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Chapter 6

Una amenaza oculta acecha

El silencio sagaz se apoderó de la casa, pesado y absoluto, después del estruendo de la puerta cerrándose. Valeria se quedó paralizada, el corazón tamborileando tan fuerte que parecía querer derribar sus propias costillas. Afuera, la ciudad continuaba con su ritmo frenético, pero dentro, un frío gélido le recorría la columna vertebral.

—¿Qué fue eso? —susurró, sin atreverse a romper del todo el silencio, sabiendo que cualquier sonido podía delatar su presencia.

Sus dedos temblorosos se aferraron a la barandilla mientras bajaba las escaleras casi sin hacer ruido. Cada paso era una incógnita, una amenaza lumínica que podía romper esa calma aterradora. En el vestíbulo, las sombras se alargaban, deformando muebles y paredes hasta convertirlos en monstruos que sólo existían en su mente.

Entonces, un olor a quemado le viajó por la nariz, sutil y penetrante. No era humo aún, pero algo estaba fuera de lugar. Sus ojos se posaron automáticamente en la cocina abierta al ala norte y vio un hilo de humo que escapaba por debajo de la puerta. Instintivamente, fue a abrirla.

Al entrar, la escena la dejó sin aliento. El horno estaba abierto, la llama mortecina parpadeaba hacia el techo y, en el suelo, un charco negro se expandía desde lo que alguna vez había sido un paquete cerrado. Un líquido oscuro y maloliente que parecía resto de algo inflamable.

—¿Intento de sabotaje? —murmuró, jadeante, mientras su mente encendía todas las alarmas.

Sus dedos rastrearon su teléfono en el bolsillo del vestido, pero antes de que pudiera marcar a Alejandro o a seguridad, un ruido seco proveniente del salón la hizo girar de inmediato.

—No estás sola —dijo una voz profunda e implacable que su piel reconoció al instante.

Ignacio Salazar emergió de entre las sombras, sus ojos fríos y afilados como cuchillas. Una sonrisa torcida en sus labios, más amenaza que gesto amable.

—Creí que te había advertido, Valeria —sentenció, avanzando un paso, el peso de su presencia llenando cada rincón—. Pero parece que no entiendes el peligro de mantener tus secretos en esta casa.

Valeria tragó saliva, el nudo en su garganta enredándose hasta el límite. —¿Qué quieres, Ignacio?

—Lo que siempre he querido —respondió sin vacilar—. El imperio Ferrara a mis pies, y tu caída como baluarte de su orgullo.

Sus miradas se clavaron en un duelo silencioso, palabras no dichas que pesaban tanto como el aire enrarecido que respiraban.

—No permitiré que destruyas a mi familia —replicó ella con un hilo de voz, alzando la barbilla como si quisiera mostrar una fortaleza que no sentía.

Él rió, una carcajada baja, cruel, llena de las sombras del pasado.

—Mi querido Alejandro subestima cuánto daño puede hacer un secreto guardado demasiado tiempo. Y tú, valiente Valeria, estás a punto de descubrir que algunas alianzas se forjan en el fuego de la traición.

Un trueno lejano retumbó al otro lado de la ventana, como si el cielo mismo anunciara la tormenta que se avecinaba.

—¿Quién está detrás de esto? —preguntó Valeria con urgencia, señalando el charco negro todavía humeante.

El ceño de Ignacio se frunció, su voz se aceleró sin poder evitar un dejo de sorpresa —No es obra mía... al menos, no directamente.

La tensión creció como una bestia hambrienta, acercándose a un punto de ruptura brutal.

—Entonces, ¿quién? —insistió Valeria, el miedo y la furia luchando por dominarla.

Ignacio la miró fijamente, sus palabras cayendo como una sentencia.

—Alguien que creí muerto... alguien de tu propio pasado.

Un ruido seco nuevamente, esta vez detrás de ellos, como una sombra que se desliza con la intención de destruir.

Valeria sintió cómo el mundo se desmoronaba bajo sus pies cuando una figura emergió de las sombras, revelando una identidad que ella había enterrado para siempre.

El corazón de Valeria latió con fuerza imposible, sus labios se abrieron para gritar, pero el impacto la dejó muda. La traición ahora tenía rostro, y el juego apenas comenzaba.

La amenaza ocultaba su nombre en la penumbra, pero la verdad estaba a punto de salir a la luz.

Y cuando lo hiciera, nada volvería a ser igual.