Chapter 7
### Capítulo 7 Aliados Improbables
El eco metálico del choque aún vibraba en mi muñeca, la electricidad residual de aquel impacto recorriéndome la piel como una mordida helada. Respiraba con dificultad, la garganta rasposa, líquida de adrenalina y polvo. A mi alrededor, la penumbra parecía retorcerse, una serpiente que se enroscaba en la refracción errática de los neones rotos.
—¡Mierda! —gruñí, apartando de un empujón a mi agresor mientras mis dedos buscaban, temblorosos, el plexo de cables que aún amenazaban con asfixiarme.
Un cuerpo cayó al suelo con un golpe sordo, arrastrando consigo una ráfaga de chispas que brotaron como pequeñas estrellas moribundas. Estuve a punto de caer también, pero la gravedad era la última preocupación. Tenía que entender qué demonios estaba pasando.
Del roto silencio emergió un susurro áspero, incompleto, como un rumor arrastrado por la ciudad:
—¿Leandro? —una voz, rota por el tiempo y la cautela, se deslizó hacia mí desde las sombras.
Alcé la vista y lo vi: una figura encapuchada, cuerpo esculpido por cables expuestos y tatuajes lumínicos que titilaban tenuemente—
—No es el momento para preguntas, ¿verdad? —su voz rasgó la tensión como una hoja de obsidiana—. Pero vienes buscando respuestas del pozo más oscuro.
Algo en sus ojos me congeló un instante, un brillo que no pertenecía al mundo de datos y circuitos, sino a la desesperación de quien ha sobrevivido demasiado.
—¿Quién eres? —exigí, mientras la sombra detrás de ellos se movía con sincronía, revelando a otros más.
Éramos cinco en total. Cinco sombras que respiraban en sinfonía con el pulso errático de Neo-Terra. No eran agentes de Cassandra, y eso era... un alivio efímero.
La figura alzó una mano, una señal de paz y advertencia. El murmullo eléctrico en la habitación se intensificó.
—Nos llamamos "Los Vértices". —pronunció con solemnidad—. Luchamos contra la misma prisión metálica que te ata, Leandro. No somos tus enemigos.
Por un momento, la respiración se me quedó entrecortada por la incredulidad.
—¿Los Vértices? —musité, recordando fragmentos de leyendas urbanas y rumores enterrados en las redes más oscuras.
—Sí —asintió la encapuchada, y entonces el tono se tornó urgente—. Pero no somos santos. Ni héroes con espadas brillantes. Somos sobrevivientes, usando las grietas de este sistema para abrir puertas que Cassandra no quiere que veas.
Un zumbido intenso, acoplado al latido irregular en mis sienes, me hizo parpadear.
Mi implante latía con un ritmo que jamás había sentido antes, hilo fino entre conciencia y máquina.
—¿Qué quieren de mí? —pregunté, aferrándome a la última pizca de demencia.
—Queremos que elijas bando —contestó un hombre con una cicatriz que recorría diagonalmente su frente, como un mapa de guerra—. No solo en esta pelea, sino en la guerra por recuperar lo que nos han arrebatado: nuestras mentes, nuestra libertad.
Uno de ellos se acercó y me tendió una mano firme, pero no para ayudarme, sino como prueba tangible de un contrato invisible.
—Ven con nosotros. Te mostraremos la otra cara de Neo-Terra. Esa donde la voluntad no se compra ni se implanta.
Di un paso hacia adelante, el corazón golpeando con fuerza en mi pecho, el frío de los cables que aún colgaban a mi lado contrastando con la caloración del peligro.
¿Podría confiar en ellos?
¿O sería otra capa de la trampa de Cassandra, otro virus disfrazado de salvación?
La habitación se volvió un tablero de ajedrez, cada sombra, cada mirada, cada respiración decidía mi próximo movimiento.
Y mientras la ciudad rugía afuera, bajo un cielo digital teñido de neón y miedo, me enfrentaba a la elección más humana y despiadada: aferrarme a la luz en esta oscuridad mecánica... o desaparecer para siempre en la conciencia de Chromática.
Un ruido inesperado me hizo girar sobre mis talones.
Un contacto llegó a mi implante, un mensaje cifrado tintineando en una lengua desconocida.
Ellos también lo vieron.
Los ojos se entrecerraron, los músculos se tensaron.
—Algo nos sigue —susurró la encapuchada—. No tenemos mucho tiempo.
La puerta se cerró tras nosotros con un golpe que resonó como sentencia.
Y allí, en medio de la sombra, la línea entre aliado y enemigo se volvió un espectro difuso.
¿Podríamos salvarnos juntos, o era ese el principio de nuestra destrucción?
El pulso de mi implante se aceleró en sincronía con mi propio latido.
El juego apenas comenzaba.