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Chapter 3

Una alianza con condiciones

Las sábanas de la habitación parecían crispadas, como si absorbieran la tensión que Aída arrastraba en los huesos desde hacía horas. El eco de la voz de Lucas resonaba en su mente, firmante, implacable, tan frío como el cristal de la ventana por donde la luz del atardecer comenzaba a filtrarse con una caprichosa indiferencia.

—¿Está segura de lo que está a punto de hacer? —había preguntado él, con aquella mirada afilada que parecía perforar su alma—. No es solo un contrato. Es un pacto de supervivencia.

Aída se obligó a respirar hondo, a reconstruirse desde la debilidad hasta la firmeza. La noche anterior, cuando Lucas Mendoza le había extendido ese documento con letras tan pequeñas y un aroma metálico a poder, su pecho había dejado de latir con normalidad. Ahora, cada fibra de su ser gritaba que aquella decisión cambiaría todo.

Ella se levantó de la cama con una determinación que aún le parecía ajena. El silencio era casi un grito en la habitación alta del penthouse, y en la cocina, el aroma amargo del café ayudaba a mantenerla despierta, alerta.

La puerta se abrió con suavidad y él entró, impecable, con el traje azul oscuro que lo hacía parecer un general en un campo de batalla invisible.

—¿Ha pensado bien en las cláusulas? —su voz era un susurro, pero cada palabra latía con la amenaza de un martillo—. No habrá espacio para errores.

Aída replicó sin vacilar, su voz un filo cortante:

—Voy a firmar porque no me queda otra opción. Pero no seré una marioneta. Quiero reglas claras, Lucas.

Él alzó una ceja, divertido.

—¿Reglas? Esto es un contrato de conveniencia. No un cuento de hadas.

—Justamente por eso —interrumpió ella—. Quiero limites, necesito saber hasta dónde puedo llegar sin perder lo poco que queda de mi dignidad.

Lucas se acercó, deteniéndose a un suspiro de distancia. La tensión que flotaba en el aire podía cortarse con un cuchillo invisible.

—Habla.

—Primero: nada de besos, nada de caricias no solicitadas. Esto es una alianza fría.

—¿Y la convivencia? —preguntó él, cruzando los brazos, divertido—. Compartiremos techo.

—Pero no compartiré cama contigo; cada uno en su habitación.

Lucas ladeó la cabeza, repasando mentalmente ese punto.

—Lo acepto si tú también cumples.

Aída percibió un destello, momentáneo, de vulnerabilidad tras la máscara imperturbable del magnate. Un hombre que entendía sus límites, quizás incluso los respetaba, aunque nunca lo admitiría.

—Segundo: habrá transparencia en nuestros movimientos con respecto a la empresa y la familia.

—¿Confianza? —él preguntó con ironía contenida.

—No. Control. Si voy a caminar por esta cuerda resbaladiza, necesito asegurar mis pasos.

Lucas se sentó en el borde del sofá y le ofreció el bolígrafo con un gesto casi paternal.

—Tercero: la independencia. A pesar del contrato, mantendré mi vida, mis proyectos, mis amigos. Nada de aislamiento.

—Si quieres no convertirte en prisionera —murmuró ella.

Firmaron el documento con la solemnidad de dos almas que se ataban sin afecto, sin esperanza. Dos extraños que apenas podían mirarse sin desencadenar un campo minado de emociones soterradas.

Cuando el sol se ocultó por completo, dejando un manto oscuro sobre la ciudad, Lucas se levantó y se desplazó hacia la ventana. Aída lo observaba, desconfiada, intentando descifrar ese impenetrable muro que él levantaba a su alrededor.

—¿Podrás resistir convivir conmigo, Aída? —la voz le salió más baja de lo que pretendía, casi una oración.

Ella se mordió el labio inferior, sintiendo cómo un escalofrío recorría su espalda.

—Eso depende… de cuántas máscaras estés dispuesto a caer antes que yo.

Un sofá, dos vasos aún con gotas de whisky, la tensión que no se disipaba.

Y el peligro latente de una alianza marcada por condiciones que podrían ser tan frágiles como un cristal a punto de estrellarse.

La puerta del penthouse vibró súbitamente con un golpe seco que retumbó en sus pechos.

Ambos giraron al unísono, atrapados en el instante exacto en que todo lo construirían o destruirían.

El contrato firmado temblaba entre sus manos, prometiendo que la verdadera batalla apenas comenzaba.