontrado un ancla en Leonardo, a kilómetros de distancia, el delicado equilibrio comenzaba a romperse.

Un mensaje apareció en el teléfono de Valentina, apenas un susurro digital: “¿Realmente sabes en quién confiar?”

El pulso se aceleró, una sombra de duda eclipsó sus ojos. La guerra invisible estaba en marcha, y ella estaba atrapada en medio del tablero.

El juego acababa de empezar.