Chapter 7
El viento nocturno se colaba por la ventana entreabierta, arrastrando consigo un susurro helado que acariciaba el rostro de Ana Sofía. Se aferraba al brazo de la silla, incapaz de liberar el temblor que recorría su piel. La atmósfera en la mansión Vidal había cambiado. No era solo el calor que dejaba el reciente roce con León; era un peso invisible que se asentaba, denso, en cada rincón.
Sus ojos aún buscaban en la penumbra alguna señal que explicara aquel palpitar frenético en su pecho. ¿Era miedo? ¿Esperanza? O un veneno que lentamente manaba desde el corazón del hombre que juró proteger.
El silencio se quebró con un clic tenue. La puerta principal, normalmente pesada e imponente, se abrió con sigilo. Ana permaneció inmóvil, los sentidos al borde de la ruptura. Pasos —pasos firmes pero controlados— resonaron en el mármol del vestíbulo. La voz de León, grave y medida, se deslizó casi como una amenaza velada.
"...No puedes permitir que eso salga a la luz. Sabes lo que está en juego. Nadie debe enterarse de la conexión con Rivas. Si se ventila, perdemos más que dinero."
Ana se congeló. El nombre “Rivas” cortó el aire como una daga afilada; ese apellido no le era desconocido. Había rumores, susurros en la ciudad sobre negocios turbios, vínculos políticos y tratos sucios que podían arrastrar imperios al abismo.
La conversación continuó, pero Ana no escuchaba palabras, sino un destino que se tambaleaba, uno que ella, quizás sin querer, estaba entretejiendo.
"...Confía en mí, Ana. No es solo un negocio; es la columna vertebral de todo lo que he construido. No puedes fallarme ahora."
Esa súbita mención de su nombre la hizo apretar la mandíbula. ¿León sabía que ella la estaba escuchando? ¿O era parte de ese juego retorcido donde cada movimiento se medía milimétricamente para mantenerla, para amarrar ese contrato invisible que ahora comenzaba a oler a trampa?
Un crujido detrás de la puerta la alertó; quitó el oído de la rendija a tiempo para que la puerta se cerrara con un suave pero decidido golpe.
Ana respiró hondo. Su corazón galopaba, un tambor urgente que parecía decirle que el peligro ya no era solo externo. La amenaza la tocaba con manos invisibles, la tensaba, la obligaba a mirar la verdad en los ojos: ¿estaba siendo manipulada desde el principio? ¿El contrato entre ambos tenía cláusulas ocultas, letras pequeñas escritas con tinta venenosa?
El miedo se revolvía con la rabia y un atisbo de desesperanza. Pero Ana Sofía no era mujer de rendirse. Cerró la ventana, dejando que el silencio recuperara la mansión, pero cada sombra, cada susurro del viento parecía susurrarle un consejo: "No confíes en nadie."
La noche avanzaba, y con ella, la duda crecía.