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Chapter 6

Primer enfrentamiento

La noche había absorbido la ciudad, pero en el interior de la mansión Arce, la tensión parecía materializarse en una neblina densa, casi visible. Valentina apoyó la palma contra la pared fría del corredor, tratando de controlar el temblor que le estrujaba las muñecas. El eco de sus pasos se perdía en el silencio, interrumpido solo por su respiración entrecortada y el pitido insistente del teléfono olvidado sobre la mesa.

Apenas cinco minutos antes, había descubierto el desorden en el despacho del patriarca —una mezcla hirviente de documentos alterados, un ordenador abierto con pantallas parpadeantes y café derramado formando manchas grotescas en la alfombra persa.

“No puede ser…” murmuró, como tratando de convencer a sus propios sentidos de que aquello era otra pesadilla.

Su corazón latía con la urgencia de una tormenta inminente. Alzó la vista hacia la puerta entreabierta y la sombra que apenas se adivinaba al otro lado.

—Sé que estás ahí —susurró, casi sin aliento—. No tienes que esconderte.

Un movimiento rápido, un chasquido metálico. Un destello de luz que se reflejó en la punta de un cuchillo apenas sostenido. Valentina retrocedió un paso, clavándose las uñas en la palma de la mano para no dejarse dominar por el pánico.

—¿Qué quieres? —preguntó con voz firme, aunque por dentro, la incertidumbre le quemaba la garganta.

El hombre avanzó, la figura recortándose contra la penumbra del cuarto. Era joven, pero sus ojos eran fríos, calculadores. Algo en la manera en que se movía, en la expresión tensa de sus mandíbulas, hablaba de una determinación letal.

—Solo vine a advertirte, Valentina —dijo con voz baja—. Que dejes de buscar, antes de que sea demasiado tarde.

Ella tragó saliva, buscando entre la maraña de emociones alguna ventaja.

—¿Quién eres? ¿A quién le servís?

El silencio se extendió unos segundos que parecieron eternos. Finalmente, el hombre soltó una sonrisa amarga.

—Digamos que no soy amigo de tu familia. Y menos después de lo que tu padre hizo.

Valentina retrocedió hasta chocar con una silla, el frío del madero bajo su espalda le hizo estremecer. Pero no permitió que la desesperación la dominara.

—¿De qué hablas?, mi padre nunca…

—Nunca lo sabrás de su boca —interrumpió el hombre, dando un paso más hacia ella—. Pero yo… estoy aquí para detenerte.

Un ruido seco llamó su atención. Detrás del hombre, la puerta del despacho se abrió de golpe y, por un instante, quedó atrapada entre dos frentes.

—¡Alto! —vociferó una voz desde el umbral.

Era Julio, el mayordomo, cuya expresión era una mezcla de alarma y determinación.

El atacante giró la cabeza un instante y aprovechando esa distracción, Valentina empujó el respaldo de la silla con fuerza, logrando desestabilizarlo. El cuchillo cayó al suelo con un sonido metálico y un fugaz destello.

Julio se lanzó hacia adelante, agarrando al intruso por el brazo, inmovilizándolo con una fuerza sorprendente.

—¿Qué demonios haces aquí? —preguntó, su voz quebrada por la indignación.

El hombre escurrió la mirada, pero algo en su rostro cambió: no era solo un delincuente común, había una sombra oscura de resentimiento y odio.

—Esto es solo el principio —advirtió antes de que Julio pudiera apretarle más—. Marco Valdivia juega a lo grande. No te imaginas en qué te has metido.

Valentina frunció el ceño. Ese nombre la golpeó como un mazo de hierro frío.

Marco Valdivia. El enemigo invisible, la serpiente oculta bajo las flores de su propia fortuna.

—¿Marco? —musitó, sintiendo nuevamente ese nudo en el estómago—. ¿Tú… estás detrás de todo esto?

El capturado asintió lentamente, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—Y no terminará aquí. Valentina, esto apenas comienza. Prepárate para perderlo todo.

Julio apretó el brazo del joven, como intentando arrancarle más respuestas.

Pero el silencio estaba cargado de promesas siniestras. De secretos todavía por descubrir.

En ese instante, un sonido seco y urgente llamando desde el salón hizo que todos giraran la mirada hacia la puerta principal.

Valentina sintió que el peso de la traición caía encima de sus hombros. Y comprendió con una claridad terrible que la guerra no era solo contra un enemigo desconocido, sino contra alguien que había estado jugando con su vida desde siempre.

El telón oscuro de la noche porteña parecía tener sus ojos fijos en ella —y el juego apenas empezaba.