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Chapter 6

Primer choque

El ascensor se detuvo con un suspiro metálico en el piso veintidós, un susurro frío que pareció encerrar el aire en un cristal opaco. Aída salió sin mirar atrás, con las manos temblando y los labios apretados, como si quisiera cerrar allí la energía incandescente que minutos antes había encendido aquel despacho.

Lucas la esperaba apoyado en el borde del escritorio, los brazos cruzados, la mirada clavada en ella como una daga elegante.

—¿Así que no temes a nada? —su voz era un filo, serena pero punzante—. Me pregunto cuánto te queda de orgullo cuando esta alianza se tambalee.

Aída vaciló un segundo, sintiendo en la piel el olor a bourbon barato que inundaba la habitación, mezcla de poder y decadencia. No obstante, su pecho se infló con una determinación que le quemaba las entrañas.

—No vine aquí para rendirme —respondió ella, susurrando con una firmeza que casi parecía un desafío—. El contrato es claro, Lucas. Pero no significa que me trague tus reglas sin cuestionarlas.

El silencio que siguió fue una cortina gruesa, pesada de palabras no dichas. En sus pupilas oscuras retumbaba una tempestad. El hombre alzó un brazo y abrió la ventana, permitiendo que la brisa nocturna precipitara sin piedad la cortina y dejara al descubierto el pulso vivo de la ciudad que parecía devorarlo todo.

—El control es la única forma de sobrevivir aquí —afirmó, girando hacia el panorama urbano—. Y dudo que quieras ver qué hay cuando alguien pierde ese control.

El rostro de Aída se endureció, un temblor minúsculo recorriendo su mandíbula, como si se preparara para un combate que le arrebataba el aliento. Un frío eléctrico rozó sus dedos cuando se acercaron un centímetro más a la cristalera, tan cerca que casi podían oler el nervio del otro.

—¿Entonces crees que puedo ser un peón en tu tablero? ¿Una pieza sacrificable que acepta las reglas sin cuestionarlas?

Sus palabras colisionaron en el aire, vibrantes, llenas de un fuego que ningún contrato podría contener. Lucas la miró con algo que pareció sorpresa, aunque sus ojos no dejaron de brillar con una ferocidad contenida.

—No eres una peonza en el suelo, Aída —dijo con voz baja y cortante—. Pero tampoco te confundas: no soy un padre misericordioso que te protegerá siempre. Este juego es brutal y no te dejará heridas limpias.

La mujer tragó saliva. A su alrededor, las luces de la ciudad parpadeaban como estrellas falsas, reflejando la tormenta interior. Sus manos buscaron el respaldo de una silla, intentando anclarse a algo tangible.

—Entonces necesito saber si puedes soportar que alguien no se doblegue —su voz se quedó corta, pero en ella se coló un atisbo de desafío disfrazado de vulnerabilidad—. No busco una sombra que me cubra, sino un compañero que no me devore.

Lucas sonrió, un gesto amargo que no alcanzó a sus ojos.

—No busques compañeros en este mundo. Busca sobrevivientes.

Los dos se quedaron en silencio, encapsulados en una burbuja donde las palabras eran flechas lanzadas desde trincheras opuestas. La tensión era casi palpable, un filo invisible que les mantenía a ambos alerta y despiertos, mientras la ciudad seguía su ritmo indiferente, devorando secretos y sueños con la misma voracidad.

Aída dio un paso hacia él, recortando la distancia como si con ello quiso reducir el poder que el hombre parecía tener sobre su aliento.

—No vine para romperme —le dijo—, vine para descubrir la verdad que escondes detrás de esa coraza de hierro.

Lucas levantó una ceja, cuestionando más con el silencio que con las palabras, y por un instante, la profundidad de sus intenciones quedó al desnudo.

—¿Entonces qué quieres? —preguntó en voz baja, un susurro que rozó la intimidad del cuarto—. Porque este no es un pacto de amor ni de confianza. Es una alianza contradictoria que puede romperse con un solo tropiezo.

Aída no respondió. Se acercó hasta dejar solo un parpadeo entre ellos, el roce casi imperceptible de una barrera frágil. Sintió el calor de su cuerpo a través del fino tejido de la ropa, un calor que amenazaba con desatar tempestades escondidas.

—Quiero que esta alianza sobreviva —dijo, con una convicción que parecía arrancada de las cenizas—. Pero para eso debemos enfrentar lo que realmente somos: dos lobos en jaulas diferentes.

Lucas cerró la distancia de repente. Sus dedos rozaron la mejilla de Aída, un roce tan breve que podría haber sido un sueño o una amenaza.

—Entonces veremos si esos lobos aprenden a compartir la misma sombra.

Un silencio cargado de electricidad cayó entre ellos, y justo en ese instante, el sonido seco de un portazo lejano se coló en el piso. Las miradas se entrelazaron, sabiendo que fuera —o dentro— un nuevo desafío estaba por llegar.

¿Puede una alianza tan frágil sobrevivir a sus diferencias? El eco de esa pregunta se perdió entre la piel y el concreto, dejando la respuesta atrapada en el precipicio de lo inevitable.