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Chapter 2

Firma del pacto

Isabela cerró el contrato con un golpe seco sobre la mesa de caoba, sus dedos aún temblorosos por la mezcla de adrenalina y miedo que le recorría la columna vertebral. Frente a ella, Leonardo Delgado permanecía impasible, como tallado en mármol —sus ojos, sin embargo, brillaban con una intensidad que helaba la sangre—.

El despacho del penthouse en el piso 42 de la Torre Delgado tenía una acústica tan perfecta que cada suspiro y cada tic tac del reloj de pared resonaban, amplificando el silencio que ahora parecía pesar toneladas.

—Entonces, ¿firmada? —preguntó Leonardo sin levantar la mirada de los documentos—. No hay marcha atrás, Isabela. Esto no es solo un papel con tinta: es tu destino a partir de hoy.

Un sudor frío le surcó la nuca mientras su pulso se aceleraba. Sus labios se entreabrieron en un intento fallido de articular una respuesta segura. Pero solo logró un hilo de voz ahogado:

—No entiendo todo lo que implica este contrato...

Leonardo apoyó con fuerza los codos en la mesa, inclinándose hacia adelante, su tono hizo vibrar el aire como un látigo:

—Cada cláusula fue diseñada para proteger a ambas partes. Pero también para contener lo que no puedes permitir que salga a la luz.

Isabela tragó saliva. Los ojos de Leonardo se clavaron en ella, como si pudieran leer todos los rincones secretos de su alma. Su garganta se cerró en un nudo insoportable.

Con manos temblorosas decidió releer el documento por última vez, aspirando al viejo aroma a cuero y papel que impregnaba el despacho.

El primer bloque era una declaración de intenciones, clara pero austera. La protección del patrimonio Delgado-Cortés, la exclusividad del compromiso y una serie de deberes sociales y comerciales que la cubrían de pies a cabeza. Sin embargo, había una página al final —oculta entre anexos con letras tan pequeñas que casi parecían un susurro— que un escalofrío hizo que sus ojos se posaran, inmóviles.

"Cláusula 27: En caso de incumplimiento de las condiciones estipuladas en este contrato, la parte firmante se compromete a ceder el 50% de sus acciones en Isabela Cortés Diseño a la contraparte sin derecho a apelación..."

Isabela sintió que el mundo se frenaba, como si el suelo bajo sus pies hubiese desaparecido. Cada palabra parecía una daga, cada coma, una sentencia.

—¿Qué significa esto? —preguntó con voz ronca, sin poder disimular el temblor que empezaba a tomar su cuerpo.

Leonardo alzó una ceja, como si le sorprendiera su reacción, y le devolvió el contrato con un movimiento lento y calculado.

—Significa que esta alianza tiene sus reglas —dijo, la voz baja, cargada de un peligro apenas contenido—. Que no hay lugar para traiciones, y que cualquiera que sea la jugada que intentes hacer, el tablero ya está dispuesto. ¿De verdad creías que sería un camino fácil?

Las paredes parecían estrecharse, y la opulencia del despacho se convirtió en una prisión intangible. Isabela cerró los ojos para contener las lágrimas que amenazaban con nacer, sintiendo la palma de su mano sudorosa sobre el papel.

El silencio se quebró con la llegada imprevista de un mensajero, que tocó suavemente la puerta. Leonardo levantó la mano sin mirarlo.

—Puedes dejar eso ahí —su voz era una orden, precisa y seca.

Isabela aprovechó el instante para respirar hondo, buscar algo de fuerza que la hiciera levantarse. La opresión en el pecho se aliviaba lentamente, pero la mente le daba vueltas en espiral.

Aquel matrimonio, aquel contrato... No era solo un pacto para salvar el imperio familiar. Era una trampa delicada, inscrita con tinta invisible que ahora podía costarle todo.

Cuando Leonardo finalmente se levantó, su figura parecía todavía más imponente en el medio del despacho. Se acercó y, sin añadir palabra, deslizó sobre la mesa una pluma de tinta negra, ofreciéndosela.

Isabela la tomó, sintiendo la frialdad del metal contra su piel —un frío que calaba hasta los huesos—.

Con un temblor apenas disimulado, firmó al pie del documento, sellando con su rúbrica una alianza que podía salvarla o destruirla.

En ese momento, una vibración inesperada le advirtió del mensaje que acababa de llegar a su teléfono. La pantalla iluminó su rostro revelando un solo texto: "Te estoy observando".

Isabela sintió un escalofrío recorrer cada vértebra mientras una sombra de duda cruzaba su mirada.

¿Quién la vigilaba? ¿Y por qué ahora, justo cuando acababa de firmar el contrato que cambiaría su vida?

Las luces de la ciudad destellaban a lo lejos, indiferentes. Pero en su alma, la tormenta apenas comenzaba.