Chapter 4
El aire se volvió denso, como si la misma ciudad contuviera la respiración. Isabela permaneció inmóvil, cada latido de su corazón retumbando en sus oídos con la fuerza de un tambor de guerra. La sombra frente a ella se movió apenas, y un suspiro grave rasgó la quietud.
—¿Crees en el amor? —la voz de Leonardo era un eco rasposo, cargado de una incredulidad que perforaba la noche misma.
Isabela parpadeó, intentando encontrar alguna luz en esos ojos oscuros, pero no había nada que se pareciera a la esperanza ni a la ternura.
Se acercó otra vez, el suelo de mármol bajo sus tacones resonando como un latigazo en el silencio sepulcral del penthouse. El skyline de la ciudad se desplegaba detrás de él, tan imponente como el muro invisible que había levantado entre ambos.
—Creo en lo que no se ve —respondió con voz tenue, aferrándose a la verdad que le quedaba—. En lo que todavía no nos rompe en pedazos.
Leonardo giró el rostro hacia la ventana, su perfil recortado contra las luces de la urbe. Las cajas de diseño de pasarela, la ropa cuidadosamente doblada en la mesa, parecían ahora recuerdos de un mundo en pausa. Y en sus ojos, un fenómeno extraño reverberaba: una mezcla de dolor antiguo y desafío.
—Amor... —repitió, soltando la palabra como si quemara. Pasó una mano por el cabello, casi como pudiera despejar una niebla invisible—. Para mí siempre ha sido un contrato que me vio perder más de lo que gané.
Isabela sintió que la atmósfera se espesaba. La distancia entre ellos no era solo de metros, sino de cicatrices no cicatrizadas.
—¿Perder?
Leonardo finalmente se volvió, sus ojos clavados en los de ella. Aquella sombra que le conocía en carne y alma, la única que parecía capaz de mirar a través de sus barreras sin derrumbarse.
—Sí —dijo con voz ronca—. Perdí una parte de mí en ese juego de aparentar… y lo peor es que jamás entendí en qué momento todo se volvió un campo minado. Nunca supe amar sin calcular, sin medir. No puedo permitirme el lujo de ser vulnerable.
El silencio pareció caer con un peso físico entre los dos. Isabela sintió el nudo en la garganta, no de tristeza, sino de la necesidad urgente de desenmarañar aquella madeja oscura.
—¿Nunca hubo alguien? —preguntó con suavidad, oteando el costado herido que él intentaba ocultar—. No quizá un amor, sino un momento, una señal.
Leonardo ladeó la cabeza, una sombra amarga cruzando sus facciones por un instante.
—Hubo alguien —confesó—. Pero también hubo una traición que me enseñó que amarse a uno mismo es la única garantía... y que confiar en alguien más termina rompiendo tu equilibrio.
Su mirada se enrojecía, un resentimiento ahogado que nadie había visto brotar hasta entonces.
Isabela tragó el nudo que se le formaba en la garganta. Quiso tender la mano, ofrecer algo más allá de palabras, pero se detuvo.
—¿Cuál fue la traición? —su voz se volvió un susurro que se tensó como un hilo a punto de romperse.
Leonardo bajó la mirada, las sombras danzando sobre su piel como sellos de un pasado que él mismo parecía evitar.
—Alguien muy cercano a mí vendió mi confianza al mejor postor —musitó, la voz cargada de un peso casi insoportable—. No solo en negocios, sino en lo que creía que era mi vida entera.
Un pulso eléctrico llenó el espacio entre ellos. Isabela sintió que ese secreto, tan protegido, podía ser la grieta suficiente para fracturar todo aquello que los unía y los destrozaba a la vez.
Quiso preguntar más, indagar en esa herida que apenas asomaba. Pero en ese instante, el sonido seco de un sobre deslizándose sobre la mesa los sacudió.
Leonardo se acercó con cautela, sus dedos temblorosos abrieron la solapa del sobre blanco. Sacó unas fotografías, nítidas y crueles.
Isabela reconoció al instante a la mujer en ellas. Su cuerpo tenso, por primera vez roto por el miedo y la desconfianza, le suplicó no seguir viendo. Pero la curiosidad y el temor crecían con cada segundo.
—Esto —dijo Leonardo señalando las imágenes— es solo la superficie. Pero no te equivoques, Isabela. A veces el pasado juega con el presente como un verdugo con su presa.
Ella lo miró, sintiéndose caminando al borde de un precipicio invisible.
—Entonces, ¿crees que pueda amar después de todo esto? —su voz era un hilo que pendía entre la noche y la oscuridad.
Él dio un paso atrás, sus ojos atravesándola con una mezcla de respeto y desesperanza.
—Creo que amar es un riesgo que solo los valientes están dispuestos a aceptar. Yo… aún no he decidido si pertenezco a ese grupo.
El silencio volvió a caer, pero esa vez se sentía distinto, más esperado, como el preludio de una tormenta que estaba por desatarse.
Isabela sintió cómo una verdad incómoda comenzaba a aflorar: no solo su futuro, sino su presente, estaban anclados en secretos cuya revelación podía destruirlo todo.
Un tic tac más acelerado, una sombra más profunda, una herida que, sin quererlo, acababa de abrirse.
Pero, ¿qué oscuras heridas ocultaba realmente Leonardo?
El pulso de la ciudad continuaba fuera, indiferente. Dentro, en aquella habitación oscura y elegante, todo había cambiado y nada volvería a ser igual.