Chapter 4
La penumbra en la que se desvaneció León parecía tragarse todo rastro de calor que aquella habitación pudiera tener. Ana Sofía sintió el eco de sus propios latidos rebotando en la cabeza, un tambor insistente que hacía vibrar hasta la última fibra de su piel. Por un instante, el cuarto pareció volverse demasiado grande, demasiado vacío.
Sus dedos temblorosos apretaron el borde del sillón donde se había dejado caer, como si sostenerlo con fuerza evitara que el mundo se desmoronara a su alrededor. Un suspiro se escapó de sus labios, apenas un hilo de aire que se llevó consigo la tensión acumulada.
Pronto, la puerta se abrió lentamente y León volvió a aparecer, pero ahora con una distancia imposible de franquear entre ellos. Sus ojos, de un gris acerado, no escondían ni una pizca de la tormenta que se cocía dentro de él, pero la fachada que mostraba era de control absoluto.
—Esto no es un matrimonio convencional, Ana —dijo con voz firme, cortante como un bisturí—. No somos amantes, no nos buscamos cuando hay un problema.
Ella levantó la mirada, con una mezcla de desafío y tristeza. La dureza en sus palabras era un golpe frío en el pecho, pero también contenía la verdad que ambos se habían impuesto sin acuerdos escritos.
—Lo sé —respondió ella, con un hilo de voz que se quebraba—. Pero no puedo evitar sentir que somos dos extraños condenados a compartir un techo.
León alzó una ceja, como si esa frase le resultara más irritante que reveladora.
—Extraños que comparten intereses, Ana. Nada más. No te confundas con juegos de emociones. Ese no es nuestro mundo.
El calor de sus palabras contradecía el frío de su mirada. El silencio llenó el espacio entre ellos, pesado, cargado de palabras no dichas y promesas descarnadas.
Ana Sofía apoyó la espalda contra el sillón, intentando calmar el torbellino de sensaciones que la atravesaba. La enfermedad que le corroía por dentro parecía querer aprovechar cada grieta de debilidad, y ahora el hombre que debía ser su aliado parecía un muro infranqueable.
—¿Y qué será entonces de mí? —preguntó, y la voz resonó más firme, buscando imposibles respuestas—. ¿Solo un pacto de conveniencia sin espacio para lo que siento?
León caminó unos pasos, girándose para enfrentarla con un dejo de ironía amarga.
—¿Qué sientes? ¿Compasión? Eso solo debilita, Ana. No podemos permitirlo. En este juego, solo gana el más frío.
Ella apretó las manos contra sus rodillas, conteniendo un nudo en la garganta que empequeñecía el mundo a su alrededor.
No era sólo el miedo a la muerte lo que la aterrorizaba. Era la soledad que crecía con cada distancia que León imponía. Y la pregunta más latente, mordiendo su conciencia: ¿Podría confiar en alguien que la trataba como un peón prescindible?
De repente, un sonido grave rompió la frágil calma: el teléfono vibró con urgencia sobre la mesa. Ana Sofía lo miró, sus ojos buscando entre las sombras la respuesta que no llegaba de León.
—¿Ahora qué sucede? —su voz, casi un susurro, esperaba miedo o amenaza.
Él no respondió. En cambio, volvió a encaminarse hacia la ventana, clavando su mirada en las luces distantes de la ciudad. Sus hombros tensos delataban la tormenta interna que nunca compartía.
El silencio volvió a caer, más denso que antes, mientras un pensamiento trepaba implacable al borde de sus labios.
¿Y si en ese frío distanciamiento se escondía la única manera de protegerlos a todos? ¿El precio que tendría que pagar Ana Sofía por un secreto que, si se hacía público, podía destruir más que un imperio?
La ciudad seguía brillando en la oscuridad como un mar de fuego intangible, y entre esa luz y la sombra, los dos protagonistas de aquel contrato letal se enfrentaban a una verdad más peligrosa que cualquier enfermedad.
Ella alzó la mirada decidida, y aunque la distancia y la frialdad de León parecían muros infranqueables, una chispa rebelde brilló en sus ojos.
—Voy a demostrar que hay algo más aquí —susurró, para sí misma o para el aire—. Pero… ¿podré confiar cuando a mi lado hay un hombre que sólo sabe mirar con distancia?
El eco de sus palabras se perdió en la noche, y en ese instante la puerta se entreabrió con un golpe leve pero inesperado.
El corazón de Ana se aceleró, el nudo en el estómago se hizo hielo y fuego al mismo tiempo.
Quedaban muchas preguntas. Y la respuesta quizá, sólo quizá, acabaría siendo más peligrosa que cualquier silencio mortal.