Chapter 7
El eco del golpe aún reverberaba en sus oídos cuando la luz de la habitación pareció intensificarse, como si la realidad misma desnudara sus secretos. Valeria permanecía congelada, los labios temblorosos, la piel ensombrecida por el miedo que ya no podía negar. Aquella figura en la penumbra, la que había irrumpido en su vida con la violencia de una tormenta inesperada, era más que un nombre: era la sombra que acechaba cada paso de su existencia.
Ignacio Salazar emergió lentamente de las sombras, su presencia imponente y su mirada clavada en ella con la frialdad indomable de un depredador. No había duda en su postura, ni respeto en sus ojos rasgados: solo el cálculo cruel de alguien acostumbrado a ganar partidas sin importar el costo.
—Valeria Duarte —su voz era un susurro venenoso, pero con la fuerza de un trueno —. He esperado mucho para conocerte en persona.
El aire se cargó con un aroma metálico, como si la tensión misma oxidara el ambiente. Valeria era consciente de cada latido de su corazón, que ahora sonaba como un tambor de guerra en sus oídos. Detrás de ella, la puerta cerrándose a golpes daba el signo final de la encerrona que estaba a punto de consumarse.
—¿Quién eres? —la pregunta brotó de sus labios con un hilo de voz, casi roto.
Ignacio avanzó un paso, y con ese gesto hizo temblar el universo de certezas que Valeria había construido hasta ese momento. Sus ojos, oscuros como un abismo sin fondo, parecían devorar la habitación hasta dejar la habitación vacía de secretos.
—Soy el peor enemigo que jamás imaginaste —dijo con una sonrisa que no llegó a los ojos—. El que conoce cada ficha caída, cada error oculto de Alejandro Ferrara y, por supuesto, el tuyo también.
Valeria sintió un torrente de adrenalina inundar su cuerpo. La familiaridad con el nombre de Alejandro era la argamasa que mantenía su frágil equilibrio, pero ahora esa cadena parecía oxidarse en sus manos.
—No sabes nada de mí —replicó, intentando recuperar el control, pero sus palabras carecieron de la contundencia con que las había planeado en su mente mil veces.
Ignacio se inclinó con insolencia hacia adelante, acercando su rostro hasta casi rozar el de ella. El contacto fue una descarga eléctrica que hizo que un escalofrío se le deslizara por la espalda.
—Eso es donde te equivocas —susurró siniestramente—. Sé más de lo que imaginas. Y hoy vengo a ofrecerte una propuesta, o mejor dicho, una advertencia.
El peso de esas palabras golpeó a Valeria con una fuerza brutal, porque en ese instante comprendió que Ignacio era más que un rival de negocios. Era quien tenía el poder de derribar todos los muros que había construido en torno a su familia y su propia identidad.
Del otro lado, en el velo de la noche que se colaba por la ventana, un sonido metálico resonó. Valeria giró la cabeza sin perder de vista al hombre que acababa de irrumpir en su vida.
—¿Qué clase de propuesta? —preguntó, tratando de mantener la voz firme, aunque el temblor en sus manos delataba lo contrario.
Ignacio esbozó una sonrisa llena de malicia y triunfalismo.
—El tipo que te podría destruir con un susurro tiene la sencillez de presentarse en persona para asegurarse de que entiendas bien el peligro. Sé que tu familia guarda un secreto devastador, uno que podría arrasar con todo lo que amas. Ese secreto... lo conozco.
Las pupilas de Valeria se dilataron mientras la realidad se deshacía a su alrededor. El mundo que ella se había esforzado por proteger comenzaba a resquebrajarse, y en el centro de ese terremoto estaba Ignacio, sosteniendo la primera grieta que iba a llevarlo todo a la deriva.
—¿De qué hablas? —las palabras escaparon como una súplica, pero en su interior se armaba una tormenta de rabia.
Ignacio retrocedió un paso, cruzándose de brazos con una calma soberbia que desafiaba a cualquier intención de huida.
—Habló el hombre que no tiene nada que perder, y eso es lo que te convierte en un peligro. Tengo pruebas, documentos, nombres y fechas —una carcajada oscura brotó de su garganta—. El pasado de los Duarte saldrá a la luz, Valeria. Y tú no podrás detenerlo.
El aire mismo parecía haberse congelado con la amenaza que lanzaba al viento. Valeria aspiró con dificultad, tratando de ordenar sus pensamientos, buscando en lo más profundo de sí la fuerza para enfrentarse al monstruo que se presentaba ante ella. La sombra del futuro oscuro se alargaba ante sus ojos como un precipicio sin fondo.
Ignacio dio un paso atrás, como midiendo el terreno antes de lanzar la daga definitiva.
—Esta vez no es un juego de contratos ni alianzas. Esto es una guerra. Y yo ya tengo la ventaja.
Un silencio estalló en la habitación, pesado como una losa. Valeria se pellizcó el brazo, recordando que todo aquello no era un sueño ni una pesadilla pasajera. Era la cruda realidad que la obligaba a decidir qué estaba dispuesta a sacrificar.
Entonces, en el borde del abismo, el teléfono vibró. La pantalla mostraba un mensaje desconocido.
Ignacio sonrió de medio lado.
—¿Quieres saber quién está del otro lado? O, mejor aún, ¿quieres conocer lo que ellos saben? Porque la verdad, Valeria, es que el juego acaba de empezar, y yo ya gané la primera ronda.
Ella miró el teléfono, con la certeza de que esa pantalla pequeña contenía la última línea entre la salvación y la destrucción total.
Y en ese instante, la puerta del despacho se abrió de golpe, revelando una silueta inesperada que cambió el aire en un segundo.
—No tan rápido, Ignacio —una voz profunda y firme enterró la tensión en un nuevo conflicto.
El rostro del enemigo seguía siendo una amenaza, pero ahora la batalla se había vuelto aún más personal.