Chapter 6
La oscuridad los envolvía como un manto pesado y húmedo, una negrura tan densa que parecía absorber el hilo de sus propios pensamientos. El corazón de Isabela raspaba contra sus costillas con tal fuerza que le dolía el pecho, mientras sus ojos buscaban, en vano, cualquier atisbo de luz. El susurro, frío y punzante, no sólo había traspasado el silencio sino la seguridad misma que tanto había intentado construir.
Sus dedos temblaban, clavándose en el respaldo de la silla, mientras la mente luchaba por comprender lo que eso significaba: “Te estamos vigilando.” Esa frase aún vibraba en sus oídos, cayendo sobre ella como una sentencia irrebatible.
—¿Viste? —La voz de Santiago, rasposa y escasa de paciencia, se filtró entre las sombras. El titilar inconstante de la luz del celular que apretaba en su mano proyectaba sombras estiradas en su rostro tenso—. Esto no es sólo una amenaza. Han penetrado mucho más profundo de lo que pensamos.
Isabela giró la cabeza hacia él, notando cómo una chispa distinta ardía en sus ojos, una mezcla de rabia y miedo. No era el hombre implacable del día, sino alguien tan vulnerable como ella, expuesto bajo ese asalto invisible.
—¿Quién? —susurró, casi temiendo la respuesta que sabía venía de un pasado que ninguno de los dos podía ignorar.
—No lo sé —respondió Santiago, mordiendo su labio inferior—, pero alguien tiene acceso a nuestros secretos… y usan cada fragmento para jugar a su favor.
El silencio volvió a caer, interrumpido solo por el eco lejano de sirenas y el suspiro agitado de ambos, que parecía cargar con algo más pesado que la oscuridad misma: el peso de lo que aún no se atrevía a confesarse.
Isabela se atrevió a romper esa tregua:
—Santiago… ¿has pensado que uno de nosotros podría estar filtrando información?
Él la miró como si la acusara, pero también con ese dejo de duda que empezó a carcomer su rostro.
—¿Sospechas de mí? —la pregunta no tuvo la dureza habitual, sino una incertidumbre que llevó a Isabela a apretar los puños.
—No, —contestó—, pero esta guerra no es limpia. Todo el mundo juega sucio aquí, y cuanto menos sepamos del otro, peor será.
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire cargado de tensión. Un invisible muro comenzaba a levantarse entre ellos, aunque ninguno quería admitirlo ni verla.
De repente, una ráfaga de viento helado logró colarse por la ventana malcerrada, levantando cortinas y difundiendo un olor a jardín nocturno y humedad. El ambiente se tornó frío, tan distinto al calor pesado que había dentro. Isabela sintió un escalofrío recorriéndole la espalda, nato y peligroso.
—No podemos dejarnos distraer —dictó Santiago, su voz recuperando la autoridad que siempre parecía tener, como un rey que no acepta ser desafiado—. Cada minuto que dudamos, otros avanzan. Y créeme, no serán ellos los que pierdan esta partida.
Ella asintió sin convicción, comprobando con horror que el muro entre ellos se hacía más alto.
Horas después, Isabela volvió a su apartamento, las manos temblorosas aún y los ojos ardiendo de no haber podido dormir. La ciudad resplandecía más abajo, un mar infinito de luces que se extendía como un entramado de promesas rotas y mentiras a medias.
Mientras deslizaba la llave en la cerradura, su teléfono vibró con urgencia.
Un mensaje de texto. Sólo dos palabras: “Necesito hablar”.
El nombre en pantalla no era otro que Adrián.
Su corazón se detuvo por una fracción, incapaz de ignorar el peso que contenía ese mensaje.
La puerta se cerró tras ella con un clic seco. La habitación la envolvió en silencio, salvo por el zumbido insistente del teléfono.
Sacó el móvil, dudando, como si cada letra que fuera a escribir en la respuesta fuera a traer una avalancha de consecuencias.
Finalmente, la llamada entrante la cortó a mitad de pensamiento. El nombre de Adrián brillaba en la pantalla.
—¿Qué quieres? —la voz de Isabela, aunque baja, estaba cargada de advertencia.
Adrián no perdió tiempo.
—Tengo algo que necesitas saber. Algo que cambiará todo.
Isabela sintió un nudo apretarse en la garganta, tan fuerte que le costó respirar.
—¿De qué hablas? —su voz fue apenas un susurro.
—No puedo decírtelo por mensaje. Necesito verte. Ahora.
Ella vaciló, luchando contra un miedo primordial. La puerta del armario estaba abierta, y en la penumbra, el recuerdo de aquel susurro: “No hay escape.”
En segundos, una certeza se instaló en su pecho: no importaba lo que Adrián supiera. Él ya la tenía atrapada en esa red invisible de secretos y mentiras.
—¿Dónde? —preguntó, prolongando conscientemente el momento, consciente de que estaba a punto de cruzar una línea que cambiaría su mundo.
—En el estacionamiento del edificio. En cinco minutos.
La llamada terminó y el eco del silencio se volvió atronador.
Isabela se miró en el espejo. Los ojos que la devolvieron la mirada eran los de alguien en guerra con su propia alma.
Santiago Ferrer estaba ahí afuera, con su propio silencio cargado de amenazas y medias verdades.
Y Adrián… con una verdad que parecía dispuesta a devorarla.
El reloj marcaba cada segundo con la precisión de un verdugo, y mientras calzaba sus zapatos, la certeza era una sola: el juego apenas comenzaba.
Porque en esta ciudad de luces brillantes y sombras oscuras, nadie revelaba todo... y cada secreto a medias era una bomba de tiempo.
Isabela abrió la puerta y bajó veloz las escaleras, sin mirar atrás.
Y entonces, justo cuando tocó el último escalón, un susurro helado rozó su oído.
—¿Crees que sólo tú ocultas secretos?
Stupefacta, se volvió al instante.
Pero sólo la penumbra respondió.
Y esa noche, la ciudad aguardaba, despiadada, a que alguien pagara el precio.