Chapter 5
Capítulo 5 Lealtades Puestas a Prueba
Kael sentía el frío azotar su piel, pero era un frío que nacía desde adentro, como si un viento helado caminara por sus venas, apagando la sangre en sus extremidades. La luna, alta y redonda, vertía su luz plateada sobre la vieja plaza de Lunarcrest, donde los ecos de pasos distantes rebotaban contra las paredes de piedra ancestral y los árboles semicubiertos por niebla. Toda la ciudad parecía contener el aliento, como una bestia acechando en las sombras.
—¿Seguro que escuchaste eso? —susurró Renka, la guardiana de las sendas, con las pupilas dilatadas que no alcanzaban a ocultar el temblor en sus manos.
Kael frunció el ceño y giró la cabeza hacia el susurro que había roto el silencio, nada más que el crujir sutil de una pisada inesperada entre las hojas secas.
—No era el viento —replicó—. Alguien está aquí. Su voz era baja, pero firme, una orden muda de concentración ante la amenaza invisible. La adrenalina le tensaba los músculos, un hormigueo persistente desde la raíz del cuello hasta las puntas de los dedos.
Renka ladeó la cabeza, buscó con la mirada, pero el bosque donde la ciudad se enredaba no devolvía nada más que sombras entre sombras.
Kael apretó el puño; la duda ya había echado raíces. No solo alguien rondaba las proximidades, sino que las grietas dentro de su propia manada comenzaban a abrirse en un peligroso abismo.
No era la primera vez que sentía esa punzada helada en el pecho, esa sensación de que la amenaza venía desde adentro.
—¿Cuánto tiempo más podremos escondernos de Alden? —murmuró Kael, clavando sus ojos en la luna, crispada en una sonrisa muda para los muertos y los traidores.
Renka lo observó como si esperara que él tuviera las respuestas. Pero Kael solo tenía sospechas, fragmentos de mirada y murmullos a media voz entre los suyos.
—Hay rumores —agregó ella— susurran que alguien ha estado filtrando nuestros movimientos, que Alden ya sabe demasiado... Antes nuestra mayor preocupación eran las legiones fuera del bosque; ahora, el enemigo crece dentro.
Un escalofrío subió por el espinazo de Kael, no por el frío, sino por la traición que enraizaba en sus propias filas, invisible pero letal.
—Debemos descubrir quién es —sentenció Kael, la mandíbula tensa de rabia contenida—. Hoy. No podemos permitir que la sombra del enemigo se extienda a la manada.
Renka asintió, su mano rozando el puñal oculto bajo la capa.
Antes de que pudieran dar un paso más, un crujido seco resonó a sus espaldas. Kael giró como un relámpago, y sus ojos se encontraron con dos figuras emergiendo de la penumbra: Elián, el segundo al mando, y Mara, la estratega con la mirada más fría que él había conocido.
—¿Qué sucede? —preguntó Elián, la alarma evidente en su voz pero con una autoridad que mantenía el equilibrio.
Kael sintió la piel erizarse, un dragón invisible se despertaba bajo sus pies. ¿Serían ellos mismos los que albergaban la traición?
—Alguien está filtrando información sobre la manada. Están trabajando para Alden desde dentro —declaró Kael sin rodeos.
Un silencio pesado cayó entre ellos, el pulso de la noche latiendo como un tambor lento. Mara se cruzó de brazos, una sombra de desdén asomó en sus labios.
—¿Y qué pruebas tienes? —exigió con voz cortante, claramente desafiándolo.
Kael apretó los dientes, consciente de que la acusación sin respaldo podría volverse contra él. Pero la duda ya era una serpiente que se enroscaba en sus pensamientos.
—Indicios, murmullos; los movimientos de Alden ya no son secretos para él.
—Eso no es suficiente para sembrar desconfianza en la manada —replicó Elián, su mirada fija en Kael como buscando una fisura.
Un segundo más tarde, Mara se adelantó unos pasos, con la sombra de una sonrisa al borde de sus labios.
—Quizás la traición es la verdadera luna bajo la que vivimos —murmuró, dejando una humedad de amenaza en el aire.
El corazón de Kael latía con fuerza, una mezcla de temor y determinación quemándole en el pecho. ¿Podía confiar en alguien? ¿O la naturaleza humana, o licántropa, era demasiado frágil para esta tormenta?
Renka dio un paso al frente, rompiendo la tensión con un gesto firme.
—Si la traición está aquí, tenemos que desenmascararla antes de que nos destruyan. Ahora.
Antes de que alguien pudiera responder, un sonido inesperado cortó la conversación: un golpe sordo en la puerta del santuario.
Los cuatro voltearon hacia la entrada, donde la madera vibraba bajo un nuevo golpe, más insistente, como un tambor maldito que marcaba el latido de una traición a punto de estallar.
Kael alzó la mano, ordenando silencio. Sus ojos recorrieron a cada uno de sus compañeros, buscándoles una expresión que le indicara quién podría estar al otro lado de esa puerta, quién podría ser el traidor.
La luna llena parecía bromear con la ironía del destino: bajo su luz, las lealtades se fracturaban, y la manada temblaba al borde del abismo.
—¿Quién…? —Kael comenzó, pero la voz se quedó atrapada en su garganta cuando la figura tras la puerta pronunció su nombre.
Un nombre que nadie esperaba escuchar.
Un nombre que haría que todo lo que creían saber se deshiciera en la oscuridad.
El traidor está entre ellos.
Y llama a Kael por su nombre.