NoveliqaContrato de Pasiones: El Precio del Silencio / Juego de Apariencias :0%
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Chapter 6

Juego de Apariencias

Un silencio pesado se anidó entre ellos, con el aire enrarecido por las palabras no dicha y un miedo sordo que pulsaba en cada latido. Ana Sofía apretó los labios, sintiendo la presión casi insoportable del pecho. La habitación parecía más pequeña, como si las paredes se cerraran para escuchar su tormento.

Leonardo, con la mandíbula tensa y ojos que brillaban con una mezcla inquietante de determinación y vulnerabilidad, rompió primero el mutismo.

—No podemos dejar que esto se note —musitó, sin mirarla.

Ella alzó la vista, sus ojos buscando en él una tabla de salvación. ¿“Esto” qué? ¿El secreto que los devoraba, o la mentira que debían construir?

—Claro —respondió en voz baja, mientras la sombra de un miedo antiguo le apretaba el estómago—. La gente espera vernos como una pareja feliz... Porque eso es todo lo que somos para ellos.

Leonardo soltó un suspiro cortante, ladeando un poco la cabeza, como calculando los próximos movimientos en un tablero invisible.

—Juego de apariencias. Eso es lo que necesito. Tú y yo, una fachada perfecta —ordenó frío, como si su poder jamás se viera cuestionado.

Ana sintió que algo se rompía dentro de ella, pero tragó el nudo en la garganta y se obligó a asentir. Sabía que tenía que hacerlo. Por ella, por su familia. Por ese futuro limitado que le escurría como arena entre los dedos.

La siguiente semana fue un desfile implacable de sonrisas falsas, miradas ensayadas y gestos medidos. En eventos sociales, cafés exclusivos y reuniones empresariales, eran el dúo ideal. Leonardo sostenía la mano de Ana Sofía con naturalidad, pero el roce de sus dedos siempre despertaba en ella una electricidad distinta, una advertencia silenciosa.

Durante la cena de gala en la azotea del edificio Vidal, bajo un cielo plagado de estrellas y luces de la ciudad que brillaban como diamantes, Ana fingió reír con una facilidad que le dolía en la garganta. Leonardo, impecable con su traje oscuro y una calma inquebrantable, la miró desde el otro extremo de la mesa con una mezcla de orgullo y desafío.

—Eres buena en esto —susurró cuando por fin quedaron solos en el momento posterior al banquete, lejos de las miradas.

Ella ladeó la cabeza, una media sonrisa trémula danzando en sus labios.

—¿Serás muy exigente como maestro? —replicó desafiando con la mirada.

—Solo con los que hacen que el juego valga la pena —respondió y el tono de su voz bajó varios grados, tanto que Ana sintió un escalofrío recorrer su espalda.

Pero detrás de la fachada de lujo y perfección, la verdad mordía con cada pulsación. Ana recordaba cada instante en que su pierna temblaba bajo la mesa, atrapada por el miedo y ese azarado diagnóstico que seguía clavado como una daga. Leonardo, por su parte, ocultaba tras la máscara de seguridad una ansiedad sutil: el imperio que había construido amenazaba con desmoronarse si la verdad salía a la luz.

En uno de esos momentos robados en el pasillo iluminado tenuemente por luces doradas, Ana sintió la cercanía de Leonardo demasiado intensamente.

—¿Hasta cuándo crees que podremos mantener esta farsa, Ana? —la voz de León era casi un ronroneo incómodo.

Ella vaciló antes de responder. Golpeó la tierra con el borde del zapato, giró sobre sí misma como para ocultar la duda.

—No lo sé —confesó al fin—. Pero mientras pueda respirar, fingiré cada sonrisa. Por mi familia.

Leonardo la observó, midiendo sus palabras como si jugara con fuego.

—El peligro no es solo perder el juego, Ana Sofía —dejó caer el aperitivo en una copa con un temblor casi imperceptible—. Es que esta máscara termine rompiéndose cuando menos te lo esperes. Y entonces, no habrá vuelta atrás.

El peso de esas palabras cayó como un martillo contra el pecho de Ana. La ciudad seguía vibrando fuera, con luces, ecos y secretos que parecían respirar en cada esquina. Pero adentro, atrapados en esa tensión incombustible, solo existían ellos y la mentira que les unía.

Cuando la puerta del salón se abrió de golpe, la sorpresa hizo que ambos se giraran con rapidez hacia la entrada.

Ella no pudo evitar que un escalofrío le recorriera la espalda al ver quién aparecía parado en el umbral, con una sonrisa que desbordaba intenciones ocultas.

—¿Quieren compañía en este juego de apariencias? —preguntó una voz fría, cargada de amenaza velada.

El silencio se rompió en mil pedazos mientras Ana Sofía y Leonardo se miraban, conscientes de que la fachada acababa de temblar y que el precio por mantener el secreto acababa de subir un escalón más.

¿Hasta cuándo podrían fingir que todo estaba bien, sin que la verdad los destruyera?

Las sombras se alargaban, y el inmediato peligro comenzaba a entrelazarse con la pasión prohibida.

El juego apenas comenzaba.