Chapter 14
Capítulo 14: El Oráculo del Bosque
La noche se espesaba como un manto negro y tupido que absorbía la luz de las estrellas y la tibieza de la luna parcial. El aire revoloteaba entre las hojas de los árboles milenarios de Lunarcrest, susurrando secretos que solo las viejas raíces parecían entender. Kael acababa de cerrar los ojos por un instante, respirando con la boca entreabierta, sintiendo el frío deslizándose desde su pecho hasta sus extremidades. El cuerpo vibraba con una mezcla inconfundible de adrenalina, miedo, y una cautelosa esperanza.
—La sombra no es solo un enemigo, Kael —la voz de Lira irrumpió en el silencio, cortante como la hoja de una daga—. Es un fragmento de nuestro pasado, un espectro que no solo quiere destruirnos… quiere que nos olvidemos.
Kael giró con suavidad, observando sus ojos encendidos por una determinación que apenas podía disimular el cansancio que mancillaba su piel pálida bajo el reflejo mortecino de la luna. Ella estaba allí, de pie sobre la alfombra de hojarasca, envuelta en sombras danzantes que parecían cobrar vida propia, como si el bosque la aceptara como una de sus hijas.
—Tienes que encontrar al Oráculo —dijo ella, bajando la voz a un murmullo devoto—. Solo él puede desentrañar la madeja que envuelve este peligro. Solo él conoce cómo romper el ciclo de venganza que arrastra a nuestra manada hacia la ruina.
Kael sintió el peso de sus palabras como las cadenas invisibles que cada vez lo ataban más a un destino que no deseaba, pero que sabía que no podía evitar. El Oráculo. Ese nombre resonaba como una promesa y una amenaza a la vez.
—¿Dónde está? —preguntó, dejando escapar el aire de sus pulmones en una exhalación tensa.
Lira alzó la cabeza, clavando su mirada en la masa oscura de los árboles que se alzaban como titanes dormidos.
—Más allá del Claro del Cuervo, donde las raíces tocan el corazón del bosque. Allí, bajo la luz de luna llena, la voz del Oráculo se mezcla con el susurro de los espíritus guardianes.
Un escalofrío recorrió la espalda de Kael. No era solo un viaje físico; era adentrarse en las profundidades del alma misma de Lunarcrest, donde la oscuridad no solo acechaba desde afuera, sino desde dentro.
—¿Y por qué no fuiste tú? —preguntó, observándola con una mezcla de sorpresa y curiosidad.
Lira mordió su labio inferior, un temblor levemente perceptible quebró por un segundo su armadura de certeza.
—Yo… temo lo que pueda revelarme el Oráculo. Pero tú no puedes postergar más la verdad. El destino nos ha marcado a ambos.
El silencio se instauró entre ellos. De pronto, el crujir de una rama a su izquierda despertó la tensión anidada en el ambiente. Kael tensó los músculos, sus sentidos agudizados como el filo de una espada.
—No estamos solos —susurró, casi para sí mismo.
Lira asintió, la respiración contenida en el pecho.
—No, y el enemigo está más cerca de lo que creemos. Debemos movernos.
Saltaron al sendero oscuro que Lira conocía de memoria, el único surco entre los árboles que los llevaría hacia el claro "prohibido". Los pasos sobre la hojarasca, mojada por el rocío nocturno, creaban un ritmo ritmado, casi un latido sordo en el corazón del bosque. Las sombras parecían agitarse, como si presintieran la presencia de mortales cruzando su reino.
Después de lo que parecieron interminables minutos, la masa arbórea enmudeció, dando paso a un espacio abierto. El Claro del Cuervo emergió bajo su sombra eterna, una plaza redonda de hierba larga y flores negros con pétalos aterciopelados, mecidos por la brisa fresca de la medianoche. El aire estaba impregnado de una fragancia terrosa, penetrante, como el olor metálico antes de la tormenta.
En el centro, un monolito de piedra cubierta de musgo emergía del suelo, tallado con símbolos que parecían árabes desconocidos, y un fresco de ojos tallados que parecían observarlos fijamente.
—Aquí es donde comienza lo inevitable —dijo Lira, mientras un estremecimiento le recorría el cuerpo.
Kael dio un paso al frente, sintiendo la energía vibrar bajo sus pies.
—Oráculo —murmuró, como si invocara a un fantasma.
La noche volvió a inundarlos con un silencio profundo. Luego, un viento gélido sopló, trayendo consigo un coro de susurros etéreos.
Un destello apareció en la superficie del monolito. Era una luz azul suave, casi hipnótica, que comenzó a desplegar imágenes fugaces: un lobo herido, un hombre maniatado en sombras, un árbol partido por la mitad y lágrimas de luna resbalando por la corteza.
Lira palideció, incapaz de apartar la mirada.
—El Oráculo muestra el pasado para revelar lo que está por venir —explicó una voz cascada que parecía emanar del anillo de árboles—. El fuego que destruyó la manada, la herida que nunca sanó... y el hilo invisible que une al Alfa y su Kader Eşi.
Kael sintió un temblor recorrer sus manos. La visión se agudizó, mostrando una figura encapuchada que se acercaba sigilosamente a la manada caída, un cuchillo destellando bajo la luna, y luego un pacto secreto sellado con sangre.
—¿Quién es? —susurró Kael, sin poder apartar los ojos del futuro pintado ante él.
—Alguien mucho más cercano de lo que crees —respondió Lira, con los dientes apretados.
La luz azul comenzó a disiparse, pero una última imagen quedó grabada en sus mentes: el símbolo de una luna partida en dos, rota, y una sombra que se desvanecía con una risa helada.
De repente, una brisa más intensa levantó las hojas secas, y un crujido detrás de ellos los hizo girar al unísono.
Una figura emergió de entre los árboles, imponente y solitaria, con ojos que relampagueaban con un fuego frío: Alden Vraem.
Kael sintió su corazón encogerse, a la vez congelado y ardiente por la revelación del Oráculo.
—El juego apenas ha comenzado —murmuró Alden, con una sonrisa que cortaba la noche en dos.
Y justo cuando Kael levantaba la mano para avanzar, un gruñido profundo resonó detrás de Alden. Una manada entera emergía de las sombras, ojos brillantes, colmillos expuestos, y un aire palpable de amenaza.
La verdad, aquella verdad hiriente y traicionera que el Oráculo había soltado en el aire, pendía ahora sobre sus cabezas como un arma apuntando sin cesar, afilada por el destino cruel.
Kael inspiró hondo, el pulso acelerado en la garganta.
—¿Quién está con nosotros… y quién contra?
El bosque contuvo la respiración.
Y la luna, eterna vigilante, observó.
FIN DEL CAPÍTULO 14