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Chapter 4

Secretos al descubierto

El aire vibraba entre ellos, pesado y cargado, como una tormenta a punto de desatarse. Aída sintió que los dedos que aún aferraban el contrato le temblaban, un temblor incontrolable que emanaba de algo más profundo que el miedo o la rabia. Lucas la miraba con una intensidad afilada, sus ojos oscuros desnudando capas que hasta ahora se habían ocultado tras su máscara impecable.

—¿Sabes lo que estás firmando? —su voz era un susurro ronco, rozando la línea entre la amenaza y la súplica.

Aída no respondió de inmediato. Su mente giraba en espiral, intentando asir el significado de aquellas palabras. Él no solo vendía poder o control; había algo enterrado en su historia, una ficha oculta en el vasto tablero del imperio Mendoza.

El silencio se rompió cuando una notificación vibró en el celular posado sobre la mesa de cristal. Ambos se miraron. Lucas alargó la mano y deslizó el dedo, desbloqueando la pantalla. Una serie de mensajes, imágenes y documentos cifrados aparecieron sin previo aviso.

—Esto no es para tus ojos —avisó, la voz cortante, pero había un dejo de resignación.

Aída, con el pulso acelerado, intentó apartar la vista, pero una curiosidad casi voraz la empujó a observar. Había fotos de una mujer desconocida, con un semblante cansado y ojos que reflejaban secretos y dolor. Al lado, un nombre: Mariana Mendoza. La conexión con Lucas era innegable.

—¿Quién es ella? —preguntó, apenas un hilo de voz, casi temblando.

Lucas tragó saliva. La coraza que siempre mostraba comenzó a ceder, como si la revelación fuera una prisión que ahora se abría para dejar escapar lo inaccesible.

—Mi hermana —dijo al fin—. Y con ella... todo lo que creías saber sobre mi familia cambia.

Un peso invisible aplastó el pecho de Aída. Mariana Mendoza no era simplemente un nombre en la genealogía perfecta del magnate; era la clave de un misterio que ahora amenazaba con desgarrar la imagen impenetrable de Lucas.

—Ella desapareció hace años —continuó, con la voz quebrada—. Oficialmente, un accidente. Pero en verdad... nunca se quiso que la verdad saliera a la luz. Yo sé lo que pasó, pero nadie más puede saberlo.

Las palabras resonaron en la habitación, provocando que el asfalto de sus certezas se desplomara bajo sus pies.

—¿Qué pasó? —preguntó Aída, con la voz más firme que pudo reunir, aunque el temblor seguía entrelazado en cada sílaba.

Lucas dio un paso atrás, como si en esa confesión estuviera derrumbando su propio refugio.

—Que la familia Mendoza guarda secretos que pueden destruir no solo a ella, sino a todos los que toquen esas sombras. Y ahora que estás aquí, a punto de entrar en este mundo... necesitas saberlo.

Los ojos de Aída buscaron en los suyos una señal, una pista, una mentira a la que aferrarse. Pero no encontró más que honestidad sumida en un mar de dolor y advertencia.

—¿Por qué me dices esto? —la pregunta escapó con un dejo de vulnerabilidad inesperada.

Una sonrisa triste se asomó en los labios de Lucas, breve y casi imperceptible.

—Porque eres la única que podría cambiar el destino de esta familia. Y también la única que podría enterrarlo para siempre.

La puerta del despacho se abrió de golpe. Una sombra invadió el umbral, y ambos giraron con el corazón en un puño.

—Se ha filtrado algo en prensa —anunció una voz masculina, tensa y apurada—. Hablan de la desaparición de Mariana Mendoza y sugieren que no fue un accidente... que alguien dentro del imperio tiene responsabilidad.

El silencio que siguió fue un estruendo ensordecedor. Aída y Lucas compartieron una mirada que resonaba con mil verdades no dichas.

La batalla que prometía el contrato apenas comenzaba, pero ahora las astillas del pasado y la traición que se ocultaba en la familia Mendoza eran las piezas maestras del juego.

¿Qué verdad oscura dormiría bajo la opulencia y el poder? ¿Y qué precio estaría dispuesto a pagar cada uno para que esa verdad jamás viera la luz?

La pesada puerta se cerró tras la última palabra, dejando el cuarto sumido en sombras, donde el aire se cargaba de incertidumbre y amenaza.

El secreto estaba despierto, y con él, la tormenta que arrasaría todo a su paso.