Chapter 16
**Capítulo 16 Bajo la Sombra del Enemigo**
La puerta continuaba su lento avance, emitiendo ese quejido lastimoso que se alojaba como una daga en el silencio pesado de la habitación. Kael sintió cómo su pecho se apretaba; el pulso le martilleaba en las sienes, como si el tambor de la guerra hubiese comenzado a sonar en cada latido. En ese instante detenido, pudo oler el leve aroma a humedad mezclado con la tierra mojada del bosque cercano, un recordatorio cruel de la fragilidad de la seguridad de su manada.
Los ojos, centenares de ojos, se clavaron en la semblanza que aparecía en el umbral. Una sombra encapuchada emergía, una silueta recortada por la luz mortecina de la luna que colaba su pálida luz a través de la ventana rota. Pero no había dudas para nadie: era Alden Vraem.
—Kael Draven —su voz, profunda y rasgada por cicatrices invisibles, rompió el aire con un filo que cortó la respiración de quienes lo escucharon—. Tu suerte se ha agotado.
Kael dio un paso adelante, recogiendo el peso de las miradas. El salón, lleno de guerreros tensos, se redujo a una arena silenciosa donde solo los dos contendientes se movían, rodeados por una atmósfera que parecía vibrar con electricidad.
Los ojos de Alden, brillantes con un fuego antiguo, escrutaron a Kael con un desprecio tan denso que el mismo aire parecía volverse más frío.
—No vine para más palabras. Vine para que pagues por todo lo que me quitaste —gruñó Alden, bajando una mano enfundada en un guante oscuro que exhibía runas grabadas con tinta de sangre—. Hoy terminamos esto.
Kael desenvainó su cuchillo, la hoja centelleando con un reflejo azul, como si la luna misma bendijera su arma. El tacto frío del metal le recorrió los dedos, revitalizando su espíritu con aquella mezcla de determinación y temor que solo quien ha luchado para proteger sabe cargar.
—No dejaré que destruyas lo que hemos construido, Alden. Soy Alfa ahora, y no permitiré más pérdidas —su voz era firme, pero en sus ojos apareció una chispa de duda, una grieta que ni él quería admitir.
Alden rió, pero no era un sonido de alegría. Era un lamento negro que resonó siniestro.
—¿Construido? No ves que solo estamos condenados a repetir el mismo ciclo —saltó hacia Kael en un embate feroz, su guante iluminándose con un aura oscura que parecía absorber la luz circundante.
El choque fue brutal. Las hojas de acero se encontraron en un crujido que envolvió la habitación en un torbellino de chispas y sombras.
Kael sintió cómo la fuerza de Alden era inusual, casi sobrenatural; sus músculos, tensos bajo una piel que parecía más dura que el acero, respondían con rapidez y brutalidad.
—¡Por Lunarcrest! —rugió Kael, empujando con todas sus fuerzas, sus dedos resbalando por el mango mojado de sudor—. No hay lugar para tu rencor aquí.
El impacto empujó a Kael hacia atrás, sus botas raspando el suelo hasta dejar surcos, mientras el puño de Alden descargaba un golpe directo a su abdomen. El aire salió de sus pulmones en un jadeo ronco y el mundo pareció girar a su alrededor.
Caído sobre una rodilla, Kael tragó la acidez de la derrota mientras sentía el fuego quemar en su costado. Pero no había tiempo para rendirse. Con un grito ahogado, rodó hacia un lado y buscó recuperar la distancia, sus ojos evaluando el entorno con rapidez.
Alden avanzó, cada paso una promesa de destrucción. Pero Kael sintió, entre la confusión del combate, la mano cálida de su Kader Eşi tocando su brazo. Un ancla en medio de la tormenta. Fue un instante breve, una chispa que le insufló coraje renovado al corazón.
—No importa cuán oscuro sea el pasado —susurró ella, sus labios rozando su piel—. Siempre hay luz en la lealtad.
Un nuevo giro en la batalla se hizo patente.
El sonido de acero chocando contra acero retumbó como un trueno a cielo abierto. Alden desató un ataque voraz, una serie de golpes medidos que parecían descifrar cada capa del alma de Kael. Pero el Alfa no pudo evitar que una corte profunda surcara su brazo, el calor de la sangre extendiéndose como una mancha oscura sobre la piel expuesta.
—¡Eso no será suficiente! —vociferó Alden con una sonrisa torcida—. Te romperé, Alfa, y consumiré todo lo que te importa.
Kael mordió su labio, el sabor metálico se mezcló con el regusto amargo de la batalla.
—Para proteger a Lunarcrest, necesito tu fuerza —la voz de Kael se volvió un lamento quebrado y un mandato simultáneo—. No lo olvides.
El choque finalizó con un estremecimiento. Ambos hombres respiraban con dificultad, sus cuerpos marcados por el duelo, sombras vivientes de una lucha mucho más profunda que la del acero.
Entonces, el silencio se volvió tan opresivo que cada respiración parecía un estrépito.
Un ruido sordo y distante, un crujido que no encajaba en el escenario de su lucha, irrumpió como una ráfaga inesperada.
Los ojos de Kael se abrieron de par en par.
—¿Q-qué fue eso? —la pregunta se escapó de su garganta, llena de premonición.
Alden se detuvo, su mirada afilada buscando en la oscuridad más allá del salón.
—No estamos solos —dijo al fin, la amenaza en su voz creciendo—. Y no todos vienen a ver el final de este duelo.
Un escalofrío corrió por la columna vertebral de Kael; la batalla apenas comenzaba, y la sombra que se cernía sobre ellos era más oscura y profunda de lo que había imaginado.
—Esto no termina aquí —declaró Kael con un gruñido contenido, levantando su cuchillo con renovada resolución—. No mientras Luna siga iluminando mi camino.
La puerta, esa que había abierto el conflicto, se cerró de golpe tras la silueta de Alden.
Pero la certeza de que no era la última vez que se verían punzó a Kael con un frío mayor al de la noche afuera.
El duelo había dejado heridas visibles y cicatrices que no sanaban con facilidad. Por debajo de la piel, en el alma de la manada y en el corazón del Alfa, un nuevo enemigo acechaba, más letal que cualquier cuchillo.
Y el destino esperaba, implacable, bajo la sombra de la luna que nunca se apartaba.
FIN DEL CAPÍTULO 16