Chapter 3
El zumbido lejano del tráfico era un susurro comparado con el batir furioso de su corazón. Isabela sintió que sus manos temblaban, las páginas del contrato recién firmado aún crujían bajo su peso en la mesa frente a ella. La luz tenue del despacho de Leonardo Delgado parecía haberse espesado, asfixiante.
Un escalofrío recorrió su espalda cuando la sombra se deslizó más cerca, invisiblemente presente detrás del espejo opaco que separaba la habitación del pasillo. Pero no había tiempo para temores silenciosos: él había sacado un automóvil negro, pulido hasta brillar como un espejo, y la esperaba para su debut en la alta sociedad.
"Isabela, es hora", susurró Marcos Delgado desde el umbral, su voz baja pero acrecienta la tensión invisible que apretaba la atmósfera.
Ella ladeó la cabeza, con el ceño fruncido, aún presa de una mezcla de incertidumbre y desafío. Sus ojos encontraron los suyos, buscando inconscientemente alguna pista, una rendija por donde escapar sin perder la dignidad. Pero lo único que encontró fue esa sonrisa acerada, ladeada, tan segura como amenazante.
—¿Lista para fingir? —la voz de Marcos era un filo delicado que cortaba el aire.
Isabela tragó saliva casi seca, apretó la mandíbula y asintió. “Fingir” era exactamente lo que les hacía falta, pero no sabía por cuánto tiempo podría sustentar aquel papel. Su vestido negro, ceñido al cuerpo con elegancia, parecía otra máscara, una armadura que nunca antes había usado.
Cuando entraron al salón del Gran Hotel Éxodo, el murmullo de la élite los envolvió como una ola helada. Las luces de araña chispeaban arrastrando sombras contra los adornos barrocos. La música de cuerda tintineaba suave, casi burlona.
Isabela sintió todas las miradas, escrituras invisibles escrutándola como si fuera un espécimen fuera de lugar. Los comentarios deducidos en susurros eran afilados, cuchillas vestidas de politeza.
“¿Quién es ella?”, murmuraron cerca de un grupo de mujeres con vestidos escarlata y joyas que destellaban sin pudor.
“¿Una modelo o novia de conveniencia?”, agregó una voz cargada de veneno, rápida como un venablo que hierve en veneno social.
Marcos tomó la mano de Isabela con un gesto que pretendía ser natural, pero en realidad estaba calculado al detalle. Ella sintió la presión imperceptible de sus dedos, y la necesidad de no desmoronarse bajo ese escrutinio.
—Yo soy Marcos Delgado —presentó él ante el círculo central—. Esta es Isabela Cortés, mi prometida.
La reacción fue un escalofrío de murmullos. Isabela vio cómo sus ojos se escudriñaban buscando irrumpir en algún secreto. Ella sostuvo la cabeza alta, su sonrisa era delicada pero cargada de una determinación oculta, impenetrable.
Un hombre alto, con barba recortada y traje impecable, se acercó con una copa de champán que parecía brillar en la penumbra. Su voz arrastraba una mezcla de interés y desafío:
—Marcos, viejo amigo, nunca te imaginé... feliz. Esta chica tiene estilo, aunque me pregunto cuánto dura la precariedad de un acuerdo así. En este mundo, los contratos se rompen tan fácil como un tacón roto en la pasarela —la mirada del hombre titiló como un puñal invisible hacia Isabela.
Isabela sintió un calor punzante en la mejilla, una mezcla de vergüenza y furia. Marcos le susurró al oído, con un tono de advertencia.
—Ignóralos. Esto solo empieza.
Pero el peso de sus palabras era sombra al lado del huracán que cruzaba la sala cuando una voz femenina se unió a la conversación.
—¿Contrato? Pero si no saben ni cuánto durará, ni quién querrá seguirles la farsa. El amor no se firma en un papel, querida.
Isabela descubrió que la voz pertenecía a una mujer de ojos fríos, vestida con un vestido de lentejuelas oscuro que absorbía la luz en lugar de reflejarla.
—¿Y tú quién eres? —preguntó Marcos, con un filo peligroso.
La mujer se limitó a sonreír, una expresión que no llegó a sus ojos.
—Solo alguien que disfruta un buen espectáculo... y que sabe que los secretos tienen más poder del que creen.
Un silencio incómodo se extendió, cortado solo por el tintinear de la cristalería.
Isabela sintió un sudor frío en la nuca. No había sido solo una noche cualquiera para simular un compromiso; era un juego en una jaula de leones que se observaban mutuamente con ferocidad velada.
Cuando por fin Marcos la llevó hacia un palco privado, los murmullos crecieron detrás, como ecos de flechas lanzadas en su contra. La música había cambiado, tornándose más densa, cargada.
Isabela se apoyó en la balaustrada del palco, tratando de ordenar los pensamientos mientras miraba la ciudad a través de los ventanales enormes. Las luces palpitaron, un pequeño mundo paralelo donde su futuro danzaba precariamente entre poder y destrucción.
—¿Por qué lo haces? —la pregunta escapó sin querer de sus labios, baja y frágil.
Marcos la observó, con una sombra de algo inconfesable cruzando su rostro.
—Porque este contrato es más que una firma. Es venganza. Es tomarte lo que siempre debí tener.
Antes de que pudiera replicar, un movimiento fugaz llamó su atención. Justo detrás de una cortina de terciopelo, entre sombras casi invisibles, unos ojos azules la observaban con atención enfermiza.
Isabela sintió que el mundo se tensaba, que un nuevo juego comenzaba sin aviso.
Y esa mirada, profunda y calculadora, no parpadeó.
¿Quién la vigilaba? ¿Cuál era su objetivo en esa noche en que todo parecía ponerse en jaque?
La respuesta permanecía suspendida, aguardando para sembrar el siguiente caos.
El tic tac del reloj resonó en su pecho mientras la figura invisible daba un paso adelante en el abismo de la noche.