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Chapter 7

Una cena peligrosa

La luz tenue de los candelabros colgaba, temblorosa, sobre la mesa larga y pulida del comedor privado en la suite del Hotel Mandarina. Los ecos sutiles de un tráfico lejano se filtraban cautelosos entre las ventanas blindadas, como vigilantes invisibles de una ciudad que se negaba a dormir.

Aída apretó los puños bajo la mesa, sintiendo cómo el sabor metálico del nerviosismo le inundaba la boca. El leve temblor en sus dedos trataba de ocultarse tras el suave roce del mantel blanco. Lucas, a su derecha, parecía un faro de calma imperturbable, pero ella sabía que esa tranquilidad era solo un disfraz más, uno tejido con ambición y secreto.

Los invitados comenzaron a llegar: rostros pulidos con sonrisas calculadas, trajes caros y miradas que escondían cuchillos. El círculo cerrado de socios más cercanos de Lucas —aquellos que mantenían el imperio a flote o lo hundían en sus propias intrigas— se asentó en sus lugares como piezas dispuestas en un tablero de ajedrez.

Uno de ellos, Vicente Serrano, levantó su copa con un gesto cortés pero sin brillo en los ojos. “Es una reunión urgente, Lucas. Y no solo por la especulación en el mercado.”

Lucas asintió, sin perder detalle de la sala, sus labios curvados en una sonrisa que mordía con su invisible filo. “Sé que los rumores crecen, pero las apariencias a veces esconden la verdad más cruda.”

Aída lo miró, buscando la verdad en su expresión. Algo se le escapaba, invisible y oscuro, como una sombra moviéndose bajo el agua.

—La verdad —interrumpió Julia Ortega, la mujer que dirigía el área de inversiones— es que la caída de las acciones no ha sido natural. Hay manos detrás. Hablamos de sabotaje.

El silencio se volvió un aire denso, palpable. Los ojos discurrían entre ellos, buscando culpables, o tal vez aliados.

—¿Sabotaje? —Aída rompió el hielo con su voz, dulce pero firme—. ¿Y de qué forma? ¿Una filtración, un movimiento en la bolsa...?

Vicente mostró una sonrisa rápida, feroz. —Tu decreto de gastos ha sacudido demasiados nidos. Y alguien respondió a ese golpe con violencia. No solo nuestra capital está en riesgo: la confianza de nuestros inversionistas se desangra en cada comunicado.

Lucas se inclinó, sus huesos crujieron bajo el traje de diseñador. “Necesitamos saber quién está detrás antes de que este daño continúe. No podemos permitir que nuestro imperio, construido piedra a piedra durante décadas, se desplome por una vendetta o una jugada política.”

El sonido de cubiertos y copas se volvió más pesado, como si cada trago llevara carga de un secreto a punto de reventar.

—Hay quienes han leído las señales —murmuró Miguel, el consejero financiero—. Pinchazos en nuestras cuentas, movimientos no autorizados en las subsidiarias, y una protesta disfrazada de cliente molesto, nada casual.

—¿A alguien le importa la seguridad de sus datos? —Julia alzó una ceja, mirando de reojo a Lucas—. Creo que tenemos más enemigos dentro que fuera.

Los ojos de Lucas se endurecieron. “¿Quién?”

Un suspiro pesado fue la única respuesta. Nadie se atrevía a nombrar las verdades ocultas.

Aída sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Algo más que cifras y contratos estaba en juego. Las paredes de ese salón olían a traición, y cada palabra era una daga cubierta de seda.

El magnate se levantó, levantando la copa una vez más. “Entonces, hagamos un trato. Esta misma noche nos dividiremos en grupos y seguiremos pistas. Nadie sale de esta habitación sin una idea clara de quién está desangrando nuestro imperio.”

Los murmullos crecieron. Alguien más rompió el equilibrio.

—No podemos confiar en nadie —dijo Clara, voz baja—. Algunos aquí juegan en dos bandos.

La tensión se espesó hasta casi cortarla con las uñas.

Aída sentía la mirada de Lucas clavada en ella como una orden sin palabras. Estaba allí para protegerlo, para no dejar que la verdad les devorara, pero también para descubrir quién se escondía tras ese saboteo, porque su familia —su única familia ahora— dependía de ello.

La puerta del comedor se abrió de repente, y con paso firme entró un mensajero. Sus ojos brillaban con urgencia cuando extendió un sobre sellado con cera roja hacia Lucas.

—Esto acaba de llegar, señor Mendoza. Un paquete anónimo, encontraron dentro un dispositivo de almacenamiento.

Lucas rompió con un movimiento seco el sello. Extendió el pequeño pendrive sobre la mesa, casi pesando su significado en el aire. La luz del candelabro se reflejaba en el metal frío.

—Esto podría cambiarlo todo —masculló.

Los ojos atónitos de los presentes buscaban una respuesta, una verdad que desenterrar.

Aída tragó en seco. Frente a ella, Lucas presionaba el botón para abrir el archivo. La pantalla portátil proyectó un vídeo.

El rostro que apareció fue un golpe helado en el pecho.

Oscuro. Un nombre. Un rostro que ninguno había esperado jamás.

—¿Quién está detrás del sabotaje al imperio Mendoza? —la pregunta quedó suspendida en el aire, junto con la sombra que ahora amenazaba con derrumbarlo todo.