Chapter 5
La luz tenue del pasillo apenas rozaba la figura de Aída, aún paralizada contra la puerta cerrada. Su pecho subía y bajaba con lentitud convulsa, como si intentara asimilar algo demasiado pesado para su corazón. El eco del cierre metálico retumbaba en sus oídos, una sentencia muda que enterraba cualquier esperanza de normalidad en esa estancia helada.
Un sudor frío le perlaba la sien. Pensó en el silencio que había seguido a la revelación, ese abismo que se había abierto entre la promesa y la realidad, entre lo que ella creía y lo que ahora sabía. ¿Cuánto de lo que él había tenido a su lado había sido pura simulación? El peso de la incertidumbre le aplastaba la espalda, pero necesitaba recomponerse. Había una función que cumplir.
Aída acomodó con firmeza la blusa, fingiendo que cada prenda encajada no era un muro erigido para ocultar la grieta que empezaba a abrirse en su alma. El reflejo en el espejo le devolvía una mujer con la máscara adecuada: imperturbable, impecable. Pero dentro, la rabia y la desconfianza danzaban en una coreografía silenciosa, peligrosa.
Bajó las escaleras del penthouse con pasos medidos, el talón golpeando con un ritmo que parecía marcar un aviso. Frente al ventanal que dominaba el skyline de la ciudad, Lucas Mendoza la esperaba, tallado en su traje oscuro, la expresión seria y los ojos de acero. Dos sombras enfrentadas, cada una evaluando el terreno donde crecería la batalla.
—Llegas tarde —comentó él con la voz seca y medidamente cortante, sin buscar excusas ni explicaciones.
Aída levantó la barbilla, su mirada fija en la suya, evitando cualquier fisura que pudiera delatarla.
—El tráfico estaba imposible —respondió, una mentira tan burda que parecía una burla a sus propias mentiras.
Lucas no reaccionó, su ceño se frunció apenas perceptible, buscando detalles en su postura, en el brillo de sus ojos, en esa invisible pulsión que anunciaba guerra.
—Aquí todo ocurre a horario, Aída —replicó. Su tono era un guante lanzado, un reto envuelto en terciopelo frío—. Este acuerdo no es para que juegues con el tiempo o la verdad.
Ella tragó con dificultad el nudo que amenazaba hacerse voz, pero entonces decidió no ceder. No hoy.
—No juego, Lucas —soltó con franqueza que le salió del alma, más mordaz que prevista—. Solo me niego a ser una ficha en tu tablero sin saber todas las reglas.
Un destello rápido cruzó el semblante de él, un fugaz destello de sorpresa. Luego volvió a su máscara habitual, aquella que ni el tiempo ni la vulnerabilidad lograban atravesar.
—Tus dudas no te harán más fuerte ni más libre —masculló, acercándose, la distancia entre ellos se redujo hasta que su aliento cálido le rozó la piel—. Pero veo que insistes en desafiar la única autoridad que garantizará que ambos salgamos vivos de este juego.
Por un instante, sus ojos se encontraron, y Aída notó algo más detrás de la fría dureza, una grieta diminuta donde asomaba una inseguridad inesperada, como si él también luchara con sombras ocultas.
—¿Qué autoridad? —replicó ella, en tono bajo, sin apartar la mirada—. La que se impone con miedo y control... no es autoridad, Lucas. Es cárcel.
Él sonrió, pero fue una sonrisa sin alegría, dura como el acero templado.
—Prefiero mil veces la cárcel al caos. Y ese caos incluye tus movimientos impredecibles.
Un silencio denso cayó entre ellos, un choque de titanes con las armas apuntando, dispuestos a disparar apenas un error apareciera.
Aída sabía que, a partir de ese momento, ninguna de sus palabras o gestos podría ser sinónimo de confianza. La fachada se había convertido en un escudo con bordes afilados, una danza peligrosa de máscaras y verdades a medias.
Luciendo una serenidad que estaba lejos de sentir, ella dijo:
—Entonces, dime, ¿cuál es la siguiente jugada? Porque te advierto que no pienso ser solo un peón.
Lucas dio un paso atrás, recuperando el control con un gesto calculado.
—Por ahora, observa —contestó—. Aprende a camuflarte en esta ciudad donde todo se compra... y todo se vende. Incluso las almas como la tuya.
El zumbido de sus palabras flotó en la habitación, mientras afuera las luces de los rascacielos titilaban, indiferentes a la tormenta oculta que crecía entre ellos.
Entonces, justo cuando la tensión parecía alcanzar un punto de no retorno, un golpe seco resonó en la puerta principal. Ambos se voltearon al unísono, sus miradas cargadas de sorpresa y alerta.
Lucas frunció el ceño, avanzado hacia la entrada con una rapidez inesperada, mientras Aída sentía como un frío metálico se deslizaba por su columna vertebral.
¿Quién sería a esas horas? ¿Aliado, enemigo, o el mensajero de un secreto peor que todo lo que ya sabían?
El sonido de la llave girando lentamente cortó el aire, y el mundo pareció contener la respiración en ese instante exacto.
¿Qué ocurriría cuando la puerta cediera ante ese toque inesperado? ¿Qué reacción tendría Lucas cuando Aída, contra sus advertencias, decidiera desafiar su autoridad abiertamente?
La ciudad esperaba, impasible bajo la luz mortecina del imperio, mientras dos almas marcaban el inicio de una guerra donde nada estaba permitido... y todo estaba en juego.