Chapter 7
Capítulo 7 Ecos del Pasado
El eco del golpe seguía retumbando en su pecho, como un tambor lejano que marcaba un pulso siniestro. Kael cayó de rodillas, la sangre tibia le manaba de la ceja raspada, manchaba el frío suelo de piedra que parecía absorber hasta el último fragmento de su fuerza. El aire estaba denso, impregnado con el aroma metálico de la sangre y ese suspiro ahogado que dejan las heridas no sólo del cuerpo, sino también del alma.
Sus dedos, entumecidos y temblorosos, rozaron las fisuras del pavimento, buscando un ancla. Pero sólo encontró las grietas vacías, reflejo exacto de su pecho quebrantado. El mundo a su alrededor se diluyó en una confusión gris, se redujo a un latido único, profundo, insoportable: la traición.
Y con ella, la memoria afilada como un filo frio se abrió paso.
El rojo del atardecer cremó el horizonte. El bosque que rodeaba Lunarcrest parecía más negro que nunca, como si esas sombras habitadas guardaran un secreto de muerte y desgarro. Kael caminaba entre ellos, vigilante y errante, sintiendo la presencia de algo al acecho. Las hojas secas crujían bajo sus botas, un sonido que jamás sería olvidado. Aquel día, mil lunas atrás, cuando la confianza se convirtió en fuego, cuando la sangre clamó justicia sin ser escuchada.
Había llegado la traición en silencio, disfrazada en palabras suaves y miradas falsas. Alden Vraem, su hermano de sangre y enemigo, dio la embestida mortal no con garras, sino con veneno en la alianza. Kael recordaba la reunión en la caverna oculta bajo la vieja roca gris, el lugar donde sus cuerpos y destinos se entrelazaban en pactos ancestrales.
—Todo será como antes —había dicho Alden, sus ojos negros destellando con la promesa de mentira—, devolverte lo que te arrebataron. Pero la verdad era otra, un nudo oscuro aprisionando sus entrañas—. El poder que buscas te hará olvidar las cadenas... si me sigues.
Kael sintió entonces cómo la tierra se desmoronaba a sus pies. No era sólo el peso de la traición… era la caída de su familia, de su manada, ese día que los lobos cantaron por última vez junto a las lunas. La luna llena brillaba ciega, testigo mudo de la corrupción que corrompió todo.
Su madre, su padre… voces lejanas que aún resonaban en el viento gélido, susurrando castigos y despedidas.
Un escalofrío lo recorría, un temblor que ni la fuerza del Alfa podía contener. Los colores del recuerdo se mezclaban: gritos, aullidos destemplados, lamentos desgarrados, el calor ardiente del fuego devorando la aldea. Alden marchándose entre llamas, implacable, dejando atrás ruinas y cadáveres con ojos vacíos. La traición había nacido del amor roto, un pacto fracturado por la ambición.
—¿Cómo confías en quien te hundió la daga en la espalda? —la voz susurrante de la culpa arañaba la mente de Kael.
En ese instante, la fría realidad volvió a rugir alrededor, la sombra de Alden no se había desvanecido con los años. Estaba aquí, tan cerca, demasiado cerca. Su retorno no era casualidad ni olvido. Era una amenaza encendida, un llamado a la venganza que erosionaba la piel y los huesos.
Kael se incorporó, las piernas firmes aunque temblorosas, sintiendo la linfa salvaje de su linaje fluyendo entre sus venas como fuego helado. El peso del pasado apretaba, sí, pero también lo empujaba hacia adelante. Porque si algo había aprendido entre las ruinas, era que la redención no era ciega.
Y en algún lugar entre la desesperanza y la ira, la duda hacía eco.
¿Sería posible perdonar cuando el enemigo vuelve tan cerca?
Una ráfaga helada sopló desde los árboles, haciendo danzar las sombras y el pelo rebelde de Kael. La luna, oculta tras velos de nubes, parecía observarlo con ojos plateados y fríos. A su espalda, la ciudad dormía ignorante del peligro que se cernía sobre ella. Pero Kael sentía cada músculo preparado, cada sentido en guardia.
De repente, un sonido trivial pero fuera de lugar quebró el silencio: un crujido tras la puerta entreabierta. El corazón de Kael se alzó en un salto, el instinto más antiguo y feroz despertó de su letargo. No era el pasado, era el presente que golpeaba fuerte.
Con pasos lentos y calculados, giró la cabeza hacia ese umbral que ahora parecía un portal hacia la incertidumbre. Entre las sombras, un par de ojos brillaban, desafiantes y misteriosos.
—¿Quién eres? —gritó, la voz un rugido contenido, rasgando la quietud como una garra invisible.
El silencio fue la única respuesta.
Y cuando la puerta terminó de abrirse del todo, Kael supo que el pasado no había venido solo.
Lo peor estaba por llegar.
[FIN DEL CAPÍTULO 7]