Chapter 13
Capítulo 13 Sombras en el Refugio
La quietud se rompió con un latido sordo dentro del pecho de Kael, un pulso que retumbaba igual que el eco lejano de un tambor de guerra. El aliento todavía entrecortado, sus ojos escudriñaban cada sombra, cada rincón oscuro del viejo refugio que, hasta hace pocos segundos, había sido un santuario.
—Esta guerra mutilará a todos —repitió con voz áspera, como si al pronunciar esas palabras carcomidas por el miedo intentara exorcizar la sombra que se cernía sobre ellos.
Pero el silencio no se quebró en un rugido, sino en un susurro pesado que hablaba de traiciones y peligros invisibles. La manada, dispersa, se reagruparía justo entonces, pero quién podía estar seguro de que todos regresaran intactos.
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Un crujido leve, casi imperceptible, llamó la atención de Lira, la loba centinela del flanco norte. Sus pupilas negras se dilataron, absorbiendo el tenue resplandor de la luna llena que colgaba obstinada en el cielo.
El viento cargaba un aroma extraño, amargo, mezclado con el aroma inconfundible de la sangre fresca. Era un perfume que encendía las alarmas ancestrales, los instintos más primitivos ocultos bajo la piel humana.
Lira gimió apenas, un sonido que Kael reconoció como una llamada silenciosa, un aviso urgente. El alfa se movió, sus pasos quebraron la calma del lugar al avanzar con una determinación que parecía partir la tierra.
—¡Todos a sus posiciones! —la orden tuvo filo, cortante, y se extendió por entre los árboles como un relámpago.
Los licántropos se desplazaron, un enjambre de sombras en movimiento, presintiendo que algo se acercaba. La manada no solo era un grupo de guerreros; era la sangre y el espíritu entretejidos que Kael debía proteger a cualquier precio.
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El primer golpe vino a media noche.
Un aullido feroz rasgó el aire, y de entre la negrura emergieron figuras cubiertas por capas harapientas y rostros tatuados con runas antiguas, ocultas bajo capuchas que parecían absorber toda luz. Una emboscada.
Kael sintió cómo el suelo vibraba bajo las pisadas pesadas. La manada se lanzó al choque sin vacilar.
Chispas de acero y zarpas desgarrando el aire resonaron en una sinfonía brutal. Pero lo más alarmante no era la batalla misma, sino un detalle fugaz que Kael alcanzó a distinguir entre los atacantes: un símbolo grabado con ceniza en la piel de uno, un emblema que evocaba la marca corrupta de Alden Vraem.
La traición había fracturado no solo las defensas físicas, también la confianza que Kael había construido con esfuerzo.
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Lira cayó al suelo, un tajo profundo atravesaba su costado. Su mirada se nubló, pero se aferró a la lucidez para emitir un último jadeo, susurrando un nombre:
—Mira... él no... es... —se detuvo, el terror reapareció como un puñal congelado—. No esperaba... que estuvieras aquí.
La pelea congeló el tiempo un instante, una pregunta explotó en el aire: ¿Quién era ese 'él' al que miraba Lira con tal horror?
Kael se arrojó a protegerla, ignorando el escozor de sus propias heridas, mientras en el fondo del refugio, algo se movía con cuidado, invisible.
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Cuando los atacantes se retiraron abruptamente, como sombras desvaneciéndose con la primera luz del amanecer, la manada quedó exhausta, herida y, sobre todo, conmocionada.
El silencio posterior fue pesado, cargado de palabras no dichas y miradas que esquivaban la verdad lapidaria.
Kael contempló el rostro de sus hermanos y hermanas, la desconfianza cuajando como un veneno. Las cicatrices visibles eran solo la superficie. Lo más peligroso era la duda que comenzaba a corroer desde dentro.
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En el centro del círculo, Kael alzó la voz, ronca, resquebrajada, pero firme.
—Nos han atacado desde dentro —su mirada buscó en cada alma la respuesta—. Nadie está exento de esta amenaza.
Un murmullo corría como un río turbulento. ¿Un traidor entre ellos? ¿Un espía que se había infiltrado? Las sospechas, como cuchillas invisibles, desgarraban la unidad.
—¿Quién es el responsable? —sus labios tensos desafiaban a cualquier silencio.
Una figura emergió de las sombras, una silueta conocida pero inesperada, que dejó caer un papel arrugado, manchado de sangre. Al tomarlo Kael sintió un estremecimiento helado, un mensaje oscuro que prometía más dolor.
El papel solo contenía una palabra: “Mira”.
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El eco de esa palabra retumbó en la mente de Kael, un acertijo implacable que desgarraba cualquier certeza.
Miró hacia el norte, hacia donde Lira había perdido el aliento, y supo que tras la amenaza más visible, se escondía una verdad aún más devastadora.
¿Quién estaba detrás de la nueva sombra que ahora acechaba a su manada?
Kael inhaló profundo, sintiendo el peso del destino clavarse en sus huesos.
La noche se cerró a su alrededor como un abrazo mortal.
El juego apenas había comenzado.