NoveliqaContrato de Pasiones: El Precio del Silencio / Secretos Ocultos :0%
Log in

Chapter 2

Secretos Ocultos

El aire tembló en la atmósfera cargada, donde la sombra difusa en el umbral se definía ahora: León Vidal, con la mirada más afilada que cualquier cuchillo y la postura imponente que arrojaba un silencio inmediato sobre la estancia. Ana Sofía sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda, no por miedo evidente, sino por la mezcla corrosiva de incertidumbre y una alarmante sensación de vulnerabilidad que ella misma no terminaba de entender.

—¿Ya estás despierta? —la voz de León era suave, casi un susurro, pero un susurro que mandaba órdenes—. No esperaba encontrar aquí a nadie en este horario.

Ella levantó la vista, los ojos velados por una sombra invisible, controlando con cuidado el temblor que amenazaba la comisura de sus labios. Una mentira a punto de nacer en sus pensamientos se quedó a medio formar.

—No podía dormir —respondió, dejando que la indiferencia se colara en su tono.

Él cruzó el portal con la cadencia segura de un depredador, y el silencio se rompió solo por el eco lejano de tacones tímidos contra el mármol bruñido. El contraste entre ambos era palpable: ella, frágil y contenida, como una flor a punto de marchitarse; él, una montaña de poder, inamovible e implacable.

León se acercó, cada paso un golpe sordo al reloj invisible que marcaba el tiempo que Ana ocultaba. Sus ojos, negros como la tinta derramada sobre un contrato sellado con mentiras, se clavaron en ella con una intensidad que quemaba.

—Tu corazón late con más fuerza que una tormenta, Ana —comentó. La mano que antes solo rozaba el aire ahora se posó en el respaldo de la silla donde ella estaba sentada—. ¿Hay algo que deba saber? ¿Algo que escondes con tanto empeño?

Un peso denso inundó el pecho de Ana. Porque sí, había algo que ocultaba. Algo mortal que amenazaba con devorar el poco tiempo que le quedaba, y que pondría en peligro no solo su vida, sino también la frágil red que aún sostenía a su familia.

Ella apartó la mirada, respirando de modo que la opresión no la aplastara.

—Nada que te preocupe, León —dijo finalmente, con un hilo de voz tembloroso pero firme en la intención de ocultar la verdad—. Solo necesito tiempo para adaptarme... a todo esto.

Él ladeó la cabeza, escrutándola como si le quisiera despojar de cualquier disfraz.

—Adaptarte... a esta vida, supongo.

Ana asintió levemente, maldiciendo en su interior la fragilidad de su cuerpo que se delataba con cada gesto. La tos seca que había reprendido minutos antes volvió a querer irrumpir, pero ella sujetó el impulso con desesperación.

—Sí —masculló, entre dientes—. Un cambio radical.

León sonrió, pero no era una sonrisa de complicidad ni ternura, sino el despliegue de un desafío.

—Eres buena para ocultar lo que no quieres que vea. Pero no olvides que aquí, en esta casa, los secretos no sobreviven mucho tiempo.

Y con esa sentencia, se giró con la parsimonia de un rey que ha dictado sentencia y abandonó la habitación.

Ana se quedó sola, rodeada por el silencio opresivo de las paredes que guardaban más secretos que palabras. Su mente corría a mil, calculando, planeando, buscando un resquicio de esperanza.

¿Hasta cuándo podría mantener su secreto a salvo? La pregunta la atravesaba tan fría como el filo de una daga.

El reloj de pared, implacable, marcaba segundos que parecían días y, entre ellos, el latido ansioso de un corazón que sabía que la cuenta regresiva había comenzado de verdad.