Chapter 5
El brillo blanco de la pantalla seguía pulsando en la penumbra, como una sentencia que se clavaba en la piel.
Isabela sintió cómo un frío la atravesaba desde la nuca hasta la punta de los dedos. El mensaje era breve, implacable y sin margen para dudas. «Te estamos vigilando». La amenaza no necesitaba palabras grandilocuentes, ni elaboradas explicaciones. Solo esa frase bastaba para tumbar cualquier resistencia.
Sus ojos se desplazaron en la habitación desierta, buscando sombras ocultas, cualquier indicio de ser observada, pero el laboratorio privado del imperio Montoya estaba vacío, salvo por ella. El silencio era un personaje más en aquel instante, demasiado denso, demasiado pesado.
Un sutil zumbido de su teléfono móvil rompió la quietud. Lo sacó del bolsillo con manos temblorosas, pero con la firmeza que le exigía la situación. En la pantalla, solo un número desconocido y sin identificación.
—¿Quién…? —murmuró, pero en lugar de contestar, decidió dejarlo sonar hasta el final. No tenía sentido responder a alguien que amenazaba en la oscuridad.
La habitación se llenó de repente con pasos apresurados que se acercaban a toda prisa. La voz de Adrián irrumpió sin aviso, cortante y llena de la frialdad que siempre la ponía en guardia.
—¿Otra vez esas tonterías de mensajes anónimos? Si quieres que te tome en serio, empieza a comportarte como alguien inteligente y no como una niña que se asusta de su sombra.
Isabela giró para enfrentarse a él. En sus ojos, el cansancio de noches sin dormir, pero también la determinación firme de quien no está dispuesta a ceder.
—¿Tonterías? —jadeó, la voz con un filo penetrante—. No es un juego, Adrián. Hay alguien ahí fuera que sabe demasiado sobre nosotros, sobre el secreto que celebro como mi condena.
Adrián se cruzó de brazos, su mandíbula tensa, como si el simple hecho de mencionar ese secreto le recordara su propia herida abierta.
—Y tú, Isabela, ¿qué haces? —arremetió—. No te imaginas lo que está en juego. Quieres proteger a tu familia, pero te estás enredando en una telaraña que puede ahogarte.
El ambiente entre ellos chisporroteaba, una electricidad cargada de reproches, de resentimientos soterrados, de una tensión que escapaba a cualquier traducción amable. No eran nuevos en eso. Habían aprendido a chocarse, a lastimarse, a desafiarse. Pero esta vez, algo era distinto. Más brutal, más urgente.
Isabela dio un paso adelante, su cuerpo temblando, pero sus ojos fijos en Adrián.
—No me vas a decir cómo protegerlos —sentenció con voz temblorosa, arrancada por la ira contenida—. Ni tú ni nadie.
Adrián escupió un suspiro seco.
—¿Y qué planeas hacer tú? ¿Seguir jugando a mantener todo bajo control mientras alguien se acerca a destrozarlo?
Un silencio cortó el aire. Ninguno reparó en que la distancia entre ellos se reducía con cada palabra, con cada aliento entrecortado. De repente, el choque no era solo verbal. Era peleando por el poder de sus decisiones, por el dominio de un futuro que parecía escaparse.
Entonces, sin apartar la mirada, Isabela detectó algo en la mesa: un pequeño sobre blanco, arrugado y desplazado como si alguien se hubiera apresurado a dejarlo allí antes de que ella entrara.
El corazón le dio un vuelco. Lo agarró con dedos temblorosos, sintiendo el papel áspero bajo la piel.
Adrián la miró, expectante, con el ceño fruncido.
—¿Qué es eso? —preguntó con una mezcla de curiosidad y alerta.
Isabela sacó un papel doblado con garabatos apuradamente escritos, cifras y nombres que parecían no tener sentido, hasta que su mirada cayó en una serie de palabras tachadas que quedaron a la vista:
«Montoya… disolv… eviden… Andrés».
La palabra “Andrés” estaba subrayada tres veces, como una marca de fuego.
—Esto… esto no puede ser —murmuró ella, sintiendo cómo el mundo se oscurecía a su alrededor—. Es una pista. Alguien ha estado husmeando entre los secretos de nuestro padre… y la evidencia lleva a alguien con nombre propio.
Adrián dio un paso atrás, el semblante gris cubriéndolo como una sombra.
—¿Quién es Andrés? —su voz era más baja, casi un susurro lleno de miedo.
Isabela cerró los puños con tanta fuerza que las articulaciones dolieron.
—No lo sé. Pero si está ligado al imperio, a nuestra familia, y a ese mensaje que recibí… entonces estamos en un territorio mucho más peligroso de lo que imaginamos.
Un golpe seco resonó desde la puerta principal del despacho. Ambos se quedaron paralizados. La amenaza invisible se materializaba en aquel golpe inesperado, una advertencia física que sacudía la frágil fachada de su confrontación.
Isabela y Adrián se miraron, sabiendo que lo peor estaba por llegar. Alguien más había entrado en juego, y esa presencia había empujado su conflicto hacia un abismo todavía más oscuro.
La respiración de Isabela se aceleró. Su corazón latía con fuerza, cada pulso como un tambor de guerra retumbando en sus oídos.
Luego, justo cuando ella se disponía a abrir la puerta para enfrentar esa nueva amenaza…
Un sonido metálico resonó detrás de ellos: un clic seco.
Las luces parpadearon y se apagaron, sumergiéndolos en una oscuridad absoluta.
Un susurro gélido se deslizó al oído de Isabela.
—Te estamos vigilando, Isabela. No hay escape.
Y con esas palabras, la sombra que creían contenida empezó a moverse sin control.