NoveliqaContrato de Pasiones: El Precio del Silencio / Sombras del Pasado :0%
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Chapter 3

Sombras del Pasado

El reloj seguía marcando, cada tic-tac una sentencia que se clavaba más profundo en el pecho de Ana Sofía. Su cuerpo temblaba, no solo por la noticia que Leonardo le había dejado caer como un golpe seco, sino por el aire pesado, cargado de mentiras y promesas que morían sin cumplir. Los ojos de León, oscuros y sin parpadeos, tenían la serenidad de quien ya había atravesado noches aún más negras, pero que jamás se permitiría mostrar una grieta.

—¿Y ahora qué? —apenas pudo susurrar ella—. ¿Cuál es el siguiente paso? ¿A quién le tengo que mentir esta vez?

Leonardo se acercó, sus pasos cortos resonando en el piso de mármol, impasible pero intimidante.

—No es cuestión de mentir, Ana —dijo, con la voz helada y precisa—. Es cuestión de sobrevivir. De proteger todo lo que hemos construido. Y eso, tranquila, lo hago yo.

Ana sintió un escalofrío recorrerle la espalda, un instinto que le susurraba que ese “yo” al que León se refería escondía más sombras que luces.

Retrocedió hasta el ventanal que dominaba la ciudad, observando las luces dispersas como islas flotando sobre la oscuridad. Esa metrópoli era un monstruo que devoraba secretos y los escupía solo cuando ya resultaban letales.

—¿Qué me estás ocultando, León? —su voz tembló, un hilo frágil que se deshacía al contacto con la duda—. Desde que te conozco, hay algo en ti que no encaja, un silencio que pesa más que cualquier palabra.

El hombre no parpadeó, pero había una leve tensión en sus dedos, ocultos dentro de los bolsillos del abrigo. Un gesto pequeño, pero suficiente para delatar la tormenta contenida.

—Los secretos no son mío... son el precio del poder. Y he pagado caro para mantener el imperio de Vidal intacto. No esperes que te cuente cada detalle, Ana. Tú tienes tus batallas; yo las mías. Solo necesito que confíes.

Un aire tóxico se coló en la habitación, un olor acre a humo y whisky barato que había impregnado aquel despacho tiempo atrás, según un recuerdo fragmentado. Ana giró lentamente, sosteniendo la mirada de León con una mezcla de desafío y miedo.

—¿De qué imperio hablas? —preguntó, buscando quebrar la armadura que él erigía con palabras evasivas—. ¿Qué haces realmente para protegerlo?

Leonardo apretó la mandíbula, sus ojos destellaron con un brillo oscuro y doloroso.

—Hago lo que debe hacerse para que nadie, nadie, destruya lo que construí con sangre y silencio —susurró, y por un momento la voz se quebró como una grieta en el hielo.

Ana retrocedió un paso, sintiendo el peso de un mundo que desconocía, tan cercano y al mismo tiempo inaccesible.

—Debe haber un límite —soltó, tratando de aferrarse a la poca esperanza que le quedaba—. No puedo ser parte de eso, León. No si significa perderme a mí misma en el proceso.

León se presentó frente a ella, con una sonrisa amarga, una expresión que no alcanzaba a ser cálida ni cruel, sino exasperantemente humana.

—¿Perderte? —replicó, acercando apenas sus labios a su oído—. Ana, aquí nadie sale sin cicatrices. Ni siquiera tú.

Y en ese instante, el timbre de la puerta cortó el aire como un disparo. Ambos se giraron, tensos, mientras una sombra se deslizó detrás de Leo, apenas perceptible para Ana.

—¿Quién es? —preguntó ella, con la voz casi rota.

Leonardo asintió, apretando el puño y dejando escapar un suspiro que parecía contener años de secretos enterrados.

—¿Preparada para conocer una parte del pasado que nunca mostramos? —murmuró, antes de levantarse con decisión y dirigirse a la puerta.

Ana lo siguió con la mirada, el corazón latiendo tan fuerte que sentía que iba a romper las costillas. La figura detrás de León se desvaneció en la penumbra, pero la pregunta que hirvió en su sangre no quiso callar.

¿Qué hacía realmente León para proteger su imperio?

El silencio respondió con promesas no dichas y el crujido ominoso de un universo a punto de estallar.