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Chapter 5

Fragmentos de un Pasado Oculto

Capítulo 5: Fragmentos de un Pasado Oculto

El click seco resonó en mi nuca, arrancándome de la niebla que había empezado a devorar mi conciencia. Mi piel se erizó. Cada fibra de mi ser estaba atrapada en una tensión insoportable, como si el aire mismo se hubiera espesado hasta hacerse tangible, cargado de electricidad latente. La división entre realidad y código se desdibujaba aún más.

Me giré con lentitud, con la respiración entrecortada, buscando esa fuente invisible que había susurrado en las sombras de la red neuronal. Pero no había nada. Sólo el zumbido constante de mi implante, latiendo como un corazón artificial dentro de mi cráneo.

Era un latido que no debía ignorar.

—¿Hola? —mi voz parecía un fantasma, rota y ronca como si no hubiera pronunciado palabra alguna en días.

Mi habitación, inundada por la luz fría y parpadeante de múltiples pantallas, parecía el único refugio tangible que me quedaba. El olor metálico a circuitos y la humedad empañada de un vaso olvidado se mezclaban con el tenue aroma a ozono, un extraño perfume de distopía tecnológica que ahora me envolvía como un sudario.

Me senté en el borde de la cama y clavé la mirada en el holograma principal: una malla digital que mostraba fragmentos dispersos de datos, conexiones y rostros pixelados que destellaban brevemente; todos ellos relacionados con la última ubicación conocida de mi hermano, Darío.

Había rastros —crípticos, encriptados— que alguien había dejado para mí. Como si supieran que llegaría hasta aquí. Mi corazón comenzó a golpear con fuerza ciega.

—No puede ser… —susurré—. No puede estar tan cerca y a la vez tan enterrado.

Extendí mi mano temblorosa hacia la interfaz táctil, deslizando dedos que se sentían torpes en el frío cristal virtual. Pequeños fragmentos de un pasado que se negaba a quedarse dormido empezaban a reaparecer.

Imágenes vívidas inundaron mi visión: flashes de una infancia rota, risas lejanas de un hermano que ya no reconocía, y luego... un silencio atroz.

Cada fragmento era una pista, una pieza rota que me obligaba a reconstruir un rompecabezas que había dado por perdido. Una mezcla entre lo digital y lo emocional que casi me quebró.

—¿Por qué me ocultaron esto? —musité, sintiendo la presión en mis sienes—. ¿Qué esconden?

Una alerta súbita me sacudió. Una señal vibrante y sutil, oculta en las capas más profundas del código de mi implante. Un nuevo archivo, cifrado, pero con un patrón familiar. Mi cerebro, al borde del colapso, se aferró a esa luz en la oscuridad.

No tuve dudas. Activé el archivo.

La pantalla parpadeó, y luego una voz comenzó a reproducirse. Era tenue, cargada de estática, pero inconfundible. Era... Darío.

—Leandro... si estás escuchando esto, significa que todo salió mal. Estoy atrapado aquí, entre esta simulación y la realidad. Cassandra... ella no solo nos controla—su voz se quebró como un suspiro—. Ella quiere más. Quiere que perdamos lo que nos hace humanos.

El eco de su voz terminó en un susurro que se transformó en silencio absoluto.

Pero justo cuando iba a exigirle que continuara, una interferencia brutal cortó la transmisión. Mi implante vibró con una intensidad que me clavó en la silla.

El peligro ya no era lejano. Estaba aquí, latiendo dentro de mí, acechando con la promesa de borrar todo lo que quedaba de mi hermano... y de mí mismo.

La cuenta atrás hacia un nuevo despertar o una completa destrucción había comenzado.

Y todo dependía de la siguiente grabación.

—¿Qué revelarás, Darío? —susurré, con más miedo que esperanza—.

La pantalla titiló. Un último archivo, invisible a simple vista, apareció.

El precipicio de la verdad estaba ante mí.

Me lancé a él, sin saber si hallaría redención... o condena.