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Chapter 2

Propuesta inesperada

El eco del golpe reverberó en la pared blanca y silenciosa como un presagio. Aída se quedó paralizada unos segundos, el corazón golpeándole con fuerza en el pecho, mientras sus dedos temblorosos rozaban la copa de cristal intacta sobre la mesa.

El sobresalto se instaló en cada fibra de su cuerpo. El sudor frío le perlaba la nuca, la respiración se volvió errática, y el mundo se redujo al sonido firme, insistente, que golpeaba la puerta. ¿Quién…? ¿Por qué ahora?

Aída se llevó la mano al pecho, conteniendo el impulso de huir, pero la curiosidad y ese extraño poder que encendía el contenido del sobre la atrapaban. Con un suspiro, alzó la cabeza y, con pasos cautelosos, avanzó hasta la puerta.

Cuando la abrió, no apareció nadie. Solo un hombre al abrigo de la penumbra, con un traje oscuro perfectamente ajustado que absorbía la escasa luz del pasillo. Era él. Lucas Mendoza.

Sus ojos eran dos pozos profundos que contenían todo un mundo siniestro: poder, ambición… y una tristeza contenida que hacía aún más difícil el desafío que significaba. Sin decir nada, dejó caer una cartera sobre la mesa, donde la copa seguía temblando.

—Señor Mendoza —Aída intentó mantener la voz firme, aunque sus manos traicioneras delataban la ola de nervios que la invadía—, no esperaba que volviera.

Lucas esbozó una media sonrisa; sus labios se curvaron apenas, como si escondiera un secreto solo para él. Avanzó dentro del salón sin permiso y cerró la puerta con un leve clic que amplificó los latidos del corazón de Aída.

—No hay necesidad de sorpresas, Aída —dijo con voz baja, firme—. Vine porque esta ciudad no da segundas oportunidades, pero sí contratos.

La tensión creció, espesa como un humo denso que se enredaba en la garganta de ella. Lucas sacó del bolso un documento encuadernado en piel y lo deslizó sobre la mesa con una elegancia fría.

—Esto es lo que te propongo —susurró, con una mirada que no admitía réplica—. Un matrimonio por contrato. No una farsa, ni un capricho: una alianza.

Aída observó el papel, sus letras impresas parecían brillar con el resplandor artificial del despacho. Cada cláusula era un muro de condiciones, cada palabra un reto.

—¿Un matrimonio? —repitió, como si el concepto le cayera de golpe en la boca—. ¿Por qué yo? ¿Qué ganas tú con esto?

Lucas levantó la vista y sus pupilas se oscurecieron. Una sombra cruzó su expresión, un dolor contenido que hacía vibrar la atmósfera.

—Porque tú tienes algo que yo necesito proteger —respondió con frialdad—. Y yo tengo recursos para mantener a tu familia a salvo.

El silencio se apoderó de la habitación, y la pregunta resonó sin respuesta en el aire cargado: ¿Qué oscuras redes envolvían ese contrato? Aída sintió que pisaba terreno desconocido, un campo minado donde cada paso podía ser fatal.

De pronto, Lucas se acercó, su presencia llena de un imponente magnetismo.

—Sé que estás arrinconada, que nadie más jugó a tu favor —murmuró cerca de su oído—. Esto no es solo un trato de papel, es una oportunidad para los dos.

El perfume amaderado que lo envolvía la aturdió, mezclándose con el aroma del café olvidado en la mesa. Aída dio un paso atrás, sin separar la mirada de él, tratando de distinguir qué había detrás de esa fachada impenetrable.

—Pero me estás pidiendo que entregue mi libertad —se quejó, la voz temblando entre la furia y la desesperación—. Que te entregue un pedazo de mi alma a cambio de una mentira.

Lucas ladeó la cabeza, y por un instante, la máscara se resquebrajó.

—A veces, para ganar lo que importa, hay que sacrificar lo que creemos esencial —dijo con un dejo de dureza—. No te pido que confíes en mí, sólo que confíes en que quiero arreglar esto. Para los dos.

El reloj marcó el paso cruel de los segundos. Aída cerró los ojos, sintiendo el peso de toda una vida encajada en ese instante decisivo.

La pregunta que nadie osaba formular pendía en el aire como un filo invisible: ¿Qué oculta realmente Lucas detrás de esta propuesta?

Antes de que pudiera responder, un sonido seco cortó la tensión. El zumbido débil de un mensaje entrante iluminó el celular que reposaba en la mesa.

Con los dedos aún temblando, Aída alcanzó el aparato y vio un texto sin remitente:

“No te dejes engañar. No es lo que parece.”

El aliento se le quedó suspendido en la garganta.

Lucas la observó, su semblante impenetrable.

—¿Quién te está advirtiendo? —preguntó con un tono que apuntaba más a un desafío que a una curiosidad.

Aída giró el teléfono para mostrarle el mensaje, mientras dentro de ella una tormenta comenzaba a desatarse, y sabía que su vida jamás volvería a ser igual.

El contrato, el hombre, el mensaje… todo formaba parte de un tablero mortal y letalmente complejo.

Y la partida apenas había comenzado.