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Chapter 2

Frío encuentro

El eco del beso quedó suspendido entre ellos, un silencio helado que parecía congelar el tiempo en aquel despacho inundado por la tenue luz del atardecer. La ventana a sus espaldas reflejaba su imagen: dos figuras enfrentadas, separadas por millas de distancia emocional, aunque el espacio físico fuera escaso.

Isabela sintió el peso de aquella mirada, densa y sin concesiones, que Adrián Montoya le clavaba como una daga invisible. Un escalofrío descendió desde la nuca hasta la punta de sus dedos. No era miedo, no exactamente; era una mezcla amarga de vulnerabilidad y desafío —un fuego que no se apagaba, aunque el frío lo quisiera invadir.

—¿Tus condiciones? —La voz de Adrián sonó como el roce cortante de un cuchillo sobre cristal. Inclinado hacia adelante, apoyó ambas manos en el escritorio, como si quisiera que el mueble interviniera como barrera, o tal vez para reforzar su propio dominio.

Isabela se enderezó, tomándose un segundo para limpiar la garganta. La tensión comprimía su pecho como una prensa metálica, pero ella sabía que titubear ahora sería la sentencia definitiva para su familia. Miró directamente a sus ojos, esa oscuridad transparente que parecía devorar la luz.

—Ningún término del contrato podrá comprometer a mi familia ni exponer lo que... es esencial para mí. —Su voz era firme, pero había un temblor apenas perceptible, como la cuerda del violín justo antes de romperse.

El silencio volvió. El único sonido era el tic-tac del reloj de pared, marcando el paso de los segundos que parecían eternos.

Adrián se apartó del escritorio, caminó lentamente hacia una pequeña mesa lateral donde reposaban dos copas y una botella de whisky caro. Sirvió un trago con movimientos calculados, y con un gesto imperceptible, le ofreció una de las copas.

—Para que quede claro, Isabela: el contrato que firmemos hoy es un juramento a la supervivencia mutua, no a la confianza ni a la bondad. —Su tono era un recordatorio gélido—. Mi empresa está al borde del abismo, y aunque necesite tu apellido y tus recursos, no toleraré ninguna sombra ni reserva oculta.

Isabela tomó la copa, sintiendo el calor del licor contrastar con la fría humedad de sus manos.

—No hay reservas. Solo protección. Nada de lo que me pidas encontrará obstáculo... siempre y cuando se respete lo que te he mencionado.

Adrián la observó de cerca, como midiendo cada palabra, como si intentara leer el mapa de su alma en el contorno de su rostro.

—Bien. Establezcamos la duración: tres años de matrimonio contractual. Residirás en la residencia principal, participarás en actos sociales, y las decisiones económicas serán conjuntas bajo mis directrices. En caso de ruptura anticipada, las penalizaciones serán severas. —Sus ojos se entrecerraron, mientras un ligero destello amenazaba con incendiar el ambiente—. ¿Aceptas?

Isabela sintió un nudo en la garganta. Era mucho, a la vez tan poco. Pero no podía permitirse dudar.

—Acepto —respondió, su voz esta vez una mezcla de desesperación y resolución.

Un destello de sonrisa cómplice cruzó fugazmente el rostro de Adrián. Ya desde el minuto uno, el juego había comenzado, y ninguno de los dos parecía dispuesto a entregar sus cartas sin batalla.

De repente, la puerta del despacho se abrió con un suave rechinar, y una figura delgada apareció en el umbral.

—Perdona la interrupción, señor Montoya, pero el señor Vargas está en la sala de reuniones. Urge confirmar detalles para la próxima junta.

Adrián asintió sin perder la atención en Isabela.

—Está bien, envíalo dentro. Pero antes... —Se volvió despacio, con una sonrisa ladina que hizo que a Isabela le temblara la piel—. Hay algo curioso que has dejado en el aire. No es común que alguien en tu situación imponga condiciones.

Ella frunció el ceño, la alerta creciendo como un alud inminente.

—¿A qué te refieres?

Adrián se acercó unos pasos más y bajó la voz, asegurándose de que solo ella oyera.

—Sé algo sobre tu pasado, Isabela. Algo que podría destruirte si sale a la luz. Y créeme, estoy en posición de hacer que eso suceda.

Sus palabras cayeron como un guijarro en un lago quieto, extendiendo círculos invisibles de inquietud y peligro. El aire pareció volverse más denso, la temperatura descendió un grado.

Isabela tragó saliva con dificultad.

—¿Y qué quieres?

Adrián se encogió de hombros, pero en sus ojos ardía un fuego oscuro.

—Por ahora, solo que cumplas tu parte del trato. Pero recuerda... el pasado no perdona. Y yo tengo toda la intención de recordar.

Antes de que ella pudiera responder, la puerta se cerró tras la figura en el umbral, dejando en el despacho solo el murmullo apagado de sus propias respira­ciones. La tormenta fuera ya no era solo una promesa. Era una realidad que se cernía sobre ambos, obligándolos a bailar en el filo de un abismo donde cualquier paso en falso podría ser fatal.

Isabela se llevó un puño al pecho, donde el latido insistía en recordarle que aquel contrato no solo unía papeles, sino destinos, secretos y vidas en un juego cuya apuesta máxima era la supervivencia.

Y ella estaba dispuesta a todo.