Chapter 3
El aire en la habitación parecía haberse compactado, como si cada bocanada de oxígeno pesara toneladas sobre el pecho de Isabela. Todavía con el puño apretado contra su corazón, sintió el pulso galopar entre las sienes, un tambor incansable que no le permitía pensar en otra cosa más que en la gravedad del acuerdo firmado.
El papel entre sus dedos crujió con violencia cuando, finalmente, los soltó. Todo lo que había soñado para su familia pendía de un fino hilo, frágil como la tensión que se retorcía en sus entrañas.
Su mirada vagó por la habitación minimalista del departamento que había alquilado para estas semanas de negociaciones. Las líneas limpias y el mobiliario sofisticado parecían una burla en contraste con el caos que le revolvía el alma.
Un suspiro seco escapó de sus labios, pero no de alivio. La mandíbula se le tensó y la garganta se le anudó. La idea de haber puesto su destino en manos de Santiago Ferrer la hacía sentir un peso invisible, una carga que amenazaba con aplastarla a cada segundo.
—¿Cómo voy a explicarle esto a mamá? —murmuró para sí, con la voz quebrada—. ¿Cómo le voy a decir que he sacrificado hasta mi dignidad para salvarlos?
En ese mismo instante, el brillo metálico del teléfono sobre la mesa hizo que su pulso se acelerara de nuevo. No era un amigo, ni un familiar; era la misma línea por la que minutos antes había recibido órdenes y presiones veladas. Pero ahora, en el silencio de la habitación, el timbre sonaba como una campana de advertencia.
Isabela se obligó a recomponerse. Dejó la opresión con que había aferrado el contrato y tomó el móvil con manos temblorosas. Pero antes de atender, apretó los párpados, como si al cerrar los ojos pudiera conjurar fuerza de la nada.
Al abrirlos, la voz que emergió del otro lado la congeló por completo.
—Isabela... sabes que sé lo que hiciste.
El eco de esa frase retumbó en su mente. Su pecho se hundió y un escalofrío gélido le recorrió la espalda. Sin necesidad de palabras añadidas, entendió que su secreto, esa sombra que juró mantener oculta, ya no estaba tan enterrada.
El silencio que siguió hundió aún más la daga invisible.
—¿Quién es? —logró articular con voz entrecortada, aferrándose al cordón de seguridad que le quedaba.
—Alguien que sabe demasiado y que tiene planes para que pagues cada mentira.
El clic abrupto al cortar la llamada hizo que el móvil temblara en sus manos, vibrando con una amenaza muda.
Isabela sintió que el suelo se abría bajo sus pies. El aire comenzó a escasearle, y las paredes parecían cerrar el cerco, ahogándola en un laberinto sin escapatoria.
Una sola frase martillaba en su cabeza: su pasado estaba vivo, acechándola más cerca de lo que imaginaba, y quizás, esta vez, no habría marcha atrás.