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Chapter 6

Un aliado inesperado

El eco metálico del giro en la cerradura reverberó por la habitación, brutal y feroz, como si hubiese desgarrado la fina línea que separaba la calma del caos. Isabela quedó paralizada un instante, enredada en un torbellino de emociones que le oprimían el pecho con una fuerza casi insoportable. La piel se le erizó, un escalofrío descendió por su nuca y sus ojos, aún clavados en la puerta, se negaban a creer lo que la razón se empeñaba en susurrarle: Leonardo estaba allí.

Pero no había ira esta vez; no exactamente. Su mirada buscaba algo más allá del hombre que había pisado ese umbral, algo enterrado en sus pupilas que ni la traición podía borrar. El silencio era pesado, lleno de palabras no dichas y verdades aterrorizantes.

Leonardo entró, cuidando sus pasos, con aquella elegancia natural que siempre había tenido, pero con un temple nuevo. En su rostro, bajo esa luz tenue, se dibujaba una mezcla inquietante de determinación y vulnerabilidad, como si llevara consigo un peso demasiado grande para descartar con simples palabras.

—Isabela —dijo, su voz rozando un susurro que, sin embargo, llenó el espacio como un trueno—. Sé que tienes preguntas. Y mereces respuestas.

Ella lo estudió, cada fibra de su cuerpo tensa, lista para el golpe que temía desde hacía meses. Pero en ese preciso instante, antes de que el muro de hierro que ella había levantado para protegerse se hundiera, él hizo algo inesperado.

—No estoy solo en esto —continuó Leonardo—. Hay alguien más. Alguien que conoce todo, incluso lo que ni tú ni yo hemos tenido el valor de enfrentar.

Isabela frunció el ceño, la mezcla de confusión y desconfianza apretándole el pecho. Aquel tipo de revelaciones nunca vinieron gratis ni con buenas intenciones, y el reloj parecía acelerar, clavando horas en segundos.

Leonardo se volvió hacia la ventana y, sin apartar la mirada del horizonte iluminado por neones, habló con un tono de quien desgrana una carta ocultada por demasiado tiempo.

—Esta noche, quiero presentarte a un socio. Alguien que no solo conoce la historia de nuestra familia, sino también los detalles más oscuros que la rodean. Es un aliado inesperado... o eso espero.

Antes de que Isabela pudiera responder, el sonido del ascensor marcó un nuevo compás en ese escenario donde el destino parecía cobrar más vida que nunca.

La puerta del salón se volvió a abrir y alguien cruzó el umbral con una seguridad magnética que inmediatamente paralizó a Isabela. El hombre era alto, vestido con un traje oscuro impecable; su porte denotaba poder y control, pero fue su mirada —profunda, afilada y cargada de un brillo casi peligroso— lo que realmente la afectó.

Leonardo se volvió hacia ese recién llegado y, con un leve gesto, hizo la presentación.

—Isabela, este es Gabriel Santoro.

Un nombre que resonó en la mente de Isabela con un eco desconocido pero inquietante. La boca se le secó mientras intentaba leer el rostro del desconocido que ahora fijaba su atención exclusivamente en ella.

—He oído mucho de ti —dijo Gabriel con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Más de lo que cualquiera debería saber.

El aire entre los tres se volvió denso, como si clandestinamente se tejiera una red de secretos que podría atraparlos a todos.

Isabela dio un paso adelante, sintiendo cómo la pulsera que llevaba apretaba su muñeca y le recordaba el peso del contrato que los unía a todos. Sus dudas y miedos se confundían con una chispa de curiosidad provocadora.

—¿Qué intenciones escondes, Gabriel? —preguntó sin miedo.

Gabriel inclinó ligeramente la cabeza, y su sonrisa se ensanchó, dejando ver una seguridad que prometía tempestades.

—No busco enemigos —respondió con calma—. Pero tampoco me detendré ante nada para proteger lo que creo justo.

Leonardo la observaba con una mezcla de alivio y cautela, mientras Isabela intentaba descifrar cuál sería el próximo movimiento en ese juego donde los verdaderos invitados aún no habían servido sus cartas.

El reloj marcaba la medianoche y la ciudad, con sus luces deslumbrantes y sombras dolorosas, parecía contener la respiración en esa sala donde un nuevo capítulo estaba por escribirse.

Entonces, un ruido seco, como un sobre deslizándose sobre la mesa, rompió la tensión.

Gabriel se acercó y dejó caer un documento frente a Isabela.

—Aquí empiezan las cosas de verdad —murmuró—. Lee y comprenderás por qué hoy ya nada puede ser igual.

Isabela miró el papel, sus dedos temblando ligeramente. Había un nombre, una fecha, un lugar... y un secreto que prometía arrastrarlos a todos hacia un abismo del que tal vez nadie saldría indemne.

La puerta se cerró tras ellos y la oscuridad volvió a bailar, más intensa que nunca, dejando flotando la pregunta que crepitaba en el aire:

¿Qué intenciones esconde ese nuevo personaje?